—No me mires así, Sasha. Sabías lo que estabas vendiendo cuando entraste por esa puerta. Sí, lo sabía. Pero no se imaginó que sería así. Que él sería así. Dmitri la alzó sin esfuerzo, como si no pesara nada. Su piel se estremeció al sentir su calor, la manera en la que él la dominaba sin apenas esfuerzo. —Relájate —su voz sonó a orden. Simone cerró los ojos por un instante. No había vuelta atrás. Y Dmitri lo sabía. Él siempre conseguía lo que quería. La respiración de Simone era errática. Su cuerpo vibraba entre el placer y el dolor. Dmitri no era un hombre suave, no era alguien que susurrara dulzuras al oído o que pidiera permiso. No, él tomaba lo que deseaba. Y en ese instante, parecía haber perdido la razón. —Eres mía esta noche, Sasha. Toda mía. Su tono era oscuro, dominante,

