La Entrevista

1859 Palabras
Cuando Jeremy me habló de la cafetería pensé que era una pequeña cocinita de oficina, pero no, era un local amplio con varias mesas, como si fuera un comedor de universidad. Había zonas para calentar comida y un pequeño bar interno que tenía su propio cáterin. Estaba bien apañado. —¿Qué vas a tomar? —preguntó Jeremy. —Un café americano. Bueno, obvio, estamos en América. Tráeme una taza de café puro bien llena, por favor. —Le di mi mejor sonrisa, mientras sacaba dinero para darle. Jer me contaba todos los chismes de la oficina, quien era quien y como funcionaban las cosas por allí. Me parecía un chico muy simpático. Me contó que trabajaba allí hace tres años. Entró como becario y se quedó. Estaba contenta de tener alguien con quien poder hablar. —¡Oye! Y dime una cosa. ¿Qué le pasa a esa rubia metida que no paró de mirarme de mala gana desde que llegué? —estaba curiosa por saber más sobre el equipo. —Descuida. No le hagas caso. Jessica es una intensa. Siempre va de diva. Trabaja aquí casi desde que llegué yo. Suele llevar los casos de famosos y personalidades importantes. Se le da bien verse en esos medios y tiene muchos contactos. Adora ir a los eventos y fiestas donde está el glamur, como dice ella. —Jer colocaba una voz muy femenina y tonta para bromear con su manera de hablar. —No entiendo por qué se quedó tan avispada cuando Mason me dio el trabajo ese. ¿Por cierto, tú sabes quién es mi target? —Nena, te perdono, porque acabas de llegar y no sabes nada. Daniel Nicolás es el magnate de las tiendas de prendas Prêt-à-porter italianas, en América. Tiene muchísimas tiendas extendidas por todo el mundo y trabaja con diseñadores famosos para hacerle las colecciones. Por eso te escogió Mason, seguro. —¿Por eso? No sé a qué te refieres. No tengo nada de modelo, ni de entender de prendas caras y sofisticadas, ni de moda. Lo mío es comunicación empresarial y de finanzas. Ahora entiendo a Jessica. Seguro estaría mejor para esa labor. —No sabes lo que dices. Daniel Nicolás es el objetivo. En primer lugar, es uno de los solteros más guapos de todo Boston —hice una mueca, no era que eso me fuera a hacer mucha diferencia, sino todo lo contrario. Los chicos guapos de ese mundillo solían ser unos arrogantes, engreídos—. En según lugar, si consigues sacarle la entrevista, te pondrán en un altar aquí dentro. —Pero si el trabajo es hacerle una entrevista, ¿no? —pregunté confusa. —Chica preciosa, creo que mejor llevas tu carpeta a casa y estudia bien. No es tan simple como hacerle una entrevista. Si fuera tan fácil, estaría Jessica con esa tarea —erguí una ceja. Esto se estaba poniendo complicado—. ¿Cómo te explico? A ver... el señor Nicolás es alguien, así como... ¿cómo explicarlo? —¡j***r, Jeremy! Habla de una vez —ni me ha dado cuenta de que le hablé de una forma tan agresiva y subida de tono, pero me estaba dejando nerviosa —. ¡Perdóname! No quería hablarte así. —Tranquila, Chiara. Somos compis. No pasa nada. Entonces, como te decía, Daniel es un target imposible. —¿Qué? —¿qué quería decir con aquello? —Nunca nadie ha conseguido una entrevista con él. Casi no hay fotos de él, porque se mantiene muy discreto sobre su vida personal. Y claro que todos quieren saber del soltero más codiciado de la ciudad. Pero no acepta dar entrevista a nadie. Estaba patidifusa. —¿Y cómo se supone que voy a conseguir hacer esa entrevista? —Tenía miedo de escuchar la respuesta. Jeremy pasó la mano por el pelo e intentó disfrazar. —Mira, es Brit. ¿Ya te hablé sobre ella? —La chica de las gafas negras acababa de entrar en la cafetería. —Jeremy, no cambies de asunto —me acerqué más a él sobre la mesa y le cogí de un brazo en señal de amenaza—, te he hecho una pregunta. ¿Cómo voy a entrevistar a ese tal Nicolás? —Buena pregunta, mi chica. Pero no tengo la mínima idea. Lo que sí sé es que lo tienes jodido. Suerte. Seguro lo lograrás. —¿En serio? ¡Uau! Apenas nos conocemos y ya te quiero un montón —me hundí en la silla con mi taza de café. —Supe desde el primer momento que íbamos a ser grandes amigos. No te preocupes. Te ayudaré en todo lo que pueda. Brit se acercó a nosotros. —Hola. En la reunión no pude saludarte bien. ¡Bienvenida! Lo que necesites me tienes aquí. —La chica era muy tímida, pero muy simpática y me sentí muy abrumada pela recepción y la buena intención. —Muchas gracias, soy Chiara. Encantada de conocerte. —Me puedes llamar de Brit, como todos. No me gusta Britanny —dio una sonrisa un poco amarilla. Notaba que se sentía mal con el nombre. Se sentó a nuestro lado y terminamos el almuerzo de descanso charlando de todo y de nada. Pasé la mañana entre papeles y organizando mi puesto de trabajo. Estaba empezando a estructurar mis labores, cuando Jeremy se acercó, otra vez. —¿Has traído comida? ¿Vienes a comer con nosotros? —Con todo el estrés del primer día no había traído comida. —No, pero no te preocupes. Bajaré a por un bocata o algo y volveré aquí. Tengo miles de cosas para poner en orden. Nunca pensé que hubiese tanta cosa por organizar. —Bueno, por hoy te lo dejó, pero a partir de mañana trae comida para podernos estar todos juntos —estaba un poco desanimado. —Sí, te lo prometo. Y muchas gracias por invitarme. Te agradezco todo lo que has hecho por mí. Me viene bien un amigo. —Lo sé —dijo con orgullo. Se fue con una sonrisa enorme. Me gustaba Jeremy. Lo vía un chico de buen corazón. Las horas habían pasado tan rápido que me di cuenta de que ni había salido para comer. Ya eran casi las ocho y aun me quedaban cajones por organizar y archivos por leer con todos los protocolos y procedimientos. La última persona que había estado en aquel lugar había dejado todo caótico. —No sé si te lo dijeron, pero no solemos dormir en las oficinas —di un salto de mi silla al escuchar aquella voz masculina casi al lado de mi oído. Pude sentir el calor de su boca calentarme la oreja. Me giré asustada y encontré, ahí de pie, con los brazos cruzados frente al pecho, el chico de la reunión, el guapo. Un calor intenso subió a mis mejillas. —Ahh... ah... solo estoy adelantando algunas cosas. Ya iré en nada. —Tranquila —sonrió y me derretí. Estaba bueno. Y ahora yo debía tener cara de idiota —, soy Andrew. Si necesitas algo, no dudes en preguntar. Pero por ahora solo un consejito: no te acostumbres a hacer veladas en el trabajo, porque aquí la gente lo toma por adquirido. Buenas noches. Hasta mañana. Y sin más, se fue. Me quedé mirando mientras salía de la planta. Suspiré profundamente en mi asiento. Estaba siendo un primer día muy lleno de emociones y sorpresas. No obstante, ahora tenía que concentrarme en terminar lo que había empezado. No iba a quedar hasta muy tarde, porque no quería ir para casa de noche, justo después de haberme perdido por la mañana. Al rato, miré el reloj y casi me da un infarto. ¿Cómo había podido pasar tan rápido el tiempo? Eran casi las once de la noche. Estaba loca. Tenía que salir ya. Arreglé las cosas y cogí mi bolso. Empecé a caminar por la carretera por donde había venido por la mañana. Estaba segura de que el metro era por allí. Caminé unos buenos cinco minutos en el frío horrible que hacía en esa ciudad. Algo habré hecho mal, porque no recordaba para nada la zona. Y ni sombra de metro. Ahora lo único que podía ver eran inmensos edificios y las calles casi desiertas. Extraño, porque Boston era una ciudad muy movida. Tendría que haberme apartado demasiado. Seguí caminando, pero al final de veinte minutos no había forma de encontrar ninguna parada de autobús, ni metro ni nada. Ahora, pasaban por mí personas con aspecto raro. Me sentí un poco insegura. Abracé mi bolso un poco más. Resolví que el mejor sería coger un taxi y así podría volver a casa rápido. Me acerqué a la carretera, pero casi no pasaban coches y estaba oscuro. La calle era poco iluminada. Cinco minutos después no había señal de taxi. ¿En serio? Donde estaba la ciudad americana que veía en las películas que cuando gritabas taxi surgía uno de la nada. Pues, allí no. Asomaba la cabeza a la carretera una y otra vez intentado ver algún cochecito amarillo pasar. Un hombre detrás de mí me dijo: —¿Estás perdida, guapa? ¿Quieres ayuda? —me acojoné literalmente con aquella expresión. Miré hace el personaje y tenía pinta de ser un gánster mafioso. Me puse los pelos de punta. Tenía que actuar rápido. —¡NO! —la voz salió un poco más elevada de lo que quería, pero el hombre se detuvo extrañado—. Muchas gracias, pero estoy esperando mi marido que quedó de cogerme aquí. —¡Qué pena! Otra vez entonces. Que tengas buenas noches. —El hombre siguió su camino con un semblante como se estuviera desilusionado. Al menos había funcionado y se fue. Que susto. Casi muero. Tenía que salir de esta zona. Pero ¿cómo? Saqué mi móvil del bolso y me acordé de que no tenía el número de casa, ni de nadie. En el día anterior, olvidé pedir el número de Shanaya. Solo tenía el número de la mujer de la agencia y del periódico. Podría pedir un taxi. Solo tenía que encontrar un número por internet. Intentaba buscar, cuando mi di cuenta que la red de mi móvil no iba. Había perdido la red, seguro que se había desconectado del servicio de itinerancia. Tenía que comprar un número local. Estaba jodida. ¿Y ahora que hacía? Sin móvil, sin contactos a quien llamar, ¿cómo iba a salir de allí? Las lágrimas empezaron a quemarme los ojos. No, no. No quería llorar en esos momentos. Iba a ser fuerte. Saldría de aquello. De súbito, recordé el chico del aeropuerto. Miré mi muñeca y muy desteñido aún seguía el número de él allí. A pesar de haber tomado baño el día anterior, la tinta del boli no había desaparecido por completo; y casi me había olvidado de que tenía aquel tatuaje ficticio marcado. Al menos tenía un contacto. Pero era ridículo. No podía llamar a un desconocido. A esa hora. ¿Qué iba a decir? Bueno, al final fue él que se ofreció. No me quedaban muchas alternativas.    
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