El coche paró a la puerta de mi casa.
—Por lo menos ahora ya tengo tu dirección. Y tú número —paró el motor y se giró para mí, recostándose la espalda a la puerta del conductor.
—Gracias por haberme traído. Y por el rescate y por la comida. Gracias por todo. —Quería ser agradecida, porque al final sí que me había hecho llegar a casa sana y salva.
—¿Hai un ragazzo fisso? —ahora me preguntaba se tenía novio. No entendía nada de ese chico. ¿Qué quería?
—No te debo explicaciones, pero no, no tengo.
—No has dejado ningún enamorado por ti en Italia, ¿nadie para quien regresar?
—Tengo mi familia para quien regresar y me llega. Y nunca dejaría nadie esperando por mí.
—Eso no lo sabes, puede que no puedas controlarlo —hablaba muy serio y yo quería cortar aquella conversación rara.
—Bueno... es tarde. Tengo que irme, son casi las cuatro de la mañana y en nada tengo que irme a trabajar.
—Deberías pedirte el día y descansar.
—No puedo. Acabo de empezar este empleo. Tengo mucho trabajo —ni hablar en perder un día de trabajo. Me tirarían fijo. Iba a ir ni que fuera directo.
—Solo no te olvides de la promesa que me hiciste. —Insistía en el tema. No iba a largarlo. Solté un bufido. Él me cogió la mano y el gesto me estremeció—. Te hablo en serio.
—Siempre hablas en serio, ¿no? Y me he dado cuenta. No es que puedas saber si estoy cumpliendo la promesa, pero ya te lo he dicho que sí.
Soltó una carcajada. Sonreí irónicamente. ¿Qué le pasó ahora?
—¡Ayyy! Tú no puedes ni imaginar las cosas que sé. —Y ahora volvía a quedar serio. Definitivamente era psicópata—. Me encanta. La forma en que sonríes.
Chiara soltó su mano.
—Tengo que irme —puse la mano en el tirador de la puerta para abrirlo, pero él me cogió el brazo y me hizo girar, de nuevo, hace a él. Ahora estaba muy cerca.
—Voglio che ci teniamo in contatto.
Involuntariamente miré mi muñeca y ya casi no se veía su número, pero seguía allí. Él cogió mi pulso y me dio un beso justo en el lugar donde estaba el número.
—¿Qué significan las siglas esas? —Ignoré el hecho que mi cuerpo tembló entero con su contacto.
—No puedo decirte. Si no, tengo que matarte después.
Sonreí. Él abrió la guantera y sacó un boli. Volvió a remarcar su número en mi pulso, por encima de las cifras ya casi borradas—. Ahora hazme un favor y pásalo al móvil. No está en tu lista de contactos.
—¿Cómo sabes eso? —Había visto mi móvil mientras estaba dormida. No, eso no era posible, porque me había quedado sin batería, mientras estaba en la cabina. Lo miré perpleja.
—Como te dije, sé muchas cosas. Buonanotte, tesoro —me dio otro beso en la mano, como perfecto caballero.
—Buenas noches. Gracias.
Salí de su coche y fui hasta la puerta de entrada del edificio. Cuando la abrí, miré hace atrás. Él seguía allí en el coche. Entré y subí a casa. Abrí la puerta de casa muy de espacio para no despertar a nadie. Cuando llegué a mi habitación conseguí llegar a la lámpara, porque la luz de la calle que entraba por la ventana me guiaba. Ahora que ya estaba visible todo, me acerqué a la ventana para ver, por curiosidad, si su coche seguía allí. Y efectivamente. Quizás, porque me vio en la ventana, pero en un par de segundos su coche arrancó y se fue.
Me quedé mirando la calle por un rato. ¡Qué día más loco!
Me senté en la cama y me tiré para tras, dejándome acostada. Recordé sus labios en mi boca y pasé los dedos por la piel que él había besado. Era un chico muy extraño, pero no podía negar que me había dejado deslumbrada. El cansancio me estaba tomando.
Me levanté para colocar el teléfono a cargar y coloqué la alarma. Seguía sin red, pero al menos podía despertarme.
Tenía que acordarme de comprar un nuevo teléfono y un reloj de cabecera.
—¡Buongiorno Principessa! — el grito de un chico hizo darme un salto de la cama hasta quedarme sentada. ¡Hostias! ¿Qué loco entraba en mi habitación de esa forma? Miré a la puerta y ahí estaba un chico moreno, con una sonrisa que se extendía hasta la calle de abajo. Justo por detrás de él apareció Shanaya.
—Steven no seas así, idiota. No ves que la chica estaba durmiendo —reganó ella apuntando para mí. El chico se acercó a mi cama y se sentó a mi lado sin pedir licencia. Muy bien, parecía que, si la noche había sido rara, la mañana seguía la misma dirección.
—Soy Steven. No, no soy cualquier Steven. Soy El Steven, puertorriqueño de nacimiento, americano de corazón, maricón de cuna. Encantado de conocerte. Pero ¡que guapa eres, mujer! —Shanaya se reía y yo no pude dejar de sonreír con aquella introducción tan... peculiar.
—Hola, Steven. Shanaya me ha hablado de ti. Soy Chiara. Encantada de conocerte también.
—Y ahora, mi reina, que ya pasamos las presentaciones, nos vas a contar donde has pasado tu segunda noche en las Américas. Sí... sí, como has escuchado. En esta casa no hay secretos. Aunque esa de ahí —apuntaba para Shanaya de forma despectiva—, se cree que puede ocultarme cosillas.
Ella lo miró y resopló negativamente.
—Que pesado eres Steven. Déjalo ya —le contestó. Bueno, así que este era Steven, el fotógrafo que vivía con nosotras. Al menos parecía simpático y me alegré.
—Entonces, nos vas a contar lo que pasó o ¿nos dejas aquí en ascuas haciendo fantasías? —los dos me miraban expectantes. No sé si estaba preparada para este abordaje. Había dormido tres horas.
—Nada. No pasó nada, tranquilos —me levanté y empecé a abrir el armario para coger mis cosas—, simplemente mi teléfono no va. No tenía a quien llamar y tuve que llamar un amigo que me salvó de la situación.
Cogí unos pantalones, una camisa y un suéter. Abrí un cajón donde había depositado mi ropa interior y saqué dos piezas.
—A ver... a ver... a ver... ¿qué me estás contando? ¿Amigo? Pero se acabas de llegar y Shanaya me dijo que no tenías nadie conocido aquí. Ayy... bella ya tengo los pelos de punta... me huele a historia enrevesada —soltó una carcajada como si fuera una cotorra.
—Enrevesado eres tú Steven, sal. Deja la chica arreglarse. —Shanaya lo tiraba para fuera de la habitación. Estaban en esa pelea, pero ella logró tirarlo hace el pasillo.
—Esto no queda así. Chiara luego hablamos. Me vas a contar todo. ¡Tooooodo! —La chica cerró la puerta en su cara.
—No hagas caso a Steven, es un cotilla. Un gay muy intenso. Le encanta sacar cosas donde no las hay. A veces pienso que es más mujer que yo. Adora tonterías. —Meneaba la cabeza en negación como desaprobando el comportamiento de nuestro compañero de piso—. No sé cómo Carl lo aguanta.
—¿Quién es Carl?
—Su novio. El de ahora. Están juntos hace tres meses. Creo que es la relación más larga que Steven ha tenido. Ya dice que es para casarse. Está que se sale. Ve amor en todos los cuentos.
Reí divertida. Estaba rodeada de gente diferente a la que conocía, pero me gustaba la forma como me incorporaban a su cotidiano y su forma tan abierta de ser.
—Seguro que es un buen chico.
—Ya cambiarás de opinión —bromeó también—, pero ahora dime, ¿estás bien? No quiero meterme en tu vida, pero me quedé preocupada contigo.
—No pasa nada, gracias. La verdad es que tenía que haberte pedido tu número. Ayer me perdí por la ciudad. Soy muy torpe. Acabé en una aventura nada agradable.
—¡Mierda! Que cabeza la mía. Te lo doy ya. Pero ¿qué pasó? —En su voz se notaba la preocupación.
—No te preocupes, no ha sido nada. Al final, encontré una cabina y llamé a un chico que conocí en el aeropuerto. —Shanaya irguió una ceja—. Ya. Sé que suena raro, pero cuando llegué un chico me ayudó con las maletas y me dio su número para estar en contacto. —Le enseñé mi muñeca.
Ella miró mi pulso. Hizo una mueca burlona.
—¡Hum! Creo que alguien ha intentado ligar contigo. Muy bien. Rompiendo corazones nada más llegar —se reía abiertamente.
—¡Qué va! —seguí arreglando mis cosas. La conversación estaba dejándome nerviosa—. No ha sido nada. El chico solo me ofreció ayuda. Me llevó a su casa y después me trajo aquí y fin de historia. No pasó nada.
—¿Y que se supone que tenía que pasar? —me pilló sorpresa la pregunta.
—Pues... nada. No tenía que pasar nada y no pasó. Fue muy amable y eso. Nada más.
—Ya veo. ¿Y qué has hecho mientras estabas en su casa? Si es que puedo preguntar —se apoyó a la ventana.
—No lo sé —dije, pero al mirar su cara de asombro, me apresuré a corregir—, a ver... no... espera... no es nada de eso. Es que he desmayado cuando él llegó a la cabina. No había comido todo el día. Y me dio de comer en su casa. Solo eso. Me dio de comer... —mi cara tenía que ser un espanto, porque Shanaya me miraba divertida—. ¿Qué?
—¿Sabes qué? Voy a dejarte arreglar. Ahora, estoy con Steven —dijo, mientras se dirigía para la puerta y terminó de hablar antes de dejarme sola en la habitación—, nos vas a contar todo lo que pasó, porque ahí hay gato con cola de fuera. Ya te digo yo.
Me quedé parada con las bragas en la mano. Si es que ni yo sabía cómo explicar lo que había pasado. Aun me parecía una pesadilla. O un sueño.