Zack permanecía inmóvil entre los árboles, un espectro blanco bajo la luna. Sus ojos azul profundo brillaban con la intensidad del hielo, fijos en la casa recién habitada.
No necesitaba olerla demasiado para saber que esa mujer traía consigo más que cajas y recuerdos rotos: traía problemas.
Un crujido a su izquierda lo hizo tensarse, pero no era un intruso.
Noah emergió del bosque con pasos seguros, sus ojos verde esmeralda chispeando diversión al ver a su alfa tan concentrado.
—¿Qué pasa, Zack? ¿Ya te enamoraste de la forastera? —bromeó, apoyándose contra un tronco.
Zack no desvió la mirada.
—No pertenece aquí.
Noah soltó una risa breve, ronca.
—Nadie “pertenece” aquí, hasta que lo decimos nosotros. Y es solo una mujer con un niño.
—Una mujer con secretos. —La voz de Zack fue un gruñido bajo—. Y un niño… peculiar.
Noah ladeó la cabeza, curioso.
—¿Peculiar? Es solo un crío.
Zack lo miró por fin, los ojos resplandeciendo como cuchillas en la penumbra.
—Lo viste, ¿no? Ese brillo en su mirada… Ese mechón en su cabeza. No es común.
Por un instante, Noah dejó la sonrisa de lado. Sabía que Zack raramente se equivocaba con sus intuiciones.
—¿Creés que son una amenaza?
El alfa guardó silencio, volviendo a clavar sus ojos en la casita iluminada. Dentro, Magui acomodaba a Davis en la cama, sin sospechar que dos depredadores discutían sobre su destino a metros de allí.
—Si lo son —dijo al fin Zack, frío—, no durarán mucho tiempo en Mount Rainer.
Noah suspiró, cruzándose de brazos.
—Ojalá alguna vez aprendas a confiar, hermano. El mundo no es solo blanco y n***o.
Zack no respondió. El bosque volvió a cubrirlos con su silencio, mientras un aullido lejano resonaba entre las montañas, anunciando que la manada entera estaba despierta.