Caminaba por la calle, cuando por fin avisté una cabina. No puedo querer la suerte que tengo en que aun existan esas anticuadas cosas. En estos tiempos que estamos, ya todos tienen un móvil y ya casi no se usan. Mayoría de ellas ya habían sido retiradas, en mi ciudad.
Miré alrededor, pero no había nadie pasando. Entré en la cabina y me sentí un poco más protegida. El diminuto cubículo tenía una luz de presencia. Saqué la cartera y cogí dinero. Menos mal que había cambiado dinero en el aeropuerto y tenía monedas: porque ese teléfono no aceptaba tarjetas; coloqué algunas monedas y cuando escuché la señal marqué el número que tenía. Esperaba que fuera real y no un troleo. Mis manos sudaban. Lo que era raro, porque hacía mucho frío y ni guantes tenía. Un par de segundos después que parecieron una eternidad, logré escuchar el primer toque de llamada. ¡Genial! Al menos podría hablar con alguien y pedir ayuda, sea quien sea. Al tercer toque, pensé desesperada que nadie me iba a atender. Empecé a rezar para mis adentros.
—¿Quién es? —una voz masculina contestó del otro lado.
—¿Joshua? —pregunté sin saber bien que decir. Escuché la respiración del otro lado por unos segundos, sin que la persona contestase. Pensé que la conexión se había perdido. Miré la pantalla, pero aún tenía crédito— ¿Hola? Por favor, necesito ayuda.
—¿Chiara? ¿Eres tú? —me reconoció. ¡Gracias a Dios! Por una vez me alegré de no haber perdido mi acento por completo.
—Sí, sí. Soy yo. La chica del aeropuerto. —Estaba contenta por escuchar una voz familiar. Dentro de lo que se pueda llamar familiar.
—¿De dónde me estás llamando? —su voz se escuchaba preocupada.
—Eh... justo por eso te llamo. Ah... ah... perdona haber llamado. No tenía otro número y me quedé sin red en el móvil —hablaba torpe y sin sentido. Estaba nerviosa. No sabía cómo explicarle aquella tontería.
—Chiara, te hice una pregunta. Cálmate. ¿Dónde estás? ¿Qué ha pasado? — ¡Jodeer! Que autoritario; pero ahora no estaba en posición para juzgar a nadie.
—No sé. No sé dónde estoy. ¡Chas! ¡Zas!... en una cabina. Salí de mi oficina en dirección al metro, pero creo que me haya perdido otra vez y no sé dónde estoy. No pasa ningún taxi y no sabía a quién llamar —solté todo de un solo golpe.
—De acuerdo. Dime tu número de teléfono —me pidió.
—Pero mi teléfono no tiene red, perdió la itinerancia de datos. —No entendí lo que me preguntaba. Para que quería mi móvil si no funcionaba.
—Chiara, escúchame. Haz lo que te pido y puedo encontrarte. —Su voz seguía el ritmo autoritario. Casi me arrepentí de haberlo llamado. Le di mi número italiano. Lo único que tenía.
—Ahora, presta atención. Voy a llevar algún tiempo a localizarte. Hasta allá quiero que me digas lo que ves. ¿Cuál es el código de la cabina dónde estás?
—¿Código? ¿Qué código? —Miré la pantalla y me quedaban diez centavos para terminar el crédito. Estaba nerviosa mirando todo—. Estoy quedando sin crédito.
—El código está marcado en el rincón izquierdo de la pantalla.
Logré ver lo que me decía.
—Vale, lo tengo. Es el 00578. ¿Es eso? —escuché el pitido de la llamada y la operadora hablando. Tenía que colocar más monedas para seguir conectada. Miré mi cartera, pero solo tenía billetes, no monedas. Que rabia. Ahora no— ¿Joshua? ¿Estás ahí?
Pero él ya no estaba. La llamada se cortó. ¡Mierda! ¿Ahora que hacía? No le había podido decir ni el nombre de la calle, que no sabía, ni nada. Solo mi número y el código ese. ¿Cómo iba a encontrarme? Empecé a llorar. Miré el reloj: eran las doce y media de la noche. Estaba sola y encerrada en una cabina telefónica en el medio de Boston, completamente perdida. ¡Qué día!
Me quedé llorando por unos minutos. Enjuagué las lágrimas y miré el reloj. Había pasado cinco minutos. ¿Qué hacía? ¿Salía de allí y caminaba hasta encontrar ayuda? ¿Y si encontrase alguna persona mala por el camino? Era peligroso. Mejor quedaba allí y pensaba. Cinco minutos más habían pasado y temblaba por todos los lados. Estaba una noche muy fría. Entonces, me acordé de que podía llamar a las emergencias. Claro. Iba a llamar al 911 y pedir ayuda. No quería hacerlo, porque me parecía una ridiculez llamar las emergencias para algo que no era una emergencia, pero no me quedaba otra. Cogí el teléfono. Temblaba tanto que no conseguía casi teclear los números. Cuando marqué el segundo número, la puerta de la cabina se abrió y me sobresalté.
—¿Estás bien? —Delante de mí estaba el chico del aeropuerto. Me acordé lo guapo que era. No, no era guapo. Era guapísimo. Y sus labios carnosos sostenían aquella voz tan sensual. Casi caigo de rodillas. Me extendió la mano para que saliera de la cabina. La cogí y salí— ¿Te encuentras bien?
—Creo que sí. ¿Cómo has llegado aquí tan rápido? —su mano seguía en la mía, tan caliente comparada a mi cuerpo tan frío. Era alto y tenía que mirar hace arriba para ver sus ojos.
—Lo que importa es que ya estoy aquí —esbozó una suave sonrisa. Sonreí también y en una fracción de segundos mi cabeza empezó a rodar fuertemente, como si estuviera en una montaña rusa.
—Yo... no... me encuentro... —No pude decir nada más, porque sentí que las rodillas se me flaqueaban y perdía la consciencia.
Cuando desperté, un calor agradable entraba en mi cuerpo. Abrí los ojos lentamente. La cabeza me dolía y el estómago también. Me erguí en lo que parecía ser una poltrona que estaba delante de una chimenea. La sala donde estaba era oscura. Solo se veía los reflejos y la luz del fuego que salía de la hoguera.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó aquella voz sensual que me recordaba los acontecimientos pasados.
—¿Qué ha pasado? ¿Quién eres? ¿Dónde estoy? —mis manos flotaban los ojos, intentando ambientarme a la tiniebla del ambiente. Joshua surgió delante de mí y se agachó para colocar sus manos en mis rodillas.
—Tanta pregunta. Con calma. Te has desmayado. Soy Joshua. Me has llamado. ¿Te acuerdas? —asentí con la cabeza—. Estás en mi casa.
—¿Cómo? ¿Qué hago aquí? ¡ay! —el dolor de estómago no me dejó terminar mi encuesta.
—¿Hace cuantas horas no comes? No deberías hacer eso. Podrías haber entrado en hipotermia y sin energía, si no llego a tiempo, podrías estar muerta o sabe Dios el qué.
—¡j***r! —Lo ponía de una forma tan cruda que me quedé atónica. Además, me hablaba otra vez con el tono ese paterno— ¡Qué exagerado!
—¿Exagerado? —empezó a reír con sarcasmo y se levantó—. Ya ves. Quédate aquí, por lo menos. Voy a pedir que te preparen algo de comer.
—No, en serio, no quiero dar trabajo. Yo ya me voy. Muchas gracias por... — no me dejó terminar, porque se acercó y conforme me levanté, me cogió los hombros y me hizo sentarme nuevamente. Definitivamente autoritario. Guapo y estúpido.
—No vas a ir a lado ninguno. Primero vas a comer, descansar y después puedes ir a donde quieras —su voz era muy asertiva.
—Pero... es que... no quiero darte más trabajo. Lo siento por haberte llamado...
—Pero nada. No me has dado trabajo. Estaba preocupado. Te di mi número para lo que necesitases. Simplemente nunca pensé que fuera para una emergencia tan seria y tan prontamente. Pero eso me da igual ahora. Lo importante es que te quedes bien. Déjame cuidarte, ¿de acuerdo?
La forma como hablaba era tan imponente que no tuve la oportunidad de decir nada, solo me limité a afirmar con la cabeza. Un breve silencio se quedó en el aire y mis ojos encontraban los suyos. No podía interpretar nada de ellos. Solía ser buena en leer en los ojos de las personas. Comunicaban más de lo que la gente creía. Y en mi profesión era algo importante. Pero con él, no conseguía descortinar nada. Abandonó el salón. Me recosté un poco en la poltrona mirando al fuego. Era agradable y me sentía mejor entrando en calor.