—¿Sam? —murmuré entre sueños, mi voz apenas audible. Sentí que decía algo, pero el sonido se disipó como niebla. La cama estaba demasiado cómoda, cálida, como si me envolviera en brazos que no quería soltar. Mis piernas dolían todavía, un cosquilleo residual que subía hasta mi vientre, recordándome el placer que había retumbado en mí anoche. La última imagen que cruzó mi mente antes de sucumbir al sueño había sido el tatuaje. Su tatuaje. Alas negras que se extendían por su hombro derecho, mezclándose con líneas intrincadas que serpenteaban por su espalda y brazo, como si él estuviera hecho para devorar el cielo. Samuel Hill, siempre tan jodidamente enigmático. Pero el sueño se rompió con un golpe seco. Abrí los ojos, sintiéndome pesada, agotada, como si no hubiera dormido nada. Volt

