—¿No has dormido? Llevas una cara de espanto. Mejor que no te vea Mason —me soltó Jeremy.
—¿Se me ve así tan mal? —saqué un espejito de mi bolso y me vi. No había tenido tiempo de colocar maquillaje, con todo el ajetreo de la mañana. Pero iba a necesitar una buena dosis de corrector. Pasaría por la perfumería a la salida a comprar algunos básicos para tapar disfraces de Halloween.
—Mal no diría, porque con esa carita, podrías hasta ser el propio diablo, te veías bien igual.
—¡Gracias por animarme!
—Chicos, ya no la aguanto. Es que es como una perra en celo —miraba al otro lado de la cafetería donde estaba Jennifer sentada al lado de los otros chicos del grupo. Brit tenía el rostro encendido como una llama ardiente.
—¿Qué te pasa ahora, mujer? — le dijo Jeremy.
—No es qué me pasa, es lo que le pasa a ella. Ahora dio por meterse con Peter. Ya no le basta con Andrew, ahora también con Peter —estaba rabiosa.
—¿Andrew y Jessica son novios? —pregunté curiosa. Jeremy y Brit me miraron con una sonrisa pícara—. ¿Qué? ¿He dicho alguna cosa graciosa?
—No, no. —Jeremy miró a Brit en complicidad—. Solo queremos saber qué te interesa saber sobre Andrew.
—¡Hey! No es nada de eso. No quiero saber de Andrew —me sentía el rostro tan ardiente como las mejillas de Brit hace poco—, solo pregunté por curiosidad. Además, fuiste tú que lo mencionaste —acusé a Brit.
—Esa furcia se mete con todos los chicos. Se cree que solo porque es rubia, guapa y tiene contactos, todo lo puede. —Me sorprendió ver Brittany que era tan reservada hacer aquellos comentarios tan agresivos sobre Jes.
—Ahh... por favor, Brit. Jessica no necesita creerse. Es que lo puede. —Se quedó embobado mirando en la dirección de la rubia.
—¡Qué asco, Jeremy! ¿Tú también? —Brit lo regañaba. Lo miré también con una mueca de asco.
—Ahora pago yo. Chicas, no soy de hierro. Está buena y seamos sinceros, ¿qué hombre no se queda embobado mirándola? —suspiró profundamente.
—Un hombre con valores, Jeremy —dijo Brit.
—Pues, que quieres que te diga, llámame lo que quieras, pero si esa gata viene hace a mí, yo pierdo todos los papeles, cuanto más los valores. Valor tengo yo que echarle para sujetar aquel...
—Ya... ya... —interrompió Brit, antes de que Jeremy continuase su sueño erótico despierto. Me reí. ¡Qué dos—! Cambiemos de asunto. ¿Cómo vas con tus tareas? ¿Ya has podido concretar tu entrevista? Si lo dejas para muy adelante, viene Navidades y será mucho más complicado. Nadie se queda en esta ciudad en estas fechas. Solo yo...
—Eso es verdad, Chiara. Deberías intentar resolver ese marrón cuanto antes.
—No había caído en eso, chicos. La próxima semana me pongo a ello.
Tenía tanto trabajo que aún no había podido leer la carpeta con las cosas del tal Daniel Nicolás. La próxima semana ya iba a colocarme a cien por ciento en ello.
La semana había pasado con la mayor de las normalidades. Me había ambientado bien a la oficina y los compañeros estaban siendo muy queridos y atentos conmigo.
—A los viernes los chicos suelen ir a comer a un bar aquí cerca —me dijo Andrew acercándose a mi mesa, cuando volví al escritorio.
—Ahhh, ¿sí? Es que yo traigo comida. —No sabía bien que decir. ¿Por qué me estaba hablando del grupo?
—Hay un restaurante de sushi buenísimo a unas calles de aquí. A nadie le gusta, así que siempre voy solo.
—¿De verdad? ¿Cómo es posible que a nadie le guste el sushi? Está buenísimo. A mí me encanta.
—Genial. Así que ya tengo compañía. Te espero en la puerta a la una en punto. Nos vemos.
Me quedé perpleja viendo cómo se iba tan tranquilo. No sé por qué, pero tenía la sensación de que me había extendido una trampa, el muy listo. Lo cierto es que me acababa de invitar a comer sola con él. La idea me animó. Estaba guapo y era una buena oportunidad de conocerlo mejor. De repente, en mi cabeza surgió la imagen de Joshua. No. No. Tenía que quitarlo de la cabeza. Era un loco de atar.
A la una bajé al vestíbulo de la empresa. Andrew estaba allí esperándome. Nos saludamos y nos fuimos.
Caminamos unas dos manzanas hablando de cosas de trabajo y de cómo había sido mi primera semana allí. Era muy simpático. Ya no me parecía tan raro como antes. Llegamos al restaurante. Se veía muy bonito y elegante. Entramos.
Andrew era todo un caballero. Me sugirió una barca llena de variadas piezas deliciosas japonesas. Pidió un vino. No solía beber, menos en horario de trabajo, pero no quería hacerle el feo. Y el vino blanco me gustaba mucho. Muy típico en mi región.
—He pedido un vino italiano. Espero que te guste —dejó una sonrisa muy sensual. Casi parecía una cita más de que una comida desenfadada de jornada de trabajo.
—Muchas gracias. Seguro que está bueno —le dije mientras él camarero servía el vino para degustar. Lo puso primero a él, que lo probó con tales movimientos expertos y atractivos que casi me quedó estúpida mirándolo. El camarero se apartó, tras dejar en ambos vasos el líquido ambarino.
Cogí mi vaso y lo llevé a la boca sobre la atenta mirada de Andrew. Cuando el vino tocó mi paladar, escuché una voz a mi lado.
—Gli incontri più importanti sono già combinati dalle anime prima ancora che i corpi si vedano.
"Los encuentros más importantes ya están combinados por las almas, antes de que se vean los cuerpos".
El vino se quedó atrapado en mi garganta y el reflejo de no atragantarme, me hizo escupir parte del líquido en el plato que tenía delante. Una tos increíble me atacó inmediatamente.
—Tranquila. Se le ha ido para el otro lado. Literalmente —Joshua me daba palmaditas en la espalda y Andrew estaba perplejo y preocupado a la vez, mirando ora para mí ora para Joshua, preguntándose quien sería aquel personaje.
—Estoy bien, gracias. —Por fin conseguí recuperarme. Me abanaba con la mano, haciendo aspavientos, intentando coger algo de aire—. Eh... Joshua... ¿qué haces aquí?
Andrew me miraba con cara de confusión y Joshua estaba delante de nuestra mesa, de pie, entre uno y otro.
—Eso pregunto yo. No sabía que te gustaba el sushi. Yo siempre vengo a este restaurante a comer. Es el mejor de la ciudad —me estaba provocando. Lo miré esforzando una sonrisa de simpatía. No quería hacer una escena delante de Andrew—. Perdón, no me he presentado. Soy Joshua.
Extendió la mano a Andrew, que la cogió y saludó.
—Mucho gusto. Soy Andrew Jackson.
—Interesante —se quedó mirándolo un rato hasta quedar un ambiente incomodo—. Bueno... voy a dejar la parejita comer tranquila. Disfruten de la comida. —Se despidió y fue sentarse en una mesa en la que podía perfectamente mirarme, pero no a Andrew.
—Qué raro ese tu amigo —me afirmó Joshua.
—No es mi amigo —lo dije tan rápido que él me miró arrugando el ceño—. A ver... —me empecé a reír relajadamente, para disfrazar un poco la situación—. Amigo, así como amigo, no propiamente. Es un conocido. De mi familia. Sí... es eso. Un conocido de mis padres. O mejor, hijo de unos amigos de mis padres. Nos vimos otro día y le expliqué que acabo de llegar, bueno... esas cosas, ya sabes cómo es.
Andrew no dijo nada. Solo me miraba como si fuera una loca. Mientras le hablaba podía sentir la mirada de Joshua en mí como se fuera un láser. Lo quería matar. ¿Cómo se atreve?
—La cosa es que su rostro también me resulta familiar. No sé por qué, pero tengo la sensación de que ya lo había visto antes, pero no logro recordar dónde. Bueno... será coincidencia. Hablaba bien italiano. ¿También es italiano?
—No. Es decir, no sé. O mejor —me estaba atrapando toda. La verdad es que no sabía nada de él. Podría ser. Hablaba italiano perfecto, como nativo. Nunca le pregunté su nacionalidad—, sus padres sí. Pero creo que ha venido hace muchos años aquí. No sé si llegó a nacer aquí o allá. Como te ha dicho, no somos amigos ni nada de eso. —Tenía que mentir. No iba a contar a Andrew la historia loca de cómo había conocido aquel hombre misterioso. Iba a pensar que soy una pervertida. Metiéndome en casa de un desconocido así sin más.
La comida fue muy agradable. Andrew me hablaba de cosas de trabajo y me daba consejos para algunas tareas que me han venido de perlas. Pero mi atención era la justa y necesaria. Estaba con una rabia inmensa de tener un chico guapo delante de mí y, sin embargo, solo podía pensar en el hombre que estaba sentado a unos metros y que no quitó la vista de mí toda la comida.
Un timbre de mensaje sonó en mi móvil. Ya estaría resuelto el tema de los datos. Durante la semana pude llamar a mis padres desde el móvil de Shanaya y me dijeron que iban a resolver el tema con la compañía.
Pedí disculpas a Andrew para coger el teléfono y miré la pantalla. Tenía un mensaje nuevo. Lo abrí y la cara que puse daba para hacer un meme.
—¿Está todo bien? Has puesto una cara...
—Todo perfecto —contesté enseguida—. ¿Te molesta se voy al baño?, quiero retocarme un poco.
—No, claro, yo voy a pagar y nos encontramos afuera. —Nos levantamos a la vez.
—No, por favor, pagamos a medias. No vayas a pagar sin mí —le contesté. Andrew cogió mi mano e dibujé una sonrisa nerviosa con la sorpresa de su contacto.
—Nada de eso. Hoy he invitado yo. Pago yo. Así me debes una comida y puedes invitarme el próximo viernes.
Debería tener una cara de tonta total. Reía nerviosa como si fuera una adolescente. No sé si porque Andrew me sostenía con tanto cariño o si por el hecho de que sabía que estaba a ser observada.
—Combinado, entonces. Nos vemos afuera —escapé de sus dedos y avancé al baño de las mujeres.
Entré y abrí el mensaje nuevamente.
"Tú cucciolotto (cachorrito) no sabe escoger vino italiano. Acaba de hacerte escupirlo todo. Al mejor era un fetiche de él verte hacerlo. Por cierto, estás muy guapa, pero te veo muy abatida. ¿Mala noche? Me alegro de que al menos estés cumpliendo tu promesa y comiendo. Última cosa: ya puedes contactar. Me he ocupado de que tú móvil funcione. Ahh... y... ¡de nada! Un bacio virtual. Sigo cumpliendo mi promesa"
Hijo de una gran... señora que no conocía. ¿Cómo se atrevía a mandarme aquel mensaje? Que rabia tenía de él. Así que fue él que arregló el teléfono. Pero ¿cómo? ¿Trabajaba en alguna compañía telefónica italiana? Era un tarado. Eso era, un tarado, loco y muy atractivo. ¿A que ha venido eso, su tonta? Te da igual que sea atractivo y esté más bueno que los sushis. ¡j***r!, Chiara! Para ya con esos pensamientos.
Tomé un poco de agua en el rostro. Mi miré al espejo, con mis ojeras, estaba hecha un desastre. Me arreglé un poquito y salí del baño.
Cuando salí de la puerta, allí estaba él encastrado a la pared, esperándome. Iba a pasar por él sin hablarle, pero me sujetó el brazo.
—¿Me vas a ignorar? Que maleducado de tú parte —me soltó con su sonrisa perversa —. ¿Qué pensaría tu amigo de esa actitud? —hizo una cara de reprobación bromista.
—¿Sabes lo que también es mala educación? Espiar a los demás y a sus móviles —lo ataqué.
—¿Qué dices, cara? Simplemente pedí a un amigo que trabaja en la compañía de teléfonos que te arreglase los servicios de itinerancia. Así ya puedes llamar a tu Topolino (ratón) cuando te quedes atrapada en alguna cabina. Solo te quería hacer un favor y así me agradeces.
—Para de llamar Andrew de esa forma. Y gracias, si era lo que querías escuchar. Aunque no hacía falta. Ya había pedido a mis padres para hacerlo.
—Qué bonito defendiendo al chiquillo ese. Quien te escuche hasta puede pensar que es tu fidanzato (novio) —dijo tan cerquita a mi boca que me dejó desconcertada. Su voz era suave, pautada y muy ronca.
—Y a ti quien te escucha casi podría decir que tienes celos. Lo que sería un poco idiota, ¿no crees? —le devolví una sonrisa irónica y me liberté de su agarre.
Sus ojos se estrecharon y se puso serio.
—Te he dicho que soy muy protector con las cosas que me importan. Pero llámalo como quieras.
Abrí un poco la boca, sorprendida con su directa confesión.
Él colocó el pulgar en mi labio inferior y lo pasó por todo el contorno. Cerré los ojos con su toque. Aquella caricia encendió hasta lo más profundo de mis entrañas.
—Regálame un beso —me susurró. Podía sentir su aliento caliente en mi boca.
—No —le dije y salí de mi asombro—. ¿Ma sei cretino? (¿Pero eres tonto?).
—Estoy tonto sí. Por ti.
—¡Sei uno stronzo! (Eres un cabrón) —lo dejé ahí colgado. Salí del restaurante.
Cuando llegué al lado de Andrew mi respiración estaba demasiado acelerada.
—¿Te ha pasado algo? —me preguntó mirando hace el restaurante, como buscando algo.
—No, qué va. Vámonos. Aún no me has contado como llegaste aquí al periódico. Cuéntame todo, quiero saber —le cogí el brazo para encaminarlo a salir de allí, antes que el loco de Joshua nos alcanzase.
Funcionó, porque Andrew se quedó encantado con mi iniciativa y empezó a hablarme de su recorrido profesional. Era un chico realmente interesante, pero yo no podía parar de pensar en lo que acababa de suceder. ¿Sería posible que ahora tropezaba en aquel idiota todo el tiempo? «Estoy tonto sí. Por ti», su frase no me salía de la cabeza todo el rato. Estaba tonto. Por mí, decía. Tiene moral. Lo vi con su mujer y ahora estaba intentando cogerme como su ligue o amante o algo. Ni se le ocurra que me voy a dejar caer en sus canciones románticas ni su italiano perfecto. Era un mal cliché. Eso era.