Estábamos sentados en un sofá amplio, de esos que intentan hacerte sentir cómodo pero que en realidad te mantienen alerta. El terapeuta, un hombre de unos cincuenta años con cabello entrecano y una voz pausada, estaba frente a nosotros en un sillón, observándonos con esa mirada calculada que usan los profesionales para desarmarte sin que te des cuenta. No estaba seguro de por qué, pero aquello me ponía los nervios de punta. Ella estaba a mi lado, cruzada de piernas, con las manos reposando sobre su regazo. Su postura era relajada, pero conocía demasiado bien a Ella como para no notar la tensión en sus hombros. Estaba nerviosa. Igual que yo. —Gracias por venir —dijo el terapeuta, rompiendo el silencio inicial. Su voz era serena, casi tranquilizadora—. Antes de empezar, quiero que ambos se

