Capítulo 2

1165 Palabras
—¿Dónde te metiste? —Tufa me encara muy molesta. —Me estaba bañando... —Miro por todos lados con nerviosismo, temiendo que aquel joven haya venido para castigarme. —Y, ¿por qué tienes los mismos trapos? ¿No te dieron ropa limpia? —Ven, conmigo. —Una criada me toma por el brazo de repente. ¿Quién es ella? —¡Cuál de las dos más negligentes! —espeta Tufa haciendo una mueca de desesperación. —Disculpe mi torpeza, señora. Tendré a la esclava lista en unos minutos —dice la criada mientras hace una referencia de disculpas. Yo me quedo observándola confundida, solo espero que no me castiguen. La chica me lleva a rastras en dirección a la cocina. Esta cocina es mucho más grande que la de los esclavos, está muy limpia y huele bien. —Esta es la cocina donde se preparan los alimentos para los criados de alto rango y los jardineros. Si sigues ese pasillo —dice apuntando hacia la derecha—, encontrarás los baños y vestidores de las criadas. Busca una ropa a tu medida y peina tu cabello. Pero hazlo rápido. —Sí... —digo antes de salir corriendo. Agrando los ojos al ver el amplio vestidor y cómo los uniformes están enganchados de manera organizada en diferentes armarios sin puertas.  Busco alguno que me quede y, cuando lo encuentro, me lo pongo llena de emoción. «Ropa limpia». Se siente delicioso vestir ropa fresca y que huele bien. Una lágrima rueda por mi mejilla de la felicidad. Espero que así sea mi vida de ahora en adelante. Me miro al espejo gigantesco frente a mí y doy media vuelta, luciendo la blusa apretada con un cinturón de tela plateado que la une con la falda, simulando un vestido sencillo que me cubre hasta los tobillos. Calzo mis pies con unas zapatillas de tela cerradas de color gris y peino mi largo cabello castaño, para que no se vea tan enmarañado. La insistencia de la criada provoca que salga a toda prisa. Caminamos a pasos apresurados en dirección al patio, donde se encuentra Tufa, la mujer elegante y un grupo de esclavos. Me colocan junto a las esclavas, dado que nos han separado por sexo: los hombres a la derecha y las mujeres a la izquierda.  Ellos llevan pantalones blancos y holgados hasta los tobillos, zapatos de tela parecidos a los nuestros, un cinturón de tela plateado en la cintura, apretando allí la ancha camiseta tipo túnica del mismo color del pantalón. La vestimenta de ellos es muy parecida a la nuestra. Todos estamos parados erguidos, de forma organizada y en silencio. El sol me está tostando, pero como esclava, estoy acostumbrada a esta incomodidad. Unos hombres vestidos de guardias entran con pasos sincronizados, se paran frente a nosotros en dos filas paralelas y uno de ellos anuncia a sus señores. Todos los esclavos bajamos la mirada al suelo, puesto que es una falta respeto mirar a los nobles a la cara. Mis amos son los gobernadores más poderosos de toda la región, respetados por los gobernadores de todos los reinos y amigos cercanos del rey. —Hijo, para que veas que tu padre no escatima calidad para ti; he aquí esclavos de diferentes rangos; escoge los que te quieres llevar para tu nueva mansión. Si los pides a todos, estoy dispuesto a entregarlos. ¿Qué le negaría yo a mi único heredero? Escucho hablar a un hombre mayor. Miro de forma disimulada a aquel lustre caballero de ropa fina y joyas extravagantes. Sus ojos son de color avellana y su cabello plateado. A su lado, una hermosa mujer, que se nota más joven que él mira con orgullo a un joven que se encuentra de espaldas. Ella lleva su cabello n***o y largo recogido en una cola alta y bien peinada, adornada con accesorios de oro y rubíes rojos. Sus labios son rojísimos, sus pestañas tan largas que parecen falsas. Ella emana extravagancia, elegancia y belleza. Su maquillaje es exagerado, pero le queda bien, sus zapatos altos, su ropa ajustada y de tela delicada, sus uñas muy largas y arregladas. El color café de sus ojos resalta con el delineado n***o que lleva. El joven se voltea para mirarnos. De inmediato, mi corazón palpita más rápido de lo que debería. ¡Estoy muerta! Oculto la mirada posando mi atención al suelo; inhalo y exhalo de forma disimulada para que no me dé un paro respiratorio.  Ya me imagino en el calabozo con heridas dolorosas en mi espalda, causadas por los azotes; o en su defecto, tres metros bajo tierra. "Lailif roma", recuerdo. No debo morir, no hasta cumplir mi promesa. —¡Levanten el rostro! —vocifera el guardia. De inmediato, todos los esclavos levantamos el rostro, posando nuestra mirada a la nada. Es momento de que nos evalúen de manera superficial, como si fuésemos objetos. Respiro profundo tratando de disimular mis temblores, tengo tanto miedo de lo que me pueda suceder. ¿Por qué rayos me tuve que meter a ese estanque? El joven de ojos avellanados y cabello oscuro, largo y lacio mira en mi dirección. Trago pesado y me pongo más tiesa para que no se noten los movimientos involuntarios, que el miedo me provoca. Lo siento acercarse y detallarme, no puedo ver su expresión porque evito mirarlo, pero la tensión que siento ante su cercanía me quita las fuerzas. Tengo miedo. Mis ojos se cristalizan ante la ofuscación y el temor. —Quiero a esta esclava entre las candidatas para el concubinato. Llévensela en un carruaje especial y denle una ropa decente. Yaja, llévala a la casa de entrenamiento. Espero que dentro de unos meses esté lista para servir en mi mansión. ¿Qué? ¿Concubina? Agrando los ojos y aprieto mis labios para que no abrirlos de más. ¿Seré concubina del joven heredero? —¿Cuál es tu nombre? —Su voz viril y llena de autoridad me saca de mi asombro. —Soy Adelaida, mi señor. Pero todos aquí me llaman Laida, porque es más fácil de pronunciar. —¡Mírame a los ojos cuando me hablas! —reclama con voz de mando. Me giro en su dirección lentamente, el miedo calando mis huesos. No sé qué es esta extraña sensación que embarga mi cuerpo, cuando su mirada cristalina me observa de una manera que no logro entender, pero que hace que todo mi ser se estremezca. —Estás toda desaliñada, Adelaida. Yaja se encargará de alimentarte bien y arreglar tu cabello y piel.  Serás enseñada para que me seas útil, no me gustan las personas inútiles. ¿Personas? ¿Desde cuándo los señores nos tratan como personas? ¿Será posible que este hombre sea diferente a los demás amos? No puedo evitar perderme en su mirada, no entiendo esta emoción en mi pecho, este punzón en mi estómago. ¿Por qué mi nuevo amo le causa todo esto a mi cuerpo con tan solo una mirada?
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