Santiago le estaba entregando el último documento al hombre que tal vez tendría unos 40 años, él tipo no lo podía creer, verlo a él, de algún modo era ver a los ojos a Don Javier, era un niño que estaba por entrar en la adolescencia cuando supo de la muerte del bondadoso hombre, pero lo recordaba y como todos los lugareños asistió de manera masiva al sepelio. —¿Por qué? ¿Por qué ahora? Ha pasado demasiado tiempo, niño Santiago —así le decían al joven en la Hacienda y él lo recordaba. —Mi padre así lo hubiese querido. Se dio la vuelta, porque no quería hablar con nadie, tenía un nudo en la garganta, lo que su madre había hecho era despreciable, era inhumano y horripilante. —Hola —saludo a Fernanda que estaba al otro lado de la línea. —¿En dónde te encuentras? —Estaba… yo… —volvió s

