Votos matrimoniales

1002 Palabras
Afortunadamente, la muchacha logró ubicarse en la silla antes de que alguien entrara a la habitación. Sus manos temblorosas se apretaban en el regazo mientras intentaba calmar el vértigo en su pecho, que latía tan fuerte como si quisiera delatarla. El silencio sepulcral del cuarto, interrumpido solo por el constante bip del monitor cardíaco de Adrián, le hacía sentir que cada segundo pesaba como una eternidad. De pronto, el ruido de la puerta girando sobre sus bisagras la hizo incorporarse de golpe. Una mujer de porte elegante, mirada severa y pasos marcados por el sonido de sus tacones entró en la habitación. A su lado, caminaba un joven de cabello n***o, mirada penetrante y actitud indolente, que se apoyó con desgano contra la pared apenas puso un pie dentro. Camila, tragando saliva, suspiró en silencio. Ya no había marcha atrás. Lo único que la sostenía era el pensamiento de que gracias a aquel sacrificio, su abuelo tendría el tratamiento médico que necesitaba. Esa era su única recompensa, su única libertad: alejarse de la sombra de Flora y de su propio padre. El sonido de los pasos de la mujer la sacó de sus pensamientos. —Flora —dijo con voz grave, sin imaginar siquiera el engaño que los Mitchel habían orquestado—. Hoy oficialmente te has casado con Adrián, así que… bienvenida a la familia. Camila forzó una sonrisa nerviosa, inclinando la cabeza en un gesto de agradecimiento que apenas logró sostener. —¿Así que esta es la nueva cuñada? —intervino el joven desde la pared. Mientras que sus ojos oscuros la escrutaban con una mezcla de desdén y curiosidad—. Debes estar muy desesperada para casarte con un hombre en las condiciones de mi hermano. Las palabras atravesaron a Camila como una estocada. Bajó la mirada al suelo, incapaz de sostenerle la vista. Lo peor era que aquel muchacho, sin saberlo, no estaba equivocado: ella estaba allí por obligación, por desesperación, no por amor. —¡Andrew, detente! —espetó la mujer, lanzando una mirada de reproche a su hijo. Él solo hizo una mueca de desdén, pero el gesto de la madre arrancó a Camila una pequeña satisfacción: al menos no todos parecían indiferentes ante su incomodidad. —Hola, Andrew —dijo ella en un intento por sonar cordial. Luego, giró hacia la mujer—. Es un placer conocerla, señora Lewis. La aludida se cruzó de brazos, estudiándola de arriba abajo como si quisiera desarmarla en piezas. —Debes decirme madre —corrigió con un deje de frialdad—. ¿O acaso no estás casada con mi hijo? Camila abrió los ojos con nerviosismo. —¡No, no… disculpe! No fue mi intención faltarle el respeto… La mujer se acercó a ella, cada paso marcando la tensión en la habitación. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, su perfume sofisticado se mezcló con el aroma estéril del hospital. —Déjame ser muy clara, Flora —dijo en voz baja pero cortante—. Te compramos. Y por contrato, estás obligada a darle un heredero a Adrián. Así que entiende tu lugar y limítate a cumplir con tu trabajo. Camila contuvo la respiración. El corazón le retumbaba en los oídos. Aquella mujer no era distinta a su propia familia, era fría, calculadora, cruel. —Es más —continuó la señora Lewis—, cuando el médico le dé el alta, trasladaremos a Adrián a nuestra mansión. Tú irás con nosotros, obviamente. Ahora bien… si empiezas a tener dudas, todavía puedes renunciar y marcharte. Un silencio helado cayó en la habitación. Camila sentía las piernas entumecidas, el miedo apoderándose de su pecho. ¿Qué le esperaba en aquella casa? Sabía que había firmado su condena, pero enfrentarse tan pronto a la realidad de su suegra y de aquel cuñado indescifrable le resultaba asfixiante. —Tranquila, mamá —intervino Andrew con tono irónico—. Ella no tuvo boda, no tuvo anillo, ni votos. Yo tampoco querría estar aquí en su lugar. —¡Andrew, ya basta! —replicó su madre. Camila se debatía consigo misma. Si mostraba debilidad, perdería cualquier pizca de respeto. Si se rebelaba, su abuelo sería el que pagaría las consecuencias. No puedo regresar atrás, se repitió mentalmente. Si me rindo, él sufrirá. De repente, la determinación le brotó como un impulso. —¡No! —exclamó, alzando la voz más de lo que había planeado. Ambos se giraron hacia ella sorprendidos. —Sé lo que vine a hacer aquí —dijo con firmeza, aunque sus manos aún temblaban—. Acepté casarme con Adrián y no voy a faltar a mi palabra. Andrew arqueó una ceja, divertido, como si presenciara un espectáculo. —¿Quieren votos? —añadió Camila, poniéndose en pie. La señora Lewis frunció el ceño, expectante. La muchacha caminó con decisión hasta la cama. Los monitores emitían sus pitidos rítmicos, marcando la línea entre la vida y el silencio. Camila tomó la mano de Adrián entre las suyas y, con voz temblorosa pero firme, comenzó: —Adrián… no sé si puedes escucharme, pero vine aquí para casarme contigo. Prometo estar a tu lado, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, para amarte y cuidarte hasta que la muerte nos separe. El ambiente se cargó de un silencio reverente. La señora Lewis la observaba con un brillo indescifrable en los ojos, y Andrew negaba con la cabeza, como si todo aquello fuese absurdo. Camila se inclinó hacia él. Su rostro estaba frío, sereno, sumido en aquel letargo. Lo sostuvo con ambas manos y, cerrando los ojos, depositó en sus labios un beso suave, tierno, casi inocente. Un segundo después, el monitor cardíaco se disparó. El sonido del bip se aceleró frenético, llenando la habitación de alarma. Camila abrió los ojos sobresaltada. Ante la mirada atónita de los presentes, los párpados de Adrián Lewis comenzaron a moverse. Con un esfuerzo visible, como quien emerge de un abismo profundo, sus ojos se abrieron. Adrián Lewis… había despertado.
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