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Cuando ella dejó de amar (La venganza de Solange)

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Descripción

Solange tenía la vida que muchas soñaban: casada con Elías Montero, un empresario joven, apuesto y exitoso que la hacía sentir amada. Llevaban cuatro años juntos y, aunque él trabajaba mucho, siempre encontraba tiempo para cuidarla. O eso creía ella.El día que descubre que está embarazada, su corazón late con más fuerza que nunca. Corre a contarle la noticia a su esposo… pero en lugar de una celebración, encuentra una escena que cambiará su vida para siempre.Detrás de una puerta entreabierta, los jadeos de una mujer y las palabras inconfundibles de su esposo la destruyen en silencio. Con manos temblorosas, graba la prueba. Horas más tarde, frente a él, lo enfrenta con lo que vio y escuchó. Y lo que Elías confiesa duele más que la traición: nunca la amó. Solo se casó con ella para acceder a la fortuna de su padre.Abandonada, humillada y despojada de todo, Solange se enfrenta a su peor pesadilla. Pero el verdadero infierno comienza cuando pierde lo que más amaba… por culpa de una mujer llena de celos y odio.Años después, Solange vuelve. No como la esposa sumisa, sino como una mujer distinta: elegante, poderosa y con un solo objetivo.Hacerlos caer. A él. A ella. A todos los que la enterraron sin saber que estaba sembrando su renacimiento.

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El día más feliz... y el más cruel
Solange abrió los ojos lentamente, aún estaba envuelta en las sábanas de lino claro que olían a lavanda y hogar. El sol entraba tímidamente por los ventanales de la habitación principal, pintando con tonos dorados las paredes de tonos neutros. Había silencio. Uno suave, doméstico. De esos que no pesan, pero que anuncian soledad. Alargó la mano hacia el otro lado de la cama, y lo encontró vacío. Como casi todas las mañanas. No era una sorpresa, ya se había acostumbrado a esa rutina. Elías tenía una empresa que demandaba mucho de él. Siempre había una reunión antes del desayuno, una llamada internacional, una urgencia de último momento, alguna cena de negocios por causa de la cual llegaba muy tarde por la noche. Él era una persona importante, con responsabilidades, ella lo sabía, y lo aceptaba. Él era ambicioso, dedicado, y ella nunca quiso ser un obstáculo. Al contrario, lo admiraba. Luego de un suspiro se sentó en la cama y bajó los pies con suavidad. Sus movimientos eran pausados, como si su cuerpo aún no terminara de comprender la magnitud de lo que su mente ya sabía: estaba embarazada. Sonrió. No de forma estridente ni exagerada. Era una sonrisa íntima, casi secreta, como si aún no estuviera lista para compartir ese milagro con el mundo. Había ido sola al médico la tarde del día anterior con el corazón latiendo fuerte. Lo sospechaba desde hacía días, pero necesitaba la confirmación. Y ahora la tenía. Solange, tenía veintiséis años, estaba casada desde hacía cuatro con Elías Montero su amor de la universidad. Ella era una joven discreta, de voz suave y mirada inteligente. Bella, pero sin esfuerzo. Su cabello castaño claro caía en ondas naturales que apenas domesticaba con un peinado simple. No usaba maquillaje más allá de un poco de máscara de pestañas y bálsamo labial. Vestía con elegancia minimalista: ropa de buena calidad, pero no cara, tonos neutros, líneas simples. Podía pasar desapercibida en un salón lleno de mujeres extravagantes, y lo prefería así. No le gustaban ser el foco de atención, ni las apariencias, mucho menos el alarde de estatus. Después de darse una ducha, se miró en el espejo del vestidor. Eligió un vestido azul, suelto, de algodón, con botones en la parte delantera y un cinturón fino. Se recogió el cabello en una trenza floja. En su simplicidad había belleza, pero era una belleza que no exigía atención. Ella no la quería, ni la necesitaba. Tomó su bolso, el celular y las llaves. Ese día no llamaría a Elías para avisarle que iría a verlo. Quería sorprenderlo, ver su reacción en persona. Quería verle los ojos cuando le dijera que iba a ser padre. La empresa de su esposo, Montero Corporation, ocupaba tres pisos de una torre moderna en el centro financiero de la ciudad. Desde que se casaron, Solange había estado pocas veces allí. Elías decía que prefería mantener separados los mundos del trabajo y el hogar. Ella lo respetaba. Además de que no le gustaban las oficinas llenas de gente ni los eventos sociales donde las esposas compiten por quién lleva el bolso más caro. No había absolutamente nadie en la recepción, así que subió directamente al piso ejecutivo usando la tarjeta que él le había dado tiempo atrás. Al salir del ascensor, todo seguía igual de calmo. El escritorio de la asistente personal de Elías, estaba vacío. No había ni un papel desordenado. Ni una taza de café. Era extraño. La joven frunció el ceño. Quizás estaban en una reunión, pensó. Se acercó a la oficina de su esposo, pero la puerta estaba cerrada. Golpeó suavemente. Nada. Estaba por llamar por teléfono cuando escuchó algo. Un sonido femenino. Un suspiro, un gemido. Proveniente de la pequeña cocina privada, ubicada al final del pasillo. Solange se detuvo. La sangre le bajó a los pies. No quiso imaginar cosas. Se obligó a caminar hacia allí. La puerta estaba apenas entreabierta. Primero escuchó el jadeo de una mujer. Luego risas llenas de complicidad. Palabras apenas contenidas. Y finalmente, una voz masculina. Firme. Familiar. —¡Eres tan deliciosa, Julia... Sabes que no puedo dejar de pensar en tí! —¿Ni siquiera cuando estás con ella? —Mucho menos cuando estoy con ella... Su mundo se quebró. No gritó. No abrió la puerta. No irrumpió. No lo necesitaba. Su cuerpo entró en modo automático. Sacó el celular. Con mano temblorosa, deslizó el teléfono por la pequeña rendija y grabó. No eran imágenes claras. Pero los sonidos lo decían todo. Cuando la intensidad disminuyó, retrocedió un paso, se escondió tras una columna cercana y esperó. Minutos después, vio salir a Julia, sonriendo, con el cabello revuelto y la blusa mal abotonada. Detrás de ella, Elías, con una mano en la espalda de la mujer y una sonrisa que nunca le había dedicado a ella. Solange sintió náuseas. Julia Paredes, tenía treinta y cinco años. Era alta, delgada, de curvas medidas y peligrosamente atractiva. Vestía como una ejecutiva de revista: faldas entalladas, blusas ajustadas, stilettos. Maquillaje perfecto, labios rojos, perfume invasivo. Era el tipo de mujer que sabía que todos los ojos la seguían, y lo disfrutaba. Arrogante. Ambiciosa. Calculadora. Lo contrario a Solange en todos los aspectos visibles. Cuando Elías y Julia se alejaron por el pasillo, ajenos a todo, Solange salió del edificio sin ser vista. No recordaba haber manejado hasta su casa. Su mente estaba vacía. Su cuerpo, rígido. Apenas cruzó la puerta, se sentó en el sofá y soltó el bolso. Reprodujo la grabación una vez. Luego otra. Y otra más. Como si el dolor necesitara confirmarse para aceptarse. A las siete en punto, Elías llegó. —Hola, amor —saludó él con su habitual tono relajado, quitándose el saco —Hoy fue un día eterno. ¿Cómo estás? Solange lo observó. Era guapo. Muy guapo. De mandíbula marcada, cabello oscuro peinado con elegancia, ojos verde oscuro que sabían mentir sin pestañear. Usaba traje a medida, perfume caro, sonrisa impecable. —Fui a verte a la empresa hoy —dijo ella sin rodeos. Él se quedó en el lugar, sosteniendo su maletín. —Entré a tú oficina y no te encontré, tampoco vi a Julia. Ni en su escritorio. Ni en la cocina. Aunque en la cocina… escuché algo interesante. Elías cambió ligeramente la expresión. Apenas una sombra de duda cruzó su mirada. Solange sacó su celular, buscó la grabación y la reprodujo. El audio llenó la sala. No hubo gritos. Ni insultos. Solo el jadeo de Julia. Su voz. Su traición. Cuando terminó, ella lo miró. Él, tras unos segundos, dejó el maletín sobre la mesa y habló con la calma de quien no piensa disculparse. —No te voy a mentir —dijo con absoluta frialdad —No tiene sentido que lo haga. Lo que escuchaste es cierto. Y hay más. Ella no respondió. El silencio lo incitó a seguir. —Nunca te amé, Solange. Me casé contigo porque necesitaba la inyección económica de tu padre para levantar mi empresa. Él confiaba en ti, así que tú eras el camino más directo. Funcionó. La empresa creció. Pero ya no te necesito. Ella cerró los ojos un segundo. —¿Y qué hay de Julia? —preguntó. —La amo —dijo sin titubeos —Lo nuestro es real. Lo nuestro… es pasión. Vida. No lo que tengo aquí, esta rutina vacía. Lo mejor es que nos divorciemos. Ella lo miró por fin, con una mezcla de asombro, rabia y algo que ni siquiera sabía nombrar. —Estoy embarazada —susurró. Elías se tensó por primera vez. —¿Qué? —Fui al médico. Estoy embarazada de nueve semanas. Él no dijo nada. No se acercó. No preguntó si estaba bien. Solo palideció. —Eso… no cambia las cosas —murmuró. —Para mí sí —dijo ella, levantándose —Para mí, lo cambia todo. Lo miró por última vez. El rostro del hombre frente a ella, antes amado, ahora le resultaba irreconocible. Elías no respondió. No intentó detenerla cuando la vio subir las escaleras hacia su habitación. Ni cuando cerró la puerta tras de sí. Solange apoyó la espalda contra la madera y dejó que las lágrimas cayeran, por última vez, por aquel hombre. Aquella noche no durmió. Trazó en su mente cada paso. Recordó cada gesto de él. Se preguntó cuantas habrían sido las mentiras disfrazadas de cariño. También recordó cada noche en la que él volvió tarde, cada viaje de negocios en los cuales obviamente Julia iba también. Se sintió la mujer más tonta del planeta. Y entendió que ya no había marcha atrás. Y aunque no lo sabía todavía, lo que acababa de perder… era solo el principio.

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