—Joven maestro, su té —anuncio cuando entro al estudio, pero me quedo congelada en mi lugar al ver a Rosaline allí. Trato de disimular mi nerviosismo e incomodidad, por lo que finjo una sonrisa y retomo mi camino en silencio, mientras aprieto fuerte la bandeja para que no se noten mis temblores. —Hola, Adelaida. Nos has traído té y galletas, ¡qué linda! —dice mientras toma la taza donde yo iba a beber y empieza a destrozar las galletas de forma brusca y rápida. Miro al joven amo con vergüenza, no entiendo esta tensión porque ella está presente. No estoy haciendo nada malo, al fin y al cabo, yo también soy concubina del heredero. —Ustedes pasan mucho tiempo juntos —comenta Rosaline fingiendo una sonrisa. Por mi parte, enfoco mi atención en servirle al amo. —No es tu asunto —replica el am

