Máscaras que caen

1182 Palabras
Después de que Solange subió a su habitación, Elías se encogió de hombros y salió de la casa como quien termina de leer el capítulo aburrido de un libro que ya no le interesa. Su andar era despreocupado, casi mecánico. Con el abrigo en una mano y las llaves del auto tintineando en la otra se dirigió a su automóvil y condujo sin mirar atrás hasta el otro lado de la ciudad. Su destino era el departamento que compartía con Julia, un penthouse en una torre vidriada con vista panorámica, ubicado en una zona residencial de mucha exclusividad. Al llegar, subió directo en el ascensor privado. Julia abrió la puerta antes de que él tocara, como si lo hubiera estado esperando. Vestía una bata de seda negra que brillaba con los primeros rayos del sol, y lo recibió con una copa de vino tinto en una mano y una sonrisa ladina en los labios. —Tarde, pero llegaste —murmuró, entregándole la copa. Elías no dijo nada. Entró, cerró la puerta y dejó el abrigo caer sobre un sillón, y las llaves sobre la mesa de centro. El penthouse estaba decorado con detalles fríos y caros: mármol blanco, acero, cristales tallados, arte abstracto. Todo en aquel lugar gritaba lujo, pero no tenía nada de hogar. Ella se deslizó hacia él, haciendo caer la bata lentamente por sus hombros, dejando al descubierto su cuerpo sin prisa, como si estuviera en control absoluto de la situación. La copa de vino se inclinó en sus dedos, rozando los labios de él antes de que la dejara sobre una mesa baja. En cuestión de minutos, los cuerpos se enredaron sobre el sillón del living, entre susurros, jadeos y un deseo que parecía más una transacción pactada que una pasión verdadera. Minutos más tarde, desnudos y satisfechos, Elías encendió un cigarro y lo sostuvo entre los dedos con aire ausente. Julia apoyaba la cabeza sobre su pecho, dibujando círculos con las uñas sobre su piel. —Ella lo sabe todo —dijo él de pronto, con voz rasposa. Julia levantó la vista con una ceja arqueada. —¿Qué? ¿De qué estás hablando? —Solange. Sabe lo que hay entre nosotros. Julia se incorporó de golpe, y la sábana que la cubría resbaló hasta su cintura, dejando sus pechos al descubierto. Pero en sus ojos no había sensualidad, sino alarma. —¿¡Pero cómo…!? —Fue a la oficina. Me buscaba. Según me dijo, terminó en la cocina y escuchó todo. —¿Y qué le dijiste? Elías se encogió de hombros como si no fuera gran cosa. —No me molesté en negarlo. Tiene una grabación. Así que le pedí el divorcio. Julia lo miró, escudriñando sus palabras, tratando de leer entre líneas. Pero Elías simplemente fumaba, sin una pizca de arrepentimiento en el rostro. Como si acabara de anunciar que había cambiado de proveedor de internet. Entonces soltó la bomba. —Hay algo más. Está embarazada. Nueve semanas. El silencio que siguió fue glacial. El humo del cigarro ascendía lento en el aire espeso. Julia permaneció inmóvil, la mandíbula apretada. No era celos lo que sentía. Era una sensación de amenaza. Un hijo significaba un vínculo irrompible. Una permanencia de Solange en la vida de Elías. Un legado. Un derecho. Una sombra difícil de borrar. Disimuló su molestia con una sonrisa que no alcanzó sus ojos. —¡Vaya sorpresa! Muy oportuno —dijo con tono ligero, casi burlón. —Eso no cambia nada —aseguró él, apagando el cigarro contra el cenicero de cristal. La brasa silbó brevemente antes de apagarse —No la amo. No quiero ese niño. Lo único que quiero es esto que tengo contigo. Julia sonrió, se inclinó para besarlo. Lo hizo suave, casi agradecida. Pero por dentro, su mente trabajaba como una máquina de precisión. Lo condujo a la ducha, donde el vapor caliente envolvió sus cuerpos en una falsa intimidad. Allí volvieron a amarse, como si el agua pudiera lavar las amenazas que se avecinaban. Pero mientras las gotas corrían por su espalda, Julia pensaba con frialdad: «Esa mujer no puede seguir siendo una amenaza. Ni ella, ni su hijo». Sabía cómo moverse. Tenía contactos, dinero y recursos. Si había algo que no toleraba era perder. Y esta vez no sería la excepción. El reloj marcaba las diez y doce de la mañana siguiente, cuando Solange empujó la puerta del café de siempre, ese rincón escondido del mundo donde aún se permitía respirar. El lugar olía a vainilla, café tostado y promesas tibias. El jazz suave sonaba de fondo, llenando los vacíos sin invadir. Sus ojos encontraron de inmediato una figura conocida junto a la ventana: Lara, su amiga de la infancia, con quien había compartido secretos adolescentes, penas de amor y carcajadas en pasillos escolares. Lara ya tenía dos capuchinos humeantes frente a ella. Al verla entrar, se levantó levemente y esbozó una sonrisa forzada que no alcanzaba a esconder su preocupación. —Gracias por venir —dijo Solange al sentarse. Su voz temblaba ligeramente, arrastrando el cansancio de una noche de muy mal sueño. Lara le tomó la mano sin dudar. —Siempre, Sol. Cuentame que te tiene con esa cara. Y Solange lo hizo sin dudar. Vació su alma, palabra por palabra. Le contó cómo había decidido ir a la oficina, cómo el azar la llevó a escuchar una situación tan inesperada como desagradable, cómo había grabado el audio sin pensar. Le relató la frialdad con la que Elías había confirmado todo. Y luego, casi en susurro, reveló lo de su embarazo. Lara escuchaba en silencio. Su rostro se endurecía a medida que las palabras de su amiga avanzaban, como si cada frase fuera un golpe directo a su propia piel. —Ese infeliz… —murmuró con rabia contenida —¡Y encima te lo dice en la cara sin un gramo de culpa! ¡Y estás embarazada, Sol! —dijo, pero no con reproche. Solange asintió, con la vista baja. Sus dedos acariciaban el borde de la taza sin tocarla realmente. —¿Y qué piensas hacer? —No me voy a quedar —dijo, y su voz ganó firmeza—No después de lo que pasó. Lo único que me importa es mi bebé. Quiero que crezca lejos de eso. Lejos de él. Lejos de la mentira. Lara asintió, con los ojos húmedos. —Perfecto. Tengo el contacto de un abogado excelente. Es discreto, efectivo, y no se deja intimidar. Va a ayudarte a cerrar esto con la cabeza en alto. No estás sola, Sol. Ni por un segundo. Una leve sonrisa se dibujó en el rostro de Solange. No era felicidad, pero sí un alivio profundo. Como si al fin pudiera inhalar sin que le doliera el pecho. El primer paso estaba dado. Por ella. Por su hijo. Por todo lo que merecía reconstruir. Y aunque no lo sabía aún, ese paso sería el comienzo de una guerra silenciosa, donde el amor de una madre tendría que enfrentarse a la frialdad de una mujer dispuesta a todo por no perder.
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