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El Precio del Placer

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Descripción

*Sinopsis**:Ismeiry, una joven de 25 años, rica y carismática, vive una vida sin carencias materiales pero vacía de emociones profundas. Su adicción al sexo duro la lleva a cambiar constantemente de pareja, engañando sin remordimientos, buscando en cada encuentro una chispa que nunca encuentra. Su mundo de placeres vacíos se tambalea cuando conoce a Alejandro, un hombre de 30 años, controlador y posesivo, cuya intensidad en la intimidad despierta en ella una obsesión que confunde con amor. Sin embargo, Alejandro, un exitoso empresario con una relación estable con Sofía, su pareja de años, no ve a Ismeiry más que como una válvula de escape para sus propios fetiches. Entre engaños, peleas, disculpas y una red de relaciones cruzadas, Ismeiry hará lo imposible por conquistarlo, mientras Alejandro lucha entre su amor por Sofía y su adicción al sexo con Ismeiry. En un torbellino de traiciones, pasiones desenfrenadas y corazones rotos, *El precio del placer * explora si el deseo puede transformarse en amor verdadero o si la infidelidad consumirá a todos.

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El Calor de la Noche
Capítulo 1: El Calor de la Noche La música retumbaba en el club Nocturne, un antro exclusivo en el corazón de la ciudad donde las luces estroboscópicas danzaban sobre cuerpos sudorosos y copas de cristal. Ismeiry Valdez, con un vestido n***o que se ceñía a sus curvas como una segunda piel, se movía entre la multitud con la seguridad de quien sabe que todas las miradas la persiguen. Su cabello oscuro caía en ondas perfectas sobre sus hombros, y sus ojos, de un marrón profundo, escaneaban la sala en busca de algo —o alguien —que prometiera una noche inolvidable. Ismeiry tenía todo lo que el dinero podía comprar: una mansión en las colinas, un armario lleno de diseñadores, y una legión de seguidores en r************* que envidiaban su vida de lujos. Pero lo que realmente la impulsaba no estaba en su cuenta bancaria ni en los halagos vacíos. Era el fuego que ardía en su interior, una necesidad insaciable de sentir algo, cualquier cosa, que rompiera la monotonía de su existencia. El sexo, en su forma más cruda y desinhibida, era su escape favorito. Sin ataduras, sin promesas, sin amor. Porque el amor, para ella, era un concepto tan lejano como un recuerdo borroso. Se apoyó en la barra, pidiendo un Martini con un gesto elegante. A su lado, Antoni Vargas, el DJ de la noche, terminaba de mezclar una pista que hacía vibrar el suelo. Era alto, con una sonrisa arrogante y tatuajes que asomaban bajo su camiseta ajustada. Ismeiry lo había visto antes, en otras fiestas, y sabía que él también la había notado. Sus miradas se cruzaron, y ella curvó los labios en una invitación silenciosa. —Vaya, la reina del Nocturne en persona, —dijo Antoni, acercándose con una cerveza en la mano. Su voz era grave, con un toque de burla que a Ismeiry le pareció divertido. —¿Reina? —respondió ella, inclinándose ligeramente para que él pudiera ver el escote de su vestido—. Creo que me subestimas. Antoni rió, dando un paso más cerca. El calor de su cuerpo contrastaba con el frío del Martini que Ismeiry sostenía. Ella sabía cómo jugar este juego: un roce sutil, una palabra cargada de promesas, y cualquier hombre caía a sus pies. Pero esta noche, algo en el ambiente la tenía inquieta. No era Antoni, aunque él era atractivo y claramente dispuesto. Era otra presencia, una que sentía en la nuca como un cosquilleo. Giró la cabeza, y entonces lo vio. Alejandro Torres estaba en el otro extremo del club, sentado en un reservado con un grupo de hombres trajeados. Alejandro exudaba poder: alto, de hombros anchos, con una mandíbula marcada y ojos que parecían diseccionar todo lo que veían. Su camisa oscura estaba desabotonada en el primer botón, revelando un atisbo de piel bronceada. No sonreía, pero había algo en su postura, en la forma en que sostenía su whisky, que gritaba control. Ismeiry sintió un tirón en el estómago, una mezcla de curiosidad y deseo. —¿Me estás ignorando, Valdez? —Antoni interrumpió sus pensamientos, rozando su brazo con los dedos. Ella volvió a mirarlo, forzando una sonrisa. —Solo decidiendo si vales mi tiempo esta noche. Antoni arqueó una ceja, claramente disfrutando del desafío. —Te doy diez minutos para que lo descubras. Ismeiry rió, pero su mente seguía en Alejandro. Había oído de él: un empresario tecnológico cuyo startup había revolucionado la industria. También sabía que tenía pareja, una tal Sofía, aunque eso nunca la había detenido. Las relaciones, para ella, eran solo obstáculos temporales. —Vamos a bailar —dijo, tomando la mano de Antoni y guiándolo a la pista. Quería moverse, dejar que la música apagara el ruido en su cabeza. Y, tal vez, atraer la atención de Alejandro. En la pista, sus cuerpos se acercaron, las caderas de Ismeiry moviéndose al ritmo del bajo. Antoni no perdió tiempo, sus manos deslizándose por su cintura, bajando peligrosamente hacia sus muslos. Ella lo dejó, disfrutando del contacto, pero sus ojos seguían buscando a Alejandro. Él la estaba observando ahora, su mirada fija desde el reservado. No había expresión en su rostro, solo una intensidad que hizo que el pulso de Ismeiry se acelerara. —Estás distraída —susurró Antoni contra su oído, su aliento cálido rozando su piel. —Tal vez necesitas esforzarte más —respondió ella, girándose para presionar su cuerpo contra el de él. Pero era un juego vacío. Antoni era predecible, y ella ya sabía cómo terminaría la noche. Minutos después, estaban en un pasillo oscuro detrás del escenario, donde los empleados del club pasaban sin prestarles atención. Antoni la empujó contra la pared, sus labios encontrando los de ella con urgencia. Ismeiry respondió, pero su mente estaba en otra parte. Sus manos subieron por el pecho de Antoni, desabotonando su camiseta, mientras él deslizaba el vestido de ella hacia arriba, exponiendo sus muslos. —Eres un problema, ¿lo sabías? —gruñó Antoni, mordiendo su cuello. Ella gimió, pero no por él. Era la imagen de Alejandro, sus ojos oscuros, lo que la encendía. El encuentro fue rápido, intenso, con el sonido de la música amortiguando sus jadeos. Antoni era hábil, pero para Ismeiry, era solo otro cuerpo, otro momento pasajero. Cuando terminaron, ella se ajustó el vestido, ignorando la mirada satisfecha de él. —Esto fue divertido —dijo, dándole una palmada en el pecho. —Nos vemos, DJ. Antoni frunció el ceño, pero no dijo nada mientras ella se alejaba, regresando al bullicio del club. Su piel aún estaba caliente, pero su corazón seguía frío. Siempre era así. En la barra, pidió otro Martini y se giró, solo para encontrarse con Alejandro a pocos pasos. Él se había acercado sin que ella lo notara, y ahora estaba ahí, con una presencia que parecía absorber todo el oxígeno de la sala. —Ismeiry Valdez —dijo, su voz baja y deliberada, como si saboreara su nombre. —Tienes una forma interesante de pasar la noche. Ella arqueó una ceja, ocultando el nerviosismo que él le provocaba. —¿Espiándome, Torres? —Difícil no hacerlo —respondió él, dando un sorbo a su whisky sin apartar la mirada. —Eres… llamativa. El cumplido tenía un filo, como si la estuviera desafiando. Ismeiry se inclinó hacia él, dejando que el aroma de su perfume lo envolviera. —Y tú eres el tipo de hombre que cree que puede manejar a alguien como yo. Alejandro sonrió, pero no era una sonrisa amable. Era una advertencia. —No estoy seguro de que alguien pueda manejar a alguien como tú. La tensión entre ellos era palpable, un cable eléctrico a punto de chispear. Ismeiry quería empujarlo, ver hasta dónde podía llegar. Pero antes de que pudiera responder, una mano tocó su hombro. —Ismeiry, ¿qué carajos? —Stefany López, su mejor amiga, estaba ahí, con el ceño fruncido y un vestido plateado que brillaba bajo las luces. —Te vi salir con ese idiota de Antoni. ¿Otra vez? Ismeiry suspiró, rompiendo el contacto visual con Alejandro. —Relájate, Stef. Solo me estoy divirtiendo. —Divirtiéndote —repitió Stefany, cruzándose de brazos. —Un día vas a meterte en un lío del que no puedas salir. Alejandro observó el intercambio en silencio, pero Ismeiry podía sentir su mirada quemándola. Stefany, ajena a la tensión, siguió hablando. —Y tú, ¿quién eres? —le preguntó a Alejandro, claramente molesta por su cercanía con Ismeiry. —Alejandro Torres —respondió él, con una calma que no invitaba a más preguntas. —Un placer. Stefany entrecerró los ojos, pero no dijo nada más. Ismeiry aprovechó el momento para tomar el control. —Nos vemos, Stefany. Tengo cosas que hacer. Sin esperar respuesta, se giró hacia Alejandro. —¿Quieres salir de aquí? Este lugar se está poniendo aburrido. Él la miró, evaluándola. Por un segundo, pensó que la rechazaría. Luego, asintió. —Después de ti. Salieron por una puerta trasera, el aire fresco de la noche golpeando sus rostros. Estaban en un callejón estrecho, iluminado solo por una lámpara parpadeante. Ismeiry se apoyó contra la pared, mirándolo con desafío. —¿Y ahora qué, Torres? Él dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal. Su mano se alzó, los dedos rozando su mejilla antes de bajar por su cuello. El contacto era ligero, pero cargado de intención. —Eres un desastre esperando a ocurrir, ¿verdad? Ella sonrió, su corazón latiendo con fuerza. —Tal vez. Pero soy un desastre que no olvidarás. Alejandro no respondió con palabras. En cambio, su mano se cerró en su garganta, no con fuerza, pero sí con firmeza, inmovilizándola. Su otra mano se deslizó por su muslo, subiendo con tanta presión que Ismeiry sabía que dejaría un moretón. Ella jadeó, no por dolor, sino por la oleada de deseo que la recorrió. —Esto es contigo misma, Ismeiry —murmuró él, su boca a milímetros de la suya. —No con cualquiera que encuentres en un club. Ella intentó responder, pero él la besó, un beso duro, posesivo, que la dejó sin aliento. Sus manos estaban en todas partes, marcándola, reclamándola. Cuando se separaron, ella tenía los labios hinchados y un moretón formándose en su muslo. Alejandro se apartó, ajustándose la camisa. —Esto no significa nada —dijo, su voz fría. Ismeiry rió, aunque su pecho ardía. —Por ahora. Él la miró una última vez antes de alejarse, dejándola sola en el callejón. Ella se tocó el muslo, sintiendo el dolor del moretón. Por primera vez en mucho tiempo, sintió algo más que vacío.

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