—Santiago te puedes caer. —¡Mamita, mamita! —el niño estaba sobre una rama, Isabel miraba con una enorme sonrisa y por la espalda Javier llegaba para dejar un beso en su cuello. —Te ves cada día más hermosa. —Solo sabes mentir. —No tengo razones para mentirte, amor mío. La devoción de Javier por Isabel no conocía límites, era un esposo entregado, amoroso, valeroso, hacia todo lo que estuviese a su alcance para hacer feliz a su esposa, a su familia. Isabel lo tenía todo, pero su ambición la cegó tanto que no se dio cuenta que ella misma fue la encargada de destruir un mundo perfecto. —¿Entonces madre, estás lista para firmar? —¡Eres un maldito, Santiago! —Isabel estaba sentada en uno de los comedores del jardín principal de la casa. —Dime algo que no sepa. Me aburres Isabel —San

