La madre de Adrián salió disparada de la habitación. El eco de sus tacones se perdió por el pasillo mientras gritaba en busca de un médico. En cuestión de segundos no encontró a uno, sino a tres especialistas que, alertados por las variaciones en los monitores que recibían en tiempo real en sus dispositivos, ya venían corriendo hacia la habitación.
Camila, con el corazón aún desbocado, se había refugiado en un rincón, abrazándose a sí misma como si necesitara contenerse. Andrew, en cambio, había salido con desgano, murmurando algo inaudible, como si todo aquello no tuviera la menor importancia.
Los médicos irrumpieron con premura. Se acercaron a la cama, revisaron pupilas, palparon reflejos, evaluaron signos. El murmullo de términos médicos llenó la estancia. Camila observaba en silencio, con la garganta seca. Vio cómo Adrián mantenía los párpados cerrados, aunque el monitor cardíaco indicaba una actividad más estable que antes.
—Por favor, necesitamos que salgan de la habitación —indicó uno de los médicos con voz firme, dirigiéndose tanto a Camila como a la madre del joven.
No hubo lugar a objeciones. Ambas salieron, dejando atrás la incertidumbre y quedando en el pasillo junto a Andrew, que esperaba recostado en la pared con una expresión de aburrimiento.
La señora Lewis fue la primera en romper el silencio.
—Ustedes lo vieron, ¿verdad? —preguntó con voz entrecortada—. ¿Vieron que abrió los ojos?
Camila asintió con un leve movimiento de cabeza. Andrew, en cambio, volvió a encogerse de hombros con indiferencia.
—Tranquila, mamá —murmuró él—. Espera a que los médicos den su opinión.
La mujer suspiró y terminó dejándose caer en una de las sillas del pasillo, como si todo su porte altivo hubiera quedado suspendido por un instante.
Los minutos se hicieron eternos. El reloj parecía avanzar con una crueldad calculada. Cuarenta minutos más tarde, la puerta finalmente se abrió. Los tres médicos salieron con semblantes serios, y todos se pusieron de pie de inmediato.
—Lo sentimos, señora Lewis —dijo el más veterano de ellos—. Lo que ocurrió fue solo un reflejo cognitivo. Si bien los signos vitales de su hijo han mejorado, su estado neurológico sigue siendo el mismo.
La mujer palideció.
—¿Qué quiere decir, doctor? —preguntó Andrew, tomando a su madre del brazo, conteniendo el temblor que recorría su cuerpo.
—Significa que no podemos asegurar cuándo despertará, o si lo hará alguna vez —explicó el galeno con cuidado—. Sus reflejos indican cierta reacción, pero sus funciones cerebrales aún no acompañan. Cuanto más tiempo pase, el pronóstico será menos alentador.
Camila se atrevió a hablar, sorprendiendo a todos.
—¿Cómo así?
El médico la miró con vacilación, sin saber si debía responder.
—Puede contestarle —intervino Andrew con tono seco—. Es la esposa de mi hermano.
El doctor asintió.
—Señora, mientras más se prolongue este estado, existe el riesgo de que, cuando su cerebro despierte, su cuerpo no pueda responder como antes.
Camila tragó saliva y bajó la cabeza, comprendiendo lo delicado de la situación.
—Quiero llevarlo a casa —dijo de pronto la madre de Adrián, entre sollozos contenidos.
—De acuerdo. Prepararemos todo lo necesario para el traslado inmediato —respondió el médico antes de retirarse junto a su equipo.
El silencio volvió a caer entre ellos. Andrew, rompiéndolo con una mueca irónica, murmuró:
—Bueno… parece que te mudas con nosotros, cuñadita.
Camila comprendió que aquel hombre sería como una piedra en su zapato: molesto, hiriente y siempre dispuesto a poner a prueba su paciencia.
El traslado se realizó esa misma tarde. Tres horas después, al caer la noche, una ambulancia llevaba al joven Lewis hacia la mansión familiar, acompañado por un médico y un enfermero que se encargarían de sus cuidados inmediatos.
Camila viajaba en un vehículo aparte, junto a la madre de Adrián. Al descender, quedó boquiabierta. Frente a ella se alzaba una construcción moderna, majestuosa, que irradiaba elegancia y poder. Grandes ventanales reflejaban la luz de los faroles y el extenso jardín se extendía impecable como una alfombra de esmeraldas.
El corazón de Camila dio un vuelco. Nunca había visto nada igual.
—Camina —ordenó la señora Lewis con tono seco, avanzando hacia la entrada.
La joven la siguió en silencio, sintiéndose diminuta bajo la imponente arquitectura. La gran sala la recibió con su lujo desbordante: lámparas de cristal, mármoles relucientes, muebles de diseño. El aire olía a flores frescas, mezclado con un leve perfume a madera pulida.
La mujer se detuvo y la miró fijamente.
—Compartirás la misma habitación que mi hijo.
Camila asintió, intentando no mostrar nerviosismo.
—¡Teresa! —llamó la señora con voz firme.
Una empleada de mediana edad apareció de inmediato.
—Sí, señora.
—Lleva a Flora a la habitación de Adrián.
—Por aquí, señorita —dijo Teresa con amabilidad.
Camila la siguió escaleras arriba, aunque no pudo evitar notar un ascensor al fondo del pasillo.
—El señor lo mandó instalar pensando en la comodidad de su abuelo —explicó Teresa al ver su curiosidad—. Nunca imaginó que sería él mismo quien lo necesitara.
—¿Adrián diseñó esta mansión? —preguntó Camila, sorprendida.
—No solo la diseñó —respondió la mujer con orgullo—, también supervisó gran parte de la construcción. Era un hombre meticuloso, apasionado por cada detalle.
Aquellas palabras hicieron que Camila lo viera bajo una luz distinta.
—Aquí estamos —dijo Teresa, abriendo una puerta doble que daba a una amplia habitación.
—Muchas gracias —respondió Camila con una tímida sonrisa.
Entró despacio, observando cada rincón. El lugar era elegante y acogedor a la vez. Sobre el buró encontró fotografías: un joven Adrián abrazando a un anciano —probablemente su abuelo—, otra de su graduación con toga y birrete, y una más reciente, sonriente, vestido con jeans y una sencilla polo.
Camila tomó la última en sus manos y no pudo evitar sonreír.
—Vaya… eres muy guapo, condenado —susurró, casi divertida.
Se sentó en la cama, se soltó el cabello y se quitó los zapatos, hundiendo los pies en la mullida alfombra. Cerró los ojos un instante, intentando convencerse de que podía con todo aquello. Pero un ruido la alertó.
La puerta volvió a abrirse. Dos hombres ingresaron empujando una camilla: era Adrián, aún conectado a su monitor. Lo acomodaron con delicadeza sobre la cama matrimonial, mientras Camila, nerviosa, trataba de ponerse los zapatos a toda prisa.
El médico se acercó a ella.
—Habrá un enfermero que lo controlará en determinados horarios. Si nota algo extraño, debe avisar de inmediato.
—Sí, claro… —murmuró Camila, algo intimidada.
En cuestión de minutos la dejaron sola. Bueno, sola no: con su esposo inconsciente.
Se acercó despacio y tomó una de sus manos, observándolo con detenimiento.
—No cabe duda de que eres guapo… —dijo con tristeza, acariciando sus dedos—. Es una pena que te haya ocurrido algo tan terrible.
El silencio la envolvió. Se quedó mirándolo durante largo rato, como si esperara una señal. Entonces la puerta volvió a abrirse, interrumpiendo la quietud.
Camila se giró, sorprendida.
Allí estaba Andrew, recostado contra el marco, observándola con una expresión difícil de descifrar. Sus ojos oscuros la escrutaban como si quisiera descubrir todos sus secretos.