La lluvia golpeaba las ventanas de la mansión de Ismeiry como un tambor implacable, un eco del caos que había dejado en el loft horas antes. Estaba sola, sentada en el suelo de su sala, el vestido dorado hecho jirones a su alrededor, una botella de champán medio vacía en la mano. Los moretones en su cuerpo —en los muslos, el cuello, la espalda— palpitaban como un recordatorio de cada encuentro con Alejandro, pero esta vez, el dolor no traía euforia. Por primera vez, sentía el peso de sus acciones: la pelea con Jake, la traición de Stefany, la mirada rota de Sofía. Había querido control, poder, pero ahora se sentía como si estuviera cayendo en un abismo que ella misma había cavado. El teléfono vibró en el suelo, sacándola de sus pensamientos. Un mensaje de Alejandro: “No puedo seguir. So

