"En tu casa, a las ocho." Leí el mensaje una vez más, dejando que sus palabras se quedaran en mi mente. Tan directa, tan ella. Pensé que ella se enfadaría. Pero no podía estar más equivocado. Sonreí mientras guardaba el móvil en el bolsillo y giré hacia la mesa donde mi abuela servía dos tazas de té. Sus movimientos eran lentos, delicados, pero firmes, como si estuviera entrenada para que todo pareciera parte de un ritual. Desde que mi abuelo murió, su rutina se había vuelto más metódica. Ella seguía adelante, claro. A su manera. Pero había noches como esta en las que el silencio entre nosotros decía más que cualquier conversación. Mi presencia aquí era tan necesaria para ella como lo era para mí. No podía evitar pensar en lo que significaba la ausencia de alguien que había sido tu

