Estaba en una llamada con mi abuela cuando vi la notificación en mi correo. Mi mano seguía sosteniendo el teléfono, pero mi atención ya estaba en la pantalla. —Samuel, ¿me estás escuchando? —La voz de mi abuela me trajo de vuelta. —Sí, abuela. Perdón, es que me acaba de entrar un correo del trabajo —murmuré, intentando que no notara mi distracción. —¿Y ahora qué te tienen tan ocupado? ¿No puedes darme diez minutos de tu tiempo? Ayer dijiste que ibas a venir temprano, y no fue así, ¿dónde amaneciste? Además, siempre evades el tema de tu matrimonio —preguntó ella con reproche. —Abuela… —respondí con paciencia. Mi abuela nunca dejaba pasar una oportunidad para lanzarme un dardo—. Tenía algo temprano aquí, por eso no pude pasar por tu casa, ya te dije que esta noche duerme allá y

