Esteban se sintió como si le hubieran echado un balde de agua fría. Su sonrisa se desvaneció y bajó la mirada, intentando ocultar su decepción. —Por supuesto, Rosella. Lo entiendo perfectamente —respondió con voz tensa. Un silencio incómodo se instaló entre ellos. Rosella, sintiéndose culpable por haber sido tan directa, intentó suavizar el ambiente. —Pero la cena se ve deliciosa. ¿Qué te parece si comemos? Esteban asintió, recuperando algo de su compostura. —Claro, siéntate, por favor. Mientras se acomodaban en la mesa, Rosella no pudo evitar notar lo guapo que se veía Esteban bajo la luz de las velas. Sacudió la cabeza, intentando alejar esos pensamientos. —Y... ¿Qué has preparado? —preguntó, tratando de iniciar una conversación. —Otro de tus platos favoritos, lasaña vegetariana

