La oscuridad lo envolvía como un velo húmedo. En medio de ella, Elara corría. No hacia él, sino lejos. Entre árboles que se retorcían, raíces que se alzaban como garras y sombras que le susurraban su nombre. Lucius intentaba alcanzarla, pero cada paso suyo era como moverse a través del barro. Pesado. Doloroso. Inútil. —Elara —llamó, aunque su voz parecía romperse antes de tocar el aire. Ella se giró una vez, apenas un instante. Sus ojos estaban llenos de algo que él no supo leer. ¿Miedo? ¿Dolor? ¿Decepción? Extendió una mano, pero ella desapareció tras una pared de humo espeso, tragada por la noche. Lucius despertó sobresaltado, empapado en sudor, el pecho latiéndole con violencia contra las costillas. El aire a su alrededor era espeso, denso de una forma irreal, como si la pesadilla no

