A la mañana siguiente, Mount Rainer parecía otro lugar. El sol iluminaba las montañas y la brisa fresca agitaba las flores del pequeño jardín delantero. Davis jugaba en el porche con un cochecito, mientras Magui organizaba cajas y trataba de poner un poco de orden.
El sonido de pasos sobre la gravilla la hizo levantar la vista. Una mujer de mediana edad, de sonrisa amable pero mirada escrutadora, se acercaba.
—Debés ser la nueva vecina —dijo, extendiéndole la mano—. Soy Clara, vivo dos casas más abajo. Bienvenida.
Magui respondió con cortesía, aunque sentía un nudo en el estómago. Clara la miraba con demasiado interés, como si intentara leer más de lo que decía.
—Es un pueblo tranquilo —agregó la mujer—. Solo hay que tener cuidado con los bosques. No es bueno entrar sola.
—¿Animales salvajes? —preguntó Magui, tratando de sonar casual.
Clara sonrió, pero sus ojos se endurecieron apenas un instante.
—Algo así.
Esa noche, cuando Davis se quedó dormido, Magui salió al porche con una taza de té. El silencio era absoluto, roto solo por un aullido lejano que le erizó la piel.
No era un perro. Era demasiado profundo, demasiado humano en su lamento.
Magui apretó la taza contra el pecho y cerró los ojos, sin saber que en lo profundo del bosque, unos ojos azul intenso la observaban con detenimiento. Zack, el alfa de Mount Rainer, había notado su llegada.
Y no estaba dispuesto a permitir que una forastera pusiera en riesgo la calma de su territorio.