Elara abrió los ojos de golpe. El mundo a su alrededor se sentía blando, distorsionado. Su cuerpo pesaba como si estuviera hecho de piedra húmeda. Un pitido leve resonaba en sus oídos, y la luz artificial del techo la cegaba apenas al parpadear. Trató de moverse, pero apenas pudo alzar la cabeza. La nueva habitación tenía paredes grises y frías, sin ventanas. A su derecha, un tubo transparente conectaba su brazo a una bolsa donde el líquido carmesí fluía con lentitud. Su sangre. Un espasmo de horror le recorrió el cuerpo, pero no pudo gritar. La garganta seca y el aturdimiento la redujeron a un simple jadeo. Su piel estaba helada, el corazón latiendo con un ritmo errático, y un sudor frío se acumulaba en su espalda. —Despertaste más rápido de lo que esperaba —dijo una voz suave, apenas

