La veo caminar de regreso al interior del yate cuando siento la necesidad de hacer lo que planee esta noche. Mi corazón empieza a latir con fuerza y mis manos sudan como si fueran agua. Coloco una rodilla en el suelo y de mi bolsillo del pantalón saco lo que he tenido guardado toda la noche. —Arya —la llamo, ella se voltea con una sonrisa que se le borra cuando me ve arrodillado—, no digas nada y solo escúchame —abro la cajita de terciopelo azul—. Sé que me he comportado como un imbécil contigo. Eso de ser normal no va conmigo. Tengo una familia un poco fuera de lo común, pero te diste cuenta de que no estamos unidos. Puede que ronque y no tenga la misma alegría que cualquier otro hombre te pueda dar —esto último lo digo con desagrado—, pero tampoco puedo seguirme guardando lo que siento

