El primer beso y la tormenta interior fisura

974 Palabras
La mañana siguiente trajo un sol tímido que intentaba romper la capa gris que cubría Valdehielo. Sin embargo, para Elena, el cielo seguía nublado, igual que la confusión que le quemaba el pecho. Había pasado la noche dándole vueltas al roce de aquella mano en su cintura, a la voz grave que había rozado su oído, y a esa cercanía que casi la derrumbaba. Pero también había sentido miedo: miedo de abrir una herida que tardó cinco años en cicatrizar. Decidió salir a caminar, aunque el frío calaba hasta los huesos. Quería pensar, despejarse. Pero la nieve parecía un imán, y la llevó directo a la plaza del pueblo, donde, para su sorpresa, encontró a Adrián. Él estaba sentado en el banco de madera, con las manos metidas en los bolsillos y una expresión que mezclaba desafío y vulnerabilidad. Cuando la vio, se puso de pie y se acercó con paso decidido. —¿Qué haces aquí? —preguntó sin rodeos. —Pensando —respondió ella, cruzándose de brazos—. Pensando en todo lo que quedó sin resolver. Adrián ladeó la cabeza y una sonrisa ladeada apareció en sus labios. —¿Quieres resolverlo? —No sé si tengo la fuerza para hacerlo —admitió ella, bajando la mirada. Él se acercó un paso más y levantó la barbilla de Elena con delicadeza, obligándola a mirarlo a los ojos. —Tienes más fuerza de la que crees. Un silencio pesado llenó el aire mientras sus miradas se ataban en un juego de no decir pero sentirlo todo. —Elena —dijo él, con la voz más suave—, necesito que me escuches. Ella asintió, y él respiró profundo. —Sé que cometí errores. No supe manejar la distancia, y dejé que otros llenaran tu cabeza con mentiras. Pero nunca dejé de quererte. Elena tragó saliva. Las palabras le dolían, pero también abrían una g****a en el muro que había construido a su alrededor. —Yo también te amé, Adrián —susurró—, aunque a veces parecía que eras un extraño. Él se acercó aún más, hasta que sus cuerpos se rozaron, y la tensión se hizo insoportable. —¿Sabes lo que me pasó? —confesó—. Cada vez que pensé en ti, sentía que me quemaba por dentro y me congelaba al mismo tiempo. Elena apoyó una mano en su pecho, sintiendo el latido acelerado bajo la tela. —Eso suena a tormenta. —Una tormenta que solo tú puedes calmar. En un impulso, Adrián la tomó de la cintura y la acercó más, dejando que su aliento se mezclara con el de ella. Sus ojos se cerraron lentamente, y el mundo alrededor pareció desvanecerse. Elena sintió la tentación de entregarse a ese momento, pero la voz de la prudencia resonó fuerte en su cabeza. Aún así, no pudo evitar que sus labios se separaran apenas, un suspiro compartido que encendió una chispa imposible de apagar. Él inclinó la cabeza y, con una mezcla de ternura y deseo, depositó el primer beso. Fue un roce breve, pero cargado de promesas, de todo lo que se habían negado durante años. Elena sintió que su cuerpo respondía, el calor subiendo desde la piel hasta el alma. Pero justo cuando parecía que el mundo se detenía, se apartó con suavidad, recuperando el aire que había contenido. —No puedo… todavía —dijo, con la voz quebrada. Adrián asintió, comprendiendo sin reproches. —Cuando estés lista, estaré aquí. Los dos quedaron ahí, cerca, respirando el mismo aire frío, sabiendo que lo que comenzaba no sería fácil. La nieve empezó a caer de nuevo, lenta, constante, como un recordatorio de que el invierno todavía tenía muchas historias por contar. La nieve caía suave mientras Adrián y Elena caminaban juntos hacia el centro del pueblo. Sus pasos crujían sobre el hielo, pero el silencio entre ellos era más pesado que el frío. —¿Por qué volviste, Elena? —preguntó él, rompiendo el hielo con una voz cargada de sinceridad. Ella lo miró, sorprendida por la vulnerabilidad en su tono. —Porque no pude olvidarte. Ni en mis peores momentos. Adrián apretó los labios, guardando palabras que dolían demasiado para decirlas en voz alta. —Y yo te esperé… a mi manera. —No siempre la correcta —respondió ella, el dolor reflejado en sus ojos—. Me dolió que no me buscaras, que me dejaras sola con preguntas que no podía responder. —Creí que me odiabas —confesó—, que habías seguido adelante sin mirar atrás. —Yo también fallé —dijo ella, con lágrimas que luchaban por no caer—. El peor error fue no confiar en ti. Sus manos se encontraron sin querer, los dedos entrelazándose con una suavidad que parecía prometer más que palabras. Un destello de esperanza brilló en sus miradas, como si el hielo que los había separado durante años empezara a derretirse. Entonces, Adrián la atrajo hacia sí con fuerza, queriendo borrar con un abrazo todo el tiempo perdido. Elena no resistió y se entregó a ese refugio de calor y deseo. Sus bocas se encontraron en un beso largo y profundo, cargado de todo el amor, el arrepentimiento y la pasión guardada. Las manos de Adrián exploraron su espalda, despertando en Elena un fuego que la consumía con ternura y urgencia. Pero justo cuando parecía que podían olvidarlo todo en ese instante, ella se apartó con dificultad. —No podemos —dijo, con la voz rota—. Aún hay heridas que sanar. Él la sostuvo firme, mirando sus ojos con determinación. —Entonces sanemos juntos. No te dejaré ir otra vez. Elena respiró hondo, sabiendo que esa batalla entre razón y corazón definiría su futuro. La nieve siguió cayendo, testigo mudo de un amor que luchaba por renacer en medio del invierno.
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