Capítulo I - El Peso Del Silencio

1192 Palabras
El mundo seguía en pie, eso era lo único que importaba. O al menos, eso era lo que todos repetían. Las calles de Arandor habían vuelto a llenarse de voces. Los mercados abrían al amanecer, los niños corrían entre los puestos y los comerciantes levantaban sus toldos como si el tiempo no se hubiera quebrado semanas atrás. El sonido del metal, las risas, los pregones… todo formaba una ilusión convincente. Desde lejos, parecía que nada había cambiado, pero Aldren sabía la verdad. El mundo no estaba en paz, solo estaba… en silencio. Un silencio distinto al de la noche. No era la calma natural que precede al descanso, ni la quietud de los bosques cuando el viento se detiene. Era un silencio más profundo, más incómodo. Uno que no se escuchaba con los oídos, sino con el alma; como si algo hubiera sido arrancado de la realidad, como si el mundo mismo aún no supiera cómo llenar ese vacío. Aldren permanecía de pie en lo alto de la torre occidental, observando la ciudad desde las sombras. Desde allí podía verlo todo: las luces de las casas encendiéndose una a una, los caminos serpenteando entre las calles, la vida continuando… obstinadamente. El viento nocturno movía su capa, pero no lograba disipar la sensación que lo acompañaba desde aquella noche. Habían pasado meses; meses desde el eclipse, meses desde que el cielo se abrió como una herida, meses desde que la oscuridad había intentado devorarlo todo. Y meses… desde que ella se había ido. Aldren cerró los ojos por un instante, no necesitaba pensar su nombre, no necesitaba pronunciarlo. Porque estaba en todo; en el aire, en el silencio, en cada rincón donde la luz parecía haber perdido algo de su brillo. Su pecho se tensó, y por un momento, el mundo pareció volverse más pesado. Recordó su mano extendida, recordó la suya alejándose, recordó la luz… siempre la luz. Un destello azul recorrió sus dedos sin previo aviso. Aldren abrió los ojos de inmediato, la magia vibraba en su piel, inestable, impredecible, viva. Frunció el ceño mientras observaba cómo la energía se deslizaba entre sus manos como si no le perteneciera del todo. Antes del eclipse, su poder era preciso, controlado, cada hechizo respondía a su voluntad con exactitud, sin vacilaciones. Ahora… era distinto, a veces aparecía sin ser invocado, otras veces se desvanecía cuando más lo necesitaba, y en ocasiones… reaccionaba; como si respondiera a algo más allá de él. Cerró el puño con fuerza, obligando a la luz a desaparecer. —No ahora… —murmuró. Pero la magia no obedecía como antes, nada lo hacía. Un sonido lejano interrumpió sus pensamientos, las campanas… doce golpes, la medianoche. El mismo sonido que había marcado el momento en que el mundo cambió. Aldren tensó la mandíbula, podía ignorarlo durante el día, podía distraerse con tareas, con entrenamiento, con cualquier cosa que evitara que su mente regresara a ese instante. Pero por la noche… La noche no perdonaba, la g****a se abría una y otra vez en su memoria. El cielo desgarrándose, la oscuridad extendiéndose como si tuviera voluntad propia, y ella… siempre ella. Envuelta en una luz que no era de este mundo, con una determinación que él no había podido detener. —No —susurró. Como si aún pudiera cambiarlo, como si aún pudiera alcanzarla. Pero el pasado no se reescribía, nunca lo hacía. Se dio la vuelta y descendió por la torre sin mirar atrás. La ciudad dormía, pero la magia no. Aldren caminaba por una de las calles más alejadas del centro, donde las casas eran más antiguas y la presencia de otros era casi inexistente. Allí, el aire se sentía distinto; más denso, más cargado. Se detuvo frente a un muro de piedra cubierto de grietas antiguas. Apoyó una mano sobre la superficie y cerró los ojos. Sintió… La energía fluía bajo la estructura, débil pero presente. Como una corriente subterránea que apenas lograba mantenerse. Eso no era normal. Desde el eclipse, había notado cambios en distintos puntos de Arandor. Lugares donde la magia parecía… alterada. Como si algo la estuviera llamando, o reclamando. Abrió los ojos. —No se fue del todo… —murmuró. No podía afirmarlo, pero lo sentía. El Intersticio había sido sellado, pero no destruido. Y algo, en lo profundo de esa g****a cerrada… seguía existiendo. Un leve pulso recorrió el muro bajo su mano. Aldren retrocedió de inmediato, eso tampoco era normal, observó la piedra en silencio, nada volvió a ocurrir. Pero había sido real. lo había sentido. Respiró hondo y se apartó. No era el único, otros magos habían reportado anomalías similares. Pequeñas alteraciones, fallos en hechizos, energía acumulándose donde no debía; pero nadie tenía respuestas. Y eso… era lo que más le inquietaba. El sueño llegó como siempre, sin aviso, sin transición. Un parpadeo… y ya no estaba en su mundo. El bosque lo recibió en silencio. Aldren inhaló lentamente, ahí estaba otra vez; el aire era distinto, no frío, no cálido. Simplemente… ajeno. Los árboles se alzaban a su alrededor como gigantes dormidos. Sus troncos brillaban débilmente, como si una luz suave recorriera su interior. Las ramas se extendían hacia un cielo que no existía, formando una bóveda imposible. Y las flores… siempre las flores. Cubrían el suelo en todas direcciones, iluminando el paisaje con un resplandor suave y constante. Cada paso que daba parecía alterar ese equilibrio, como si el lugar reaccionara a su presencia. Aldren avanzó, siempre lo hacía. Porque algo en él sabía que debía hacerlo. El claro apareció ante él, el mismo; siempre el mismo. El árbol, inmenso, antiguo, eterno. Y el columpio, balanceándose suavemente, vacío. El dolor llegó antes que el pensamiento. Un nudo en el pecho que no desaparecía. Se acercó lentamente, cada paso más pesado que el anterior. La sensación regresó, esa presencia, esa certeza de que alguien… debía estar ahí. Aldren extendió la mano. El columpio se detuvo, el aire cambió; por un instante… todo pareció contenerse. Y entonces— Un susurro, apenas audible. Como el eco de una voz lejana. Aldren se quedó inmóvil. —¿…? —intentó hablar, pero ninguna palabra salió. El sonido desapareció, el columpio volvió a moverse, el mundo se quebró. Despertó de golpe, su respiración era irregular, su corazón golpeaba con fuerza contra su pecho. Pero esta vez… algo era distinto. Se incorporó lentamente, mirando a su alrededor. La habitación, la noche; todo estaba igual. Pero él no, se llevó una mano al pecho. —Lo escuché… —susurró. No había duda, no había sido un sueño cualquiera; había algo más, algo real, algo que intentaba— El aire vibró. Aldren levantó la vista de inmediato, una luz débil, casi imperceptible flotando frente a él. No se movía como su magia, no respondía a su voluntad. Simplemente… estaba ahí; observándolo. Aldren no se movió, no respiró. Como si cualquier acción pudiera hacerla desaparecer. Y entonces… la luz parpadeó, una vez, dos veces y se desvaneció. El silencio regresó, pero ya no era el mismo. Porque esta vez… él sabía, no estaba solo. Y en algún lugar más allá de su mundo… algo había comenzado a responder.
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