Mi piel se siente húmeda, pegajosa y sucia. Poco a poco el ardor se hace más insoportable, asimismo, dolor y picazón me torturan de una forma irritable.
Abro los ojos tratando de entender dónde estoy; el mareo y el dolor de cabeza me azotan de repente. Murmullos, jadeos y sollozos es el único sonido en este oscuro lugar. Miro a mi alrededor atolondrada, buscando esas respuestas que necesito para no caer en la locura.
Niñas y niños de diferentes edades me observan asustados, ojos cristalizados y rojos de llorar, rostros sucios y ropas manchadas de sangre y suciedad es lo que percibo en este hediondo calabozo.
¿Por qué estoy aquí?
La realidad me golpea de repente. Lágrimas de frustración corren por mis mejillas al descubrir que otra vez he caído en el infierno.
Lloro.
Necesito hacerlo después de tanto luchar y seguir perdiendo. Necesito limpiar mi alma de todo lo que he guardado en mi pecho y de las veces que he maquinado cumplir la promesa que le hice al viento: "Lailif roma".
Me parto en pedazos tratando de drenar mi interior. Necesito romperme para poder volver a enmendar los pedazos. Requiero ser débil ahora...
—Quiero ver a mi mamá —solloza una pequeña de unos cinco años. Más lágrimas mojan mi piel pegajosa. Esa misma edad tenían ellos. Mis hermanos...
La pequeña se abraza a sí misma, dado que no encuentra otro consuelo que el que ella se pueda dar. Ya no está mamá ni sus brazos cálidos y protectores. Es ella contra un mundo que se ha vuelto malvado y cruel, donde la esclavitud ha destruido pueblos y aldeas completas. Ninguna persona que no esté en la élite está segura. Ya no hay justicia.
Me acerco lentamente a ella, entendiendo su malestar, su dolor, su temor...
—Debes ser fuerte —digo sintiéndome hipócrita con esas palabras—. Ya mamá no está y tienes que aprender a sobrevivir por tu cuenta o morirás. ¿Me entiendes?
Sus ojos se abren de más. Limpia sus lágrimas y me abraza.
Creo que no me entendió o, tal vez, solo necesita sentir algo parecido a lo que le fue arrebatado con crueldad.
***
Acaricio el rostro dormido de la pequeña; dos horas han pasado y ella duerme como si estuviera de nuevo en casa. Temo por ella, por lo que le espera.
Un sonido rústico nos espanta a todos los esclavos. Los hombres malos han venido por nosotros.
—¡Mamá! —grita la pequeña cuando la apartan de mí.
—¡No nos separen, por favor! —ruego, colérica; sabiendo que será en vano, sin embargo, no puedo evitar pedirlo.
—¡Mamá, no dejes que me lleven! ¡Mamá!
Lloro y me sacudo. Los golpes que me propinan no son suficientes. Me remuevo tratando de alcanzarla; un golpe seco me hace perder la consciencia.
***
El olor a café recién hecho inunda mis fosas nasales, croquetas de pollo, huevos fritos y hervidos, leche caliente y pan fresco hacen rugir mi estómago. Las peleas de mis hermanos y la risa de mamá cuando papá la sostiene de la cintura, para besar sus mejillas de forma estruendosa, es música a mis oídos.
Sonrío...
Es una imagen cálida.
«Soy feliz en mi hogar, con el amor de mi familia. No los quiero dejar nunca, no quiero casarme».
Vuelvo a mirar a mi alegre familia, sus risas se van transformando en gritos. La calidez cambia a vacío y frialdad. Llanto y dolor, sangre, fuego, destrucción...
Despierto exaltada otra vez. Las pesadillas no dejan de visitarme todas las noches.
De un salto me levanto del colchón, me pongo mis ropas sucias y rotas, lavo mis dientes con un palito verde de menta y corro en dirección a los establos. Dado que soy una esclava del rango más bajo, me tocan las tareas más desagradables e incómodas. Debo recoger la caca de los caballos, alimentar a los cerdos, limpiar los baños de los trabajadores, barrer la parte de los esclavos y limpiar el piso de la cocina de la servidumbre.
Nunca he estado en el área de los señores, ni siquiera soy digna de limpiar sus baños ni recoger su basura.
—Laida, vete para la cocina —demanda Tufa, una de las jefas de los esclavos.
—Pero, aún no he terminado de limpiar el establo.
—¡Serás tonta! Deja eso a los nuevos esclavos. Tú ya no perteneces a los del rango más bajo, es más, ni siquiera seguirás sirviendo en esta mansión.
Temblores recorren mi cuerpo ante esa noticia. Si bien es bueno que ya no estaré en la inmundicia, no saber qué me espera de ahora en adelante es peor. Los esclavos somos objetos que no les importamos a nadie, bien podría tener una vida tranquila sirviendo a unos señores indiferentes, pero también podría caer en manos de personas malvadas y crueles.
Por lo menos aquí nadie me ha golpeado ni atentado contra mi vida, tampoco han...
—¡Niña, apresúrate! —Tufa me saca de mis pensamientos con esa impaciencia que caracteriza a la delgada mujer.
Mientras corro tratando de seguir los pasos apresurados de esta mujer, me percato de la conmoción que hay entre los esclavos.
—¡Pero si está toda sucia! —Una mujer bien vestida me mira de forma despectiva y con marcado disgusto.
—Estaba haciendo su labor. Pero eso se resuelve fácil. Laida —me ira con urgencia—, ve al baño de las criadas de los señores y date un baño. ¡Rápido!
Corro sin saber a dónde.
«Nunca he estado en los baños de la mansión de los señores».
—¿Dónde están los baños? —pregunto a una esclava que sale de la cocina. Ella me mira de arriba a abajo con disgusto.
—¿Qué haces en esta área?
—Me enviaron a bañarme.
Su carcajada molesta mi paciencia.
—¡Sí, claro! —Vuelve a reír. Decido no perder mi tiempo y corro lejos de esa loca. Ignoro la amenaza que grita por estar en esta área. Corro con desesperación y busco por todos lados con la mirada. Me rindo. Nadie me creerá y me puedo ganar un castigo. Pero si no llego rápido tendré problemas con Tufa y, probablemente, vuelva a mi rango inferior a recoger caca.
Visualizo a un hombre salir de en medio de unos bambúes todo mojado.
«Debe haber un río allí», es lo primero que me viene a la cabeza. Sin perder más tiempo me adentro entre los árboles; mis pies descalzos sintiendo las hojas secas. Al llegar a un pequeño estanque, mis ojos se cristalizan de la emoción y, sin más tiempo que perder, me sumerjo en la fresca agua.
«Tenía mucho tiempo que no me bañaba en un río».
El agua en mi cuerpo es reconfortante; tenía dos semanas sin darme un baño, dado que Tufa dice que no tiene caso desperdiciar agua en mí, si siempre estoy rodeada de inmundicia. Solo me deja tomar baños rápidos cada dos o tres semanas, por eso mi cabello castaño está quebradizo y reseco.
Mi goce es interrumpido por el sonido del agua que no emana de mí. Me quedo totalmente paralizada ante lo que mis ojos contemplan: un hombre de estatura alta, cuerpo firme y musculoso, con su cabello largo y n***o pegados a su piel mojada. Nunca había visto a un hombre tan apuesto.
No soy la única pasmada; él me escudriña sorprendido e incrédulo. Entonces me percato del color avellana en sus ojos, que hacen contraste con sus cejas abundantes, pero pulcras, y sus gruesas pestañas, ambas negras como el azabache. Sus labios que están abiertos, son rosados y llenos. Totalmente hermosos.
Mi cuerpo tiembla ante su imponente presencia. Su elegancia y porte me dan a entender que es alguien importante. Veo como sus ojos color avellana se posan sobre mis pechos, que están endurecidos gracias al frío, o eso creo.
Los tapo por instinto y ahogo un grito. Al cabo de unos segundos, me encuentro recogiendo mis ropas y huyendo de allí.
«Estoy muerta».
¿Y si ese estanque era exclusivo de los dueños? No, no puedo tener tanta mala suerte.