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EN LAS REDES DEL EMPERADOR

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Descripción

Costanza Nerucci, tras la muerte de sus padres, se convirtió en la única y absoluta heredera de Nereucci Energia S.p.A. Entonces, ella creía que podía soportar la pérdida de su única familia con la ayuda de su prometido, Silvio, el hijo de su padrino.

Pero solo dos meses después de su trágica pérdida, descubrió que había sido traicionada por las personas en quienes más confiaba.

Su prometido nunca la amó y su padrino se había convertido en el dueño de toda su fortuna. Echada de su casa, sin un centavo en el bolsillo, ella jura volver. Pero entonces, lejos estaba de saber que esa traición solo era el principio de sus males.

Secuestrada en las oscuras calles de Milán y vendida como un trozo de carne. Costanza se encuentra con su destino. Con el hombre que la tomará de la mano y la llevará no solo por el camino de la venganza, sino que también la arrastrará por un torbellino de placer interminable, atrapada entre las redes del Emperador Romano.

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01. Traición inesperada
01. Traición inesperada Milán Uno, dos, tres latidos agitaron el corazón de Costanza Nerucci mientras abría los ojos desmesuradamente al escuchar a Alessio Velentini, su padrino. El hombre en quien su padre más confiaba en vida. Dio dos pasos atrás, buscando la ayuda de Silvio, su prometido. Esperaba que él interviniera a su favor, pero su semblante era frío, distante. De repente, sintió que su lugar seguro se había convertido en el sitio más peligroso de su vida. Sus ojos se llenaron de lágrimas que se negaba a derramar. Apretó los puños y negó. —Llamaré a mi abogado —musitó. Una risa despiadada resonó como campanadas en la habitación. La biblioteca que antes había sido el lugar favorito de su padre y suyo. Su corazón se agitó con esa sensación de que su vida se acababa de ir a la mierda. —No hay nada que puedas hacer, Costanza. Te lo dije siempre —respondió Alessio con calma peligrosa—. Eres demasiado confiada; en eso te pareces mucho a tu padre. Ella tragó el nudo en su garganta, sus manos se cerraron en dos fuertes puños hasta perder el color de sus nudillos. —Firmaste todos los documentos sin leer, todo ha sido legal —dijo Silvio, cruzándose de brazos como si hablara del maldito clima. Costanza negó con violencia mientras las lágrimas que intentó detener se desbordaron por sus mejillas. Su corazón se partió en miles de pedazos debido a la traición inesperada de las dos personas en quienes más confiaba. —Lo siento, Costanza —pronunció Alessio, pero su voz no sonaba precisamente a una disculpa. Sino a triunfo—, pero ya no eres bienvenida en esta casa —agregó con un tono mortal. La respiración se le cortó, como si un balde de agua fría le cayera encima. —Esta es mi casa, ¿de qué mierda estás hablando? —cuestionó con rabia nacida de lo más profundo de su ser. Alessio sonrió fríamente. —Esta ya no es tu casa, Costanza. Nada, absolutamente nada de la fortuna Nerucci te pertenece ya. Ni siquiera lo que llevas puesto —declaró con una arrogancia que jamás le había conocido. —¡¿De qué mierda estás hablando?! —medio preguntó, medio gritó. Las cosas eran claras, pero ella se negaba a aceptar su triste realidad. Tenía diecinueve años; todo lo que conocía, lo que amaba estaba en ese lugar. Su hogar. La casa donde vivió con sus padres, donde fue feliz. —Silvio… —musitó esperanzada. Él se giró lo suficiente para tomar la carpeta sobre el lujoso escritorio de caoba. Ese mismo que su padre ocupó por años y antes de él, su abuelo. Toda una dinastía. —Sucede, Costanza, que todo lo tuyo ahora es nuestro —dijo con una calma que terminó por enfriar el cuerpo de la muchacha. Costanza parpadeó varias veces mientras la carpeta se estrellaba con violencia contra su pecho. El golpe fue como un latigazo mientras los documentos caían, esparciéndose sobre el piso, burlándose de ella. —No —musitó sin voz, ahogándose con su propia saliva y llanto. —Mi hijo ya ha sido bastante claro, muchachita. Toda la fortuna de Orazio Nerucci ahora le pertenece a la familia Velentini. Tú ya no tienes nada. Costanza dio un paso atrás. —No, esto no puede ser —musitó, moviendo la cabeza con rudeza. Esperando que esto solo fuera una broma de mal gusto, Alessio y Silvio no podían hacerle esto. ¡No! Su padre había confiado tanto en ellos, tanto que incluso la comprometió con Silvio. —Vete, Costanza, ya no tienes nada más que hacer aquí. Desde hoy, estás sola y a tu suerte. —¡No, no puedes hacerme esto, padrino! —gritó con rabia, con dolor. —Vete por tu cuenta, Costanza, ahórrate la humillación de ser echada por la servidumbre —pidió Alessio. Ella negó, retrocediendo al escucharlo; sus palabras fueron como bofetadas directas a su rostro. Miró a Silvio una vez más, esperando algo que no iba a llegar. Él se cruzó de brazos totalmente indiferente, como si no le importara. Como si ella no significara nada para él. —Ya has escuchado a mi padre, Costanza. No eres bien recibida ni en esta casa ni en ningún otro lugar que tenga que ver con nosotros. Ella sollozó con el corazón destrozado al entenderlo todo y, aun así, apeló a su conciencia. —¡Soy tu prometida! —gritó, como si eso fuera a servir. Todo lo que consiguió fue una risa burlona de su parte. —Lo eras, Costanza, sin fortuna, sin familia no eres nada. ¡No eres nadie! La puerta se abrió y una mujer que ella conocía muy bien entró como si fuera la maldita reina del lugar. Pasó a su lado, empujándola con el hombro, y fue directo hacia Silvio. Él abrió sus brazos y la recibió con un apasionado beso. —Yo no te quiero, nunca te he querido y no tengo ninguna maldita obligación de continuar fingiendo algo que no siento. Giuliana es mi verdadero y único amor. Costanza apretó los dientes, levantó la mano y la estampó contra el perfecto y frío rostro de Silvio. La cabeza del hombre giró por el golpe; sin embargo, la sensación de satisfacción duró poco para Costanza. La mano de Silvio le cruzó el rostro con una bofetada que la envió al piso. La sangre brotó de la comisura de sus labios, empapando su mentón. El dolor fue tan insoportable que fue imposible contener el sollozo que abandonó su garganta. —¡Échenla de aquí! —ordenó furioso mientras Giuliana Ravello disfrutaba el momento. Esa maldita mujer que se había burlado de ella, diciendo que la quería como a una hermana. Costanza apretó los puños, poniéndose de pie con la poca dignidad que le quedaba. Su novio y su mejor amiga. ¿Por qué no le sorprendía? Debió sospechar desde que los sorprendió en el jardín, bebiendo una copa y riendo como si fueran grandes amigos. La tonta era ella, por confiada. —¿Qué esperas para largarte? —preguntó Giuliana con burla—. La calle es tu verdadero lugar —añadió entre risas despiadadas. Costanza no miró a ninguno de los dos; su mejilla dolía, la sangre seguía brotando de la comisura de su labio, deslizándose por su cuello, manchando la pulcra blancura de su blusa. —No tienes idea de cuánto tiempo esperé por este momento, Costanza. La niña rica que lo tenía todo —continuó Giuliana regocijándose sin piedad. Las manos de la joven se apretaron en dos fuertes puños, levantó la cabeza y salió de la biblioteca sin decir nada, conservando el poco orgullo que le quedaba. No tenía a dónde ir. No tenía familia; la muerte de sus padres la había dejado sola, con dos lobos que no tardaron en devorarla sin piedad. Detuvo el sollozo que subió por su garganta. No iba a darles el placer de verla derrotada, aunque hoy lo estaba. No solo derrotada, sino destruida. Ella volvería. Un día sin importar cuánto tiempo le llevara, volvería por su venganza. Alessio, Silvio y Giuliana iban a arrepentirse de lo que hoy le habían hecho. Era una promesa silenciosa que repetía una y otra vez, con cada paso que la llevaba fuera de su casa, de su hogar. Las pesadas alas de la puerta de cristal se cerraron a su espalda. El golpe fue seco, cruel. Costanza tembló mientras sus calientes lágrimas humedecieron sus mejillas. No se detuvo hasta cruzar el portón forjado en hierro, con el escudo de su familia. La impotencia y la rabia se mezclaron, un grito desgarrador abandonó su garganta, cayendo de rodillas, sintiendo el peso del mundo aplastarla como si fuera un simple insecto. El aire que sopló fue cortante; el hielo elegante se coló bajo su fina ropa, haciendo que temblara como una hoja. Costanza no tenía fuerzas, pero se obligó a ponerse de pie, echó un último vistazo a su casa y giró sobre sus pies. Arrastró cada uno de sus pasos hasta doblar en la esquina. A lo lejos podía escuchar el constante murmullo de la ciudad; sin embargo, Costanza no prestó atención, sumida y consumida por su propio dolor, su propia desilusión. Ella caminó sin detenerse, abrazándose cada vez que el viento se deslizaba por las estrechas calles, levantando un eco escalofriante entre las paredes antiguas de los edificios. Como si se burlaran de ella. Costanza perdió el rumbo, alejándose de la plaza, internándose en calles donde las sombras se hicieron más densas y el silencio se volvió pesado. La decepción y el dolor oprimían su pecho con más fuerza que el mismo frío. Había confiado en las personas equivocadas, había querido al hombre equivocado y ahora solo le quedaba ese vacío que no podía llenar con nada. Costanza tembló con violencia; sus uñas finas y cuidadas se enterraron en su piel en un intento vano de mitigar el dolor emocional que la rompía de manera que jamás pensó. Concentrada en su desgracia, no notó el peligro que se acercaba a toda velocidad. El motor del vehículo ronroneó casi con satisfacción cuando se detuvo muy cerca de ella. La puerta se abrió, sobresaltándola cuando una figura oscura como la noche emergió del auto. Todo lo demás ocurrió en una fracción de segundos. Un movimiento que no vio venir, una mano firme sujetando su brazo, un olor a cigarro, cuero y metal llenó sus pulmones. Intentó gritar, pero su voz fue devorada por el sonido aterrador del viento. Costanza intentó luchar contra su atacante, pero su fuerza no fue suficiente. Un golpe sobre su nuca la dejó sin aire, sin palabras. Las luces se desdibujaron cuando sus ojos empezaron a cerrarse, siendo arrastrada hacia la oscuridad del interior del auto. El motor rugió cuando aceleró, perdiéndose entre las calles silenciosas de Milán, desapareciendo entre la bruma gris y fría de enero.

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