Beso robado

2140 Palabras
Casi me dormía de nuevo, cuando Joshua regresó con una bandeja de comida. —Déjame que te ayude —posó el ítem en la mesita que había al lado del sofá, que estaba de frente para la poltrona donde yo estaba. Se arrodilló en el suelo y sirvió un poco de un líquido en un vaso. —¿Qué es eso? —le pregunté con cara de asco al ver el color verdoso dentro del recipiente. —Es una vitamina. Te hará bien, es fruta y vegetales, no te va a matar más que tu falta de alimento. Toma —me extendió el brazo con el vaso. Lo cogí con una mueca. —¿Eres siempre tan autoritario? —me miró sorprendido, pero luego empezó a sonreír. No me contestó de inmediato. Colocó mantequilla en una tostada y me acercó la bandeja para depositarla en mis piernas. —No siempre. Estoy acostumbrado a que cumplan mis órdenes. Solo eso. —¿Y eso? ¿Eres policía? Porque si no lo eres, no veo porque la gente tendría que hacerlo. —¿Hacer el qué? —Cumplir tus órdenes. —Créeme, a la gente le conviene cumplir mis órdenes. Y no, no soy policía. Y ahora come. Di un mordisco en la tostada. Estaba llena de hambre. Seguí comiendo y bebiendo el zumo que tenía que admitir, estaba muy bueno. Joshua me miraba con un rostro neutro, sin expresión, como siempre hacía. —¿Te vas a quedar mirándome? —Podría. —¿Podrías el qué? —no sé si era por el idioma, pero hablaba de forma rara, no entendía bien. —Podría quedarme mirándote por mucho tiempo. Me sonrojé un poco. O este chico era muy directo o engreído. —Empiezo a creer que estaba más segura dentro de la cabina. Joshua empezó a reír. No sé cuál era la gracia. Estaba hablando y mirándome como si fuera un psicópata. Era guapo, sí y parecía joven, pero, aun así, no lo conocía de nada y en América había gente muy rara y peligrosa. —Conmigo estarás segura. Te he traído a mi casa. Aquí estás más que segura. No hay nadie. —Más una razón. No te conozco y aunque te agradezco por todo, pues... estamos en América y he visto muchos documentales y estudios sobre gente mala. —Ohh... sí... aquí puede haber gente muy mala. Y peligrosa —dijo aquello con una mirada pirada, lo que no me descansó propiamente. —Ya veo. Al menos en mi país solo somos fútiles. —No podía perder la oportunidad de tirarle en cara aquello. —¡Ay! —hizo una mueca de dolor como si lo hubiera herido—. Esa fue certera. Sonreí de forma burlona y seguí bebiendo mi zumo verde, mientras lo miraba con rostro vencedor. Uno, cero. Un punto más para mí, tonto. —Pero sigo teniendo razón —levantó el tronco y se acercó a mis piernas. Su rostro se quedó muy cerca del mío—, la gran parte de los italianos que conozco son personas fútiles, engreídas y arrogantes. Y hay americanos malos y peligrosos. Su presencia cercana me daba calor y no era de la hoguera. Me desconcertaba. Era muy guapo, ¡j***r! Aquella boca, aquella voz arrastrada sensual y su mirada penetrante imponían. —Es interesante —dije, carraspeando la voz que me salía presa—. Todos los adjetivos que te hubiera colocado. Él abrió la boca y puso una mano en el pecho, falseando una actitud ofendida, que burlaba junta a una sonrisa enorme, donde enseñaba los dientes perfectos. —No te hagas el ofendido. Lo siento. No suelo tener juicios de valor sobre las personas que no conozco. Pero no lo he empezado yo. —Le quería dejar claro que lo había empezado él, en el aeropuerto, y que yo no estaba contenta con eso. No que me importase, pero ya que sacó el tema, me sentía un poco feliz por haberle dicho. —Tienes razón —abrí los ojos ante su afirmación. ¿Me iba a dar la razón—?  Ahora no solo creo en todo lo que he dicho, como voy a añadir otra cosa más. También sois estúpidos. Por amor a vuestros cuerpos perfectos y apariencias, hacéis cosas idiotas, como no comer. Me quedé congelada. ¿De verdad acababa de decir aquello? Me estaba llamando de estúpida indirectamente. ¿Quién se creía? Coloqué el vaso en la bandeja. Sacudí las migas para dentro. La posé en el suelo al lado de la poltrona y me levanté, quedando con Joshua a mis pies arrodillado. —Bueno, no hace falta que te quedes así y me pidas perdón, porque no tengo intenciones de oírte. Muchas gracias por tu ayuda. Creo que es el momento de irme. Cuando iba a dar un paso para desviarme de él, se levantó tan rápido que no sé ni como lo hizo. Me cogió los brazos. Miré hace arriba. Era realmente alto. Yo tenía casi un metro y setenta y cinco y él tendría unos diez o quince centímetros más que yo. —Por favor, ¿puedes dejar irme? —le dije incomodada. —Sí, te dejaré ir, pero primero quiero darte razón —le eché una mirada confusa. No entendía lo que quería decirme. Antes de que pudiera parpadear, su boca estaba colada a la mía. Solo tenía los labios posados en los míos, pero su boca carnosa y suave me dejaron completamente anonadada. No esperaba que me besara. Sus manos, que estaban sujetas a mis brazos, ahora refregaban los mismos, acariciando mi piel por encima del suéter. Pasados algunos segundos se apartó. —Ahora ya puedes darme todos esos adjetivos. No quería que te fueras sin antes probar un poco de mi arrogancia, estupidez y futilidad. —Eres... —Tartamudeaba. No me salía aire de los pulmones—, un estúpido y creído. No tenías el derecho de tocarme. —No te he tocado, solo te he besado. Pero si quieres que te toque, puedo hacerlo. Ganas no me faltan. —Para —me aparté de él. Estaba rabiosa. Aquel chico era un creído, si iba a pensar que todas las mujeres eran fáciles como él pensaba; estaba equivocado—, estás equivocado conmigo. No soy de esas mujeres a las que estás acostumbrado a lidiar. Ya entendí que en el mundo en el que tú vives parece ser que hay mucha gente estúpida, fútil y ofrecida. Pero yo no soy una de ellas. Exijo que me respetes. Y ahora, si no te importa, quiero irme. Si no me llevas hasta la puerta, yo mismo me adentro en tu casa y voy a buscarla. Estaba furiosa y quería irme lo más rápido posible de allí. —Chiara... —se acercó a mí. —No te atrevas. No me toques —le dije, apartándome hace atrás. —Perdóname. No quería asustarte. Y no estoy equivocado. Sé perfectamente que no eres una de esas mujeres. Si fueras no te hubiera besado —seguía avanzando en mi dirección. —¿Y cómo vas a saber? No me conoces de lado ninguno. Solo te estás aprovechando de mi debilidad. ¿Sueles dejar tu número para salvar chicas en apuros? ¿Te pone eso? ¿Es un fetiche tuyo? Consiguió llegar hasta mí y de nuevo quedó a pocos centímetros, solo que de esta vez no me he movido. No quería que pensara que tenía miedo de él. Acercó el rostro aún más y su boca se quedó al lado de mi oreja izquierda. Estremecí. No sé si de frío, si de calor o de algo que no sabía explicar. —Tienes razón, una vez más. No te conozco. Pero me gustaría conocerte —susurró y su voz me provocaba choques eléctricos en el cuerpo—. Y cuanto a lo que me pone y mis fetiches, podemos hablar de eso en otra ocasión. Tragué en seco y creo que él se dio cuenta de mi nerviosismo, porque su boca se acercó nuevamente a la mía y apenas rozaba mis labios. —Y quiero que sepas que no me estoy aprovechando de ti. Solo te estoy provocando para saber que estás mejor, porque cuando te encontré no podías ni articular una palabra, cuanto más discutir. Ahora veo que te encuentras con más energía —Y dicho eso, se apartó y quedó de brazos cruzados delante de mí con una sonrisa irónica en el rostro. ¿Sería estúpido? Estaba haciendo todo aquello aposta. Me estaba probando. Gilipollas. —Ya tengo padre, no necesito otro. —Ya. Pero al mejor un amigo te vendría bien, ¿no? Acabas de llegar a la ciudad y en tu primer día de trabajo te pasas sin comer. Muy bien. Después el estúpido soy yo. —Yo... no... —sentía las mejillas ardiendo. Me estaba dando una lección de moral y me sentía como una niña maleducada haciendo trastadas y que fue pillada—. No es de tu incumbencia lo que hago o dejo de hacer. —Tienes toda la razón. La próxima vez dejo que seas violada, secuestrada o muerta por las calles de Boston —su voz se puso más oscura y autoritaria. —Eres un exagerado. Ya te lo he dicho. No es para tanto. Solo me había perdido. Y no tenía a quien llamar. Me olvidé de pedir el número de casa. Estaba ocupada con el trabajo y no tuve tiempo de comer, solo eso. Y no tengo por qué darte explicaciones. Agradezco tu ayuda, pero no tienes que ser tan idiota —solté, con rabia. No me iba a quedar callada. Sé que lo que decía tenía algo de razón, pero me parecía un retrasado. Estaba siendo muy idiota. —Ya me has llamado exagerado dos veces, la verdad es que soy muy protector. Me preocupo contigo. Solo eso —sus palabras parecían sinceras, me sentí un poco mal. Pero eso no le daba el derecho. Era un desconocido. —Gracias, pero puedo apañármelas sola. No te conozco de lado ninguno y no sé tus intenciones. —Cuanto a eso no te preocupes, son las mejores —sonrió y casi me derrito allí en el suelo de su casa. ¿Qué me está pasando? Me está volviendo loca, en un segundo lo odio en el otro me deja perdida mirando sus labios que, hace poco, estaban en los míos y se sentía tan bien. —Si es así, me gustaría irme. Déjame ir. —Claro que sí. Como te ha dicho solo quería que descansaras y comieses algo. Prométeme que te alimentarás bien y que no vuelves a estar tantas horas sin comer. Si me prometes te dejo ir. —Su cara era seria. —No puedo. —Le iba a contrariar, por metido, pero quería acabar con aquello e ignorar que estaba obsesionado con mi dieta—. Vale. Te lo prometo. —Llevo muy en serio las promesas que me hacen. A cambio yo te prometo algo también. Prometo que no volveré a besarte hasta que tú me lo pidas. Entonces te regalaré un beso. Ahora sí, había llegado al exponente máximo de creído. Estaba loco se imaginaba que le iba a pedir un beso. Podría soñar. Me empecé a reír de forma burlona. —¿De qué te reís tanto? ¿He dicho alguna barbaridad? —estaba serio y casi parecía sorprendido con mi actitud. Empiezo a creer que de verdad piensa que tiene razón. Pobre chico. —¿En serio Joshua? ¿Quién te crees que eres? —Sono il tuyo angelo costude —dijo en perfecto italiano. "Soy tu ángel de la guarda". Me quedé parada mirándolo. Sentí una punzada en el corazón. Que tonta, estaba estúpida con una frase bonita de cliché romántico. Que falta de imaginación. No iba a caer en eso—. Y ahora, voy a llevarte a casa. Y ni reclames. Hasta la puerta de casa. Es eso o nada. —¿Y si es nada? —Lo provoqué. No sé por qué me daba ganas de escuchar sus sandeces, pero me encendía. Casi me arrepiento, porque volvió a acercarse nuevamente para quedar a milímetros de mi boca. —Nada no va a ser. Como mucho, cumplo mi promesa y no te beso —relamió los labios y un calor me subió por todo el cuerpo, aquella imagen era muy sensual—. Pero, todo lo demás que puedo hacer, dejo a tu imaginación. Tragué nuevamente en seco y abrí los ojos como platos. —No seas tan mojigata. Ven, voy a llevarte a casa. —Reía y tiró de mi mano para que lo siguiese por el salón. Este chico me desconcertaba. ¡Qué día infinito! Si esto era el primer día, no sé lo que me esperaba los próximos seis meses.
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