Capítulo 34. La hija de Eva

1047 Palabras

La mansión estaba en silencio, pero no era el silencio de la paz, sino el de la furia contenida. Cómo el sonido de la calma que antecede a la tormenta. Lucius se encontraba en su despacho, de pie frente a la ventana, con las manos apoyadas sobre la superficie pulida del escritorio de madera caoba oscura. Su respiración era tan profunda y pesada que parecía vibrar en el aire, generando un sonido único. Las horas habían pasado lentamente desde que se habían llevado a Elara. Y cada minuto sin ella era un tormento, como una lenta agonía. Sabía que estaba viva, podía sentirlo en un punto profundo de su ser, como si el eco de su corazón estuviera conectado al de ella de algún modo. Pero eso no era suficiente para él. No. Él la necesitaba profundamente. La quería de vuelta. Y cualquier cosa que

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