La cabaña olía a humo y sangre seca. Afuera, algunos miembros de la manada discutían en voz baja. La batalla contra los cazadores había dejado cicatrices, y más que nunca, todos sabían que la profecía estaba viva.
—No podemos quedarnos aquí —murmuraba uno de los lobos, con el ceño fruncido—. Ese niño atraerá más peligros.
—¡Cállate! —gruñó Noah, interponiéndose—. Si no fuera por él, varios de nosotros estaríamos muertos.
Las voces fueron apagándose poco a poco, aunque la desconfianza todavía flotaba en el aire como una nube pesada.
Zack se mantuvo en silencio todo ese tiempo. Desde la ventana observaba a Magui, que en el interior cuidaba a Davis mientras el niño dormía profundamente, exhausto por el poder que había desatado.
Finalmente, cuando el murmullo de la manada se disipó, Zack entró. Sus pasos resonaron sobre la madera, firmes, casi solemnes.
—Tenemos que hablar —dijo con voz grave.
Magui levantó la vista, con cansancio y miedo reflejados en sus ojos. Acariciaba el cabello de Davis, como si ese contacto fuera lo único que le daba fuerzas.
Zack se sentó frente a ella, sin apartar la mirada del niño.
—Davis… necesita ser guiado. Su poder es inmenso, pero sin control… puede destruir todo lo que ama.
Magui tragó saliva, sus manos temblaban levemente.
—Lo sé —admitió, con un susurro quebrado—. Por eso huí.
Zack arqueó una ceja.
—¿Huiste? ¿De quién?
El silencio pesó unos segundos, hasta que Magui cerró los ojos y confesó:
—Del padre de Davis.
Zack se tensó, sus instintos rugiendo en lo más profundo.
—¿Qué hizo?
Magui apretó con fuerza la manta que cubría al niño.
—Cuando me quedé embarazada… pensé que iba a ser nuestro milagro. Pero cuando nació, y vi sus ojos cambiar de color, supe que él era diferente. Su padre también lo supo. No tardó en decirme que Davis debía ser entregado… “al otro lado”. Al mal.
La voz de Magui se quebró, pero aun así siguió.
—Quería usar a nuestro hijo como un sacrificio, como un arma para la oscuridad. No podía permitirlo. Por eso corrí, Z ack. Dejé todo atrás. Porque prefería morir antes que verlo en esas manos.
Zack cerró los puños, la rabia vibrando en sus venas. Se inclinó hacia ella, su voz fue un gruñido contenido:
—Ese hombre ya firmó su sentencia de muerte.
Magui lo miró a los ojos, asustada por la intensidad en su voz, pero también con un alivio extraño.
—No lo entiendes, Zack. Él no es un simple hombre. Tiene conexiones con fuerzas que ni siquiera puedo nombrar. Si nos encuentra… si encuentra a Davis…
Zack tomó aire hondo y, con firmeza, le puso una mano sobre el hombro.
—Entonces nunca lo encontrará.
Magui quiso creerle, quiso aferrarse a esa promesa imposible. Sus ojos se humedecieron mientras miraba a Davis, que dormía tranquilo, ajeno a todo.
—La diosa lo eligió —susurró Zack, casi como un voto—. Y yo lo voy a guiar. Te lo juro, Magui.
Ella lo observó en silencio unos segundos, y por primera vez, dejó que una pequeña chispa de confianza brillara en su interior.
Afuera, la luna iluminaba la cabaña, como si la diosa misma escuchara la promesa del lobo blanco.