El fuego crepitaba suavemente en la chimenea, proyectando sombras danzantes sobre las paredes de piedra. Lucius se mantenía cerca, como si temiera que Elara se desvaneciera si apartaba la vista. —¿Quieres contármelo? —preguntó él, su voz grave y baja. Elara estaba envuelta en una manta gruesa, sentada sobre una alfombra de piel frente al fuego. Sus ojos tenían un brillo melancólico mientras miraba las llamas. —Sterling vino a buscarme. Me encontró en el prado… —sus dedos se aferraron a la taza entre sus manos—. Me tendió una trampa. Quería usarme. Lucius no se movió. Su expresión se endureció, pero no interrumpió. —Intentó manipularme. Decía que tú eras el monstruo… que yo no era más que una herramienta para ti. Me drogó. Me encerró en una celda subterránea. Me cortaba… analizaba mi s

