Elara respiraba con dificultad. El frío metálico de la aguja había dejado una sensación ardiente en sus venas, como si su sangre estuviera en ebullición. Se llevó una mano al pecho y notó cómo su corazón latía con una fuerza que no había sentido nunca, potente y acelerado, como si cada latido la empujara hacia algo desconocido. —¿Qué… qué me hiciste? —su voz temblaba, aunque ya no tanto de miedo como de algo nuevo, algo feroz que no entendía. Sterling, sentado a pocos pasos, la observaba con la calma de un hombre que sabe exactamente lo que está a punto de obtener. —Te mostré lo que ya estaba ahí. No te inyecté algo ajeno, Elara, solo activé lo que tu sangre lleva esperando. Tú no eres como Lucius. Eres… algo más. Elara se aferró a la camilla, incorporándose con esfuerzo. Sintió su fue

