Entre el amor y el deber
Continente Feniciano, febrero, año 528
Un sabio hace muchos años dijo: ‘No hay mayor cobardía que arriesgar tanto por amor y perderlo todo por no cumplir con el deber otorgado’; sin embargo, un testarudo joven se cuestionaba las razones por las cuales tendría que ser tan difícil tener ambos: amor y poder. No encuentra un motivo lógico por el cual debería ser tan complicado que ambos no pudieran existir en el mismo espacio. En sus sueños más inocentes, el corazón y la razón no deberían luchar entre sí; tendrían que ser capaces de encontrar el equilibrio entre lo que debe ser y lo que se quiere hacer…
Vaelkaris en el atardecer
Dentro de una pequeña cabaña en lo más recóndito de las montañas, muy a lo lejos de un imponente palacio, se encuentran dos jóvenes intentando amarse para toda la vida. Ni la impetuosa ventisca de nieve, ni los aullidos de los lobos y menos las incesantes negativas de una poderosa familia les impiden estar juntos. En momentos como aquellos solo importan los dos y nada más. Ellos, que se juraron amor eterno y que lucharían con el mismo demonio para defender lo que sienten el uno por el otro.
Allí, dentro de cuatro paredes, donde el frío pega con violencia, sin embargo, esto no logra ser razón suficiente para que dos cuerpos desnudos apaguen la llama del deseo que recorre como ardiente flama por sus venas. En la alcoba solo se escuchan gemidos de placer que se van intensificando a medida que el virtuoso amante profundiza sus embestidas. Muy en el fondo saben que deberían detenerse y volver a sus respectivas realidades, pero no pueden dejar de tocarse, de besarse, de amarse, de existir.
Aunque lo intenten, no pueden soltarse, al menos no conscientemente; tendría que llegar un tercero para interferir entre los dos.
—¡Oh, sí, amor! ¡Más fuerte! ¡Más fuerte! —se le escucha exclamar a la joven mujer que se encuentra recluida debajo de un fornido y varonil cuerpo.
—¿Quieres que aumente la intensidad, traviesa? —dice el caballero con tono perverso.
El vigoroso joven la levanta con agilidad para ponerla de espaldas contra él. Se las arregla para que las rodillas y manos de ella queden apoyadas en la cama. Él también apoya una de sus rodillas, mientras levanta una pierna para mayor control. Sujetándola con fuerza por su cadera, se prepara y, sin pedir permiso, vuelve a entrar en ella, pero esta vez con mayor potencia.
—¡Ahhh! —grita la dama enérgicamente, pero no de dolor, solo placer.
Los dos amantes ya tienen el tiempo suficiente dejándose llevar de la lujuria y la pasión, que ya saben lo que quieren sin que lo verbalicen. No necesitan palabras; solo con mirarse ya saben lo que tienen que hacer. Él reconoce cada rincón del delicado cuerpo de su amada, mientras que ella conoce las partes más erógenas de él. Son muy pocas, pero las conoce.
Y sin medir consecuencias, así se dejan llevar por un largo tiempo...
Horas después, luego de sumergirse en el mundo que crearon para ambos, la joven cae sobre el cuerpo de su amante. Ambos están agitados, sus pechos suben y bajan de forma violenta; es como si los dos hubiesen luchado contra mil hombres para defender su amor. Sus corazones no podrían estar más acelerados ni sus rostros reflejar más cansancio. La cabeza de la hermosa rubia de ojos grises descansa en el fornido brazo de él, mientras unas de sus manos reposan sobre su pecho. Con su mano libre, él acaricia con suavidad la sedosa piel de porcelana de su amada, permitiéndose mentalmente rogarle a cualquier fuerza divina que lo escuche para que detenga el tiempo y ese día no termine jamás.
—No sabes cuánto me gustaría que… - La joven intenta decir algo, pero él la detiene, le levanta su rostro con delicadeza para fijar sus ojos en los de ella mientras le dice:
—No, no digas nada, por favor. Este es nuestro momento, nuestro día. No debemos desperdiciarlo pensando en lo que pasará después. Yo te prometí que lo nuestro no terminaría nunca y esa promesa la pienso cumplir, ¿lo comprendes? –exhorta con firmeza.
Ella asiente, esperando que él tenga la razón y que pueda encontrar la forma de que los dos puedan estar juntos sin que sus familias intervengan, aunque está consciente de que esta es una de esas situaciones donde les costará sudor, lagrimas y sangre si quieren estar juntos. Sin embargo, por el momento no pensarán en nada más que no sea en lo que están viviendo. No se pueden dar el lujo de desaprovechar ni un mísero segundo; hasta eso podría hacer la diferencia.
Mientras ella se aferra con fuerzas a los brazos del hombre, él intenta despejar la mente y olvidar lo que escuchó en la mañana, horas antes de perderse entre las montañas con ella. Tenía claro muchas cosas en su vida, sabía que nació para luchar; no obstante, pensó que podría liberarse de una batalla en específico de una que marcaría la diferencia entre su amada y él.
El rostro del joven refleja exasperación; odia que tomen decisiones por él. Si se ha mantenido bajo perfil todo este tiempo es porque aún no le han dado los motivos para revelarse; sin embargo, los nuevos acontecimientos, sobre todo el nuevo anuncio de su padre, lo incitan a adoptar otra actitud. No quiere ser un títere, ni perder la mujer que ama.
Mientras se deleita observando a la mujer que duerme en sus brazos, él recuerda lo pesada que puede llegar a ser su carga.
Flashback
Vaelkaris horas antes
—¿Consideras que tu comportamiento es el apropiado, hijo? —habla su abuela sin ganas de que sus palabras suenen a reclamos; más bien pretendía que a su nieto le sirviera para reflexionar.
El joven se detiene en medio del pasillo al escucharla; pretendía ir a su alcoba para asearse después de la larga noche que tuvo. Lleno de ira tras una discusión con su padre, tomó su caballo y cabalgó sin rumbo aparente. Horas más tarde, fue encontrado por su primo. Él sabía que estaría en medio del bosque, apenas con la escasa luz que brindaba la luna, con la mirada perdida, envuelto entre sus penas y resentimientos.
Sin que ninguno de los dos dijera una palabra, sacaron sus espadas y comenzaron a luchar. Esa es una de las dos cosas que lo sacan de su frustración; la otra, la otra es estar con la mujer que ama.
El joven se da la vuelta y, parada frente a él, ve a su querida abuela, la que ha cuidado de él y sus hermanas desde la muerte de su madre; no obstante, con ella también suele tener acaloradas discusiones. La mujer de cabello plateado posee mucha sabiduría, pero es una abanderada de los estrictos lineamientos del deber, los cuales no dan paso al amor.
—Por favor, abuela, acabo de llegar y lo menos que quiero hacer es discutir —le dice con la mirada cansada y aún fastidiado.
La discusión con su padre tuvo lugar por las malas decisiones que este ha tomado en los últimos años. Cada día son más erráticas y, de seguir así, el joven no tendrá un cargo que ocupar y eso es lo que le enfada. La matriarca sabe que en ciertos puntos su nieto tiene la razón, pero dársela sería fomentar la separación de la familia, de la cual ya se empieza a rumorear. En un palacio tan grande como el que viven ellos, está sujeto a los chismorreos y malas intenciones; es una propiedad demasiado extensa como para poder controlar todo lo que se dice o se piensa. No pueden darse el lujo de que sus enemigos vean las grietas en sus paredes, las terminaran usando para tirarlas al suelo hasta que no queden escombros.
La matriarca da un ligero suspiro, baja la guardia y mira a su nieto con ternura mientras avanza hacia donde él se encuentra parado. Su vestido azul oscuro de mangas largas se desliza por la alfombra de estilo persa. Sus manos están adornadas con los anillos de su familia y en su cabeza reluce una corona de oro blanco y diamantes azules. No importa la hora; ella siempre vestirá de la forma que exige su posición. A diferencia del joven, que le basta con una simple chaqueta de piel color marrón, guantes para cubrirse del frío, botas y los pantalones adecuados para cargar con su espada. Solo usa su corona para eventos oficiales; sin embargo, en su dedo meñique siempre está adornado por el anillo representativo de su título.
Por su parte, la mujer mayor extiende su mano una vez que está cerca de él y con sutileza toca las enrojecidas mejillas de su nieto para decirle:
—Cariño, créeme que te entiendo, pero nadando contra la corriente no es como cruzarás el río. Sobre tus hombres descansa una gran responsabilidad, de la cual no puedes escapar, menos en estos tiempos tan difíciles para toda Fenicia. Tú lo comprendes, ¿cierto? —él asiente sin querer agregar más a la conversación. Sería dar vueltas en el mismo lugar. —Bien. Lo mejor es que te vayas a asear y comas algo rápido; en dos horas empezará la asamblea y no puedes saltártela. —Una vez más él asiente y toma dirección hacia su recámara.
Dos horas más tarde…
Ya en el gran salón se encuentran los principales miembros del gran reino de Vaelkaris para darle inicio a la asamblea. Consiste en cuatro consejeros reales, diecinueve ministros, ocho representantes de cada estado del reino y veinte servidores con distintos cargos, los cuales están a la disposición del monarca regente.
Todos están sentados en largos bancos de madera de roble; frente a ellos hay mesas de la misma dimensión, las cuales sostienen los reportes que le informarán al rey. Al frente de ellos y en una posición elevada se encuentra la "banca del rey"; es una especie de trono con menos ornamentos que el trono real. La silla lleva tallado el escudo de la nación; también está forrada de tela azul con un diseño imperial extravagante, y dos escalones abajo y a la derecha del rey está el asiento del heredero al trono. Es una silla parecida a la primera, pero más sencilla.
Luego de que los representantes tomaran sus lugares, se escuchan decir:
—Todos de pie para recibir a su majestad el rey Louis V y a su alteza el príncipe heredero Demian II —habla el vocero real
.
Imponiendo respeto y poder, sale primero el rey, vestido con una toga igual que los demás; la diferencia es que solo el monarca puede usar una azul, color representativo de la nación, mientras que los demás miembros, al igual que el príncipe real, llevan togas marrones. Otra desavenencia en la vestimenta es que el rey es el único al que en sus hombros cae una borla dorada; así como el príncipe es el único que lleva una esclavina azul indicando que es príncipe heredero, el resto usa esclavina rojo vino.
En lo único que no hay diferencias es que tanto la borla como las esclavinas tienen bordados el escudo y lema de Vaelkaris. Esta vestimenta se decidió doscientos años atrás, cuando se determinó que el concejo era un ritual solemne, debido a que es el lugar donde se toman las decisiones más importantes a beneficio de toda la nación. Por lo tanto, se entendía que debía tener los ornamentos adecuados para su realización.
—Pueden sentarse —pronuncia el rey. —Demos inicio a nuestra asamblea. Ministro del Ejército, mi consejero principal me informó que las solicitudes de dimisión han aumentado en comparación con el mes pasado, ¿eso es así?
Cuestiona el monarca, ocasionando la reacción casi imperceptible del príncipe; a pesar de estar en contra de muchos de los que están reunidos en el concejo, incluyendo a su padre, nadie siente más interés genuino por el reino de Vaelkaris que él. Es su hogar donde están las personas que más ama y el pueblo que lo vio crecer. Así que su creciente preocupación por su futuro está más que justificada, ya que, de seguir perdiendo soldados, no habrá fuerza suficiente para proteger un territorio tan extenso como el que poseen ellos.
—Así es, majestad —responde el ministro del ejército. —Han aumentado las dimisiones; son jóvenes ingratos que no sienten honor por su nación —infiere el hombre de forma despectiva.
El príncipe suelta un resoplido sin poder ocultarlo. Si tiene que comparar el ministro del ejercito con un ave sin duda sería un buitre, por lo oportunista, codicioso y aprovechado que puede llegar a ser. Tratar de limitar sus funciones esa será de sus grandes retos.
Continuará...