El sol de la mañana iluminaba las calles tranquilas de Mount Rainer. Magui había salido con Davis a la pequeña tienda del pueblo; necesitaba leche, pan y algunas cosas básicas. Caminaba con una bolsa en la mano y el niño aferrado a su costado, cuando un hombre alto apareció doblando la esquina.
Era imposible no verlo: 1,98 de altura, piel morena, ojos verdes como piedras preciosas bajo el sol. Sonreía como quien no tiene prisa en la vida.
—Buenos días —saludó Noah con un tono relajado, inclinando apenas la cabeza—. Sos nueva por aquí.
Magui apretó un poco la mano de Davis y asintió, sin detenerse demasiado.
—Sí… recién llegamos.
El hombre caminó a su lado, como si la casualidad lo hubiera puesto allí, pero sus movimientos eran demasiado fluidos, demasiado seguros. Había algo en él que imponía respeto, aunque sonriera.
—Mount Rainer es un pueblo chico —continuó Noah—. Todos se conocen. Y todos saben cuando alguien nuevo llega.
Magui notó la insinuación en sus palabras. Lo miró de reojo, con cautela.
—Solo busco un lugar tranquilo para vivir. Nada más.
Noah la observó en silencio unos segundos. En su postura, en la forma en que mantenía a Davis cerca, en la manera de mirar siempre alrededor como si esperara una emboscada, había algo más que el simple deseo de paz. Había cicatrices invisibles.
Davis lo notaba también. El niño lo miraba fijo, con los labios apretados en una línea seria. Y de pronto, sus ojos verdes brillaron con un destello dorado, cambiando por un instante al mismo amarillo miel que heredaba de su madre.
Noah se detuvo en seco. El aire le pesó en los pulmones. Ese brillo no era de un lobo, lo sabía bien… pero tampoco era común en un humano.
Magui, ajena al detalle, apuró el paso.
—Vamos, Davis.
El niño no despegaba la mirada del hombre, como si lo desafiara silenciosamente. Noah sonrió, aunque esta vez la broma fácil no le salió.
Ese niño no era un lobo. Pero tampoco era simplemente humano.
Y su madre…
Noah la miró marcharse, el cabello castaño balanceándose en la luz, la postura erguida a pesar del miedo escondido en cada gesto. Había dulzura en ella, pero también un muro de precaución.
Interesante, pensó.
Demasiado interesante como para dejarlo pasar.