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Destinada al Alfa Oscuro

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Descripción

Aylin Silverclaw nació marcada por una profecía que jamás pidió cargar. Desde antes de su primer aliento, la Diosa de la Luna decretó su destino: sería la clave para unir a todas las manadas del continente. Para algunos, una bendición. Para otros, una joya viviente… un premio que debía reclamarse.

Dominic Blackthorne no es solo un Alfa. Es la sombra que los demás temen nombrar. Frío, implacable y letal, ha esperado toda su vida por ella. Cuando finalmente la encuentra, no hay dudas, ni vacilación: Aylin es suya. La reconoce en el primer instante, la marca no solo con su mirada, sino con una promesa oscura que no admite rechazo. Porque para él, no existe el destino sin un ardiente deseo.

Pero Aylin no nació para inclinar la cabeza.

Aunque el vínculo la atrae con una fuerza imposible de ignorar, se niega a ser reducida a un trofeo entre alfas sedientos de poder. Mientras las manadas se alistan para la guerra y los más poderosos luchan por reclamarla, algo despierta dentro de ella… algo antiguo, salvaje, indomable.

Porque Aylin no es solo la elegida de la luna.

Y si ha de pertenecer a alguien, será solo bajo sus propias reglas.

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Obra registrada en Safe Creative bajo el número 2510243472987. Prohibida su reproducción, distribución o adaptación sin la autorización de la autora.

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Capítulo 1 POV Aylin
El bosque no tiene memoria. Pero mi cuerpo sí. Corro con la respiración agitada, los músculos adoloridos y el corazón golpeándome las costillas. He cruzado al territorio neutral antes de que saliera el sol. Aquí no hay marcas de manadas, no hay fronteras visibles… pero eso no significa que esté sola. —No te detengas —susurra mi loba Kaela desde el fondo de mi mente —. Si paras, te alcanzarán. —Lo sé —respondo entre jadeos. El viento corta la piel, pero no hay olores que me guíen ni ramas rotas que delaten a nadie. Ese silencio perfecto es lo que más me inquieta. Nada está tan quieto sin razón. Me apoyo un segundo contra un tronco, con la frente húmeda y casi sin poder respirar. Controlo el temblor de las manos. No hay tiempo para debilidad. Reviso mi mochila, tengo agua, un cuchillo, la manta que me entrego mí abuela antes de ayudarme a escapar y un encendedor. Es lo único que tengo. Lo único que me pertenece. —Nos vigilan —dice Kaela forzándome a enfocarme en el presente. —Sí. Lo sé. Cierro los ojos. Y ahí está. El recuerdo entra sin preguntar: la cabaña vigilada, los susurros, las miradas que no eran de afecto, sino de expectativa. Una niña a la que nunca dejaron sola porque su cuerpo no era suyo. La Elegida. La Profecía. Un vientre antes que una persona. —Eras débil entonces —me recuerda mi loba. —Era una niña —respondo. —Y aprendiste a desaparecer. Ahora corre. Me separo del troncoen mi forma de loba y sigo avanzando entre los árboles. Los claros que deja el bosque me parecen trampas disfrazadas. Mantengo el paso firme, sin mirar atrás. Pero la sensación de ser observada se instala como un peso entre mis patas. No es paranoia. Nunca lo ha sido. La marca bajo mi muñeca arde suave, como un latido cruel. —Otra vez no —murmuro. Me presiono la piel. La quemazón no cede y tengo que transformarme en humana. —Está cerca —dice ella, y aunque su voz no tiembla, la mía sí. —No sabemos eso. —Sí lo sabemos. Siempre supimos que de todos él es el que vendría por nosotras. El aire cambia, y con él, un tirón más fuerte en la marca lunar que llevo conmigo. Como si un hilo rojo me sujetara desde algún punto. No sé si odio más la sensación… o la familiaridad con la que mi cuerpo lo reconoce. Me obligo a concentrarme. Respiro por la nariz, cuento en pares, como me enseño mí abuela. La primera regla de la huida es no perder la cabeza. La segunda, no escuchar cuando susurran tu nombre. Llego a un lugar rocoso y trepo hasta un punto más alto aunque con mi forma humana es difícil. Desde ahí, el bosque parece hundirse. Armo un refugio improvisado. El cuchillo junto a mí. La manta sobre las piernas. Y aun así, la intranquilidad me muerde por dentro. Cierro los ojos, solo un instante. Y la voz llega. No de mi loba. De ellos. —Orden del día, confirmación de hallazgo. La Elegida ha sido localizada en territorio neutral. La marca pulsa como un corazón ajeno. Veo sin ver. Oigo sin estar allí. El Consejo de Lobos. Voces masculinas. Frías. Medidas. No es un recuerdo. Es ahora. —La zona está limpia —responde otra voz. —La orden es clara, recuperar a la Elegida con vida para que pueda procrear al Alfa que se profetizo. Mi loba gruñe dentro de mí. Es un sonido bajo, salvaje, primitivo. —Quieren llevarte de vuelta como si fueras un trofeo. —No soy un trofeo. —Para ellos lo eres. Entre las voces, un nombre irrumpe como un golpe seco: Dominic Blackthorne, Alfa de la manada Lunarcrest. El Alfa Oscuro. De todos los líderes, él es del que más he oído hablar… sádico, violento, temido incluso por otros alfas y criaturas sobrenaturales. Mi estómago se contrae y ni mi loba puedo evitar sentir miedo. —Es él —dice mi loba. —Lo sé. —No podemos huir eternamente. —Debemos intentarlo igual. Silencio. La discusión en el Consejo continúa. Unos quieren protegerme, otros reclamarme. Siempre las mismas palabras en bocas diferentes. Nadie habla de elegir. Nadie habla de mí como persona. —Si es la Elegida —dice una voz que suena educada— debe quedar en custodia neutral hasta que el Consejo decida. —La profecía es clara —responde otro. La profecía. Esa palabra que convierte personas en objetos. Abro los ojos. La luna se asoma apenas entre las ramas. Pero, no necesito verla para sentirla como una presencia fría sobre mi cabeza. —Siempre observando —escupo. —Y tú siempre luchando contra ella —responde Kaela—. Pero nunca ganamos. —Esta vez no la dejaré decidir. —No podemos cambiar el destino. Me enderezo. El tirón en la muñeca se vuelve más agudo. Como si alguien del otro lado de ese lazo invisible diera un paso en mi dirección. Contengo el aliento. Escucho. Nada. Pero la noche se siente distinta: más densa, más cargada. Ya no soy invisible. Cruje una rama a mi izquierda. Me giro rápido, cuchillo en mano. Un ciervo salta y desaparece entre la maleza. —No fue solo él ciervo. —Lo sé. Cruje otra rama. No es torpeza animal. Es cálculo de un lobo. —Muévete —me ordena ella. Camino en zigzag, sin dejar un patrón claro. Evito dejar rastros confusos. La noche no me esconde, pero tampoco lo hace con él. Otro aullido corta el silencio. No es amenaza. Es un aviso. Un código que no necesito traducir, me ha encontrado. El tirón de la marca se vuelve más fuerte. Ya no es solo como una aguja, es una cuchillada alrededor de mi corazón . Puedo sentirlo. A él. No con palabras. Con presencia. Es como si alguien respirara justo detrás de mi nuca aunque sé que no hay nadie ahí. —Está cerca. —No lo digas —susurro. —Está cerca. Lo sientes. —Cállate. —No puedes negar lo que eres ya te diste cuenta de la verdad. El esta aquí, nuestro compañero esta aquí. No respondo. Si lo hago, le daré la razón porque si, si me di cuenta sin verlo. Y no quiero, no quiero estar con él. A como puedo llego a un claro pequeño. La luna está alta. Me mira con esa expresión vacía que tiene cuando quiere recordarme que mi destino no me pertenece. Aprieto la manta de mi abuela. —No soy tu esclava maldita Diosa —digo en voz baja. Mi loba me contesta despacio. —Pero eres su elegida. —No. —Entonces, ¿por qué tu pulso late como si lo estuvieras esperando? La pregunta me corta como un filo. La odio porque es cierto. Hay una parte de mí —una que no elegí— que responde a él sin haberlo visto. Que tiembla al sentirlo, no de miedo… sino de reconocimiento. —Eso no significa que lo acepte —respondo. —No aceptarlo no detiene lo que eres lo que ambos están destinados a procrear. —Entonces tendré que romperlo. El destino tendrá que romperse Kaela calla. Pero siento su latido junto al mío. No es aprobación, pero tampoco rechazo. Es… expectación. La rama se quiebra a mi espalda. Esta vez no es un ciervo. Giro con el cuchillo en alto. Nada. Ni un susurro. Solo la noche mirándome de frente. Y entonces, escucho otra una voz, clara pero autoritaria. Un m*****o del consejo a la distancia. —Confirmado, territorio neutral. Coordenadas enviadas. Aylin Silverclaw se encuentra sola, Dominic Blackthorne va tras ella. La cuerda en la muñeca se tensa como un grillete ardiente. Lo siento. A él. No en palabras, ni en gestos, ni en imagen. Lo siento en la forma en que la luna parece inclinarse. En cómo mi loba contiene el aliento. En cómo mi instinto me dice que ya no soy la cazadora de mi propia huida. —Ya viene —dice ella. —Lo sé. —Y tú… —No pienso rendirme. —Mientes. La marca palpita una vez y el aullido resuena, más cerca. La cacería ha comenzado. No hay lugar donde esconderse que no lleve su sombra detrás. Camino hacia la oscuridad más densa. No miro atrás. No necesito hacerlo para saber que, en alguna parte, el Alfa Oscuro acaba de girar en mi dirección… y que la distancia entre nosotros ya no es un mapa, sino un destino.

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