El despertar del Rayo

549 Palabras
El aire del bosque se volvió denso. Las antorchas y linternas cortaban la oscuridad, y el olor metálico de las armas impregnaba el viento. Zack, en su forma de lobo blanco, gruñó con furia al ver a los intrusos avanzar entre los árboles. Noah se lanzó a su lado, sus colmillos brillando bajo la luna. —¡Atrás, Magui! —ordenó Zack, su voz ronca aún en medio de la transformación. Pero Magui no podía moverse. Tenía a Davis entre sus brazos, y el niño, con los ojos brillando en un amarillo casi dorado, miraba fijamente hacia el bosque. No era miedo lo que había en su rostro, sino una calma extraña, como si entendiera algo que los demás no. De repente, un disparo rompió el silencio. La bala pasó cerca, astillando la madera de la galería. Davis dio un respingo y, como respuesta, una pequeña descarga eléctrica chisporroteó en el aire, saliendo de sus manos. Magui abrió los ojos con horror. —¡Davis! El niño, aún somnoliento, bajó de sus brazos y se quedó de pie en el pórtico. Los cazadores avanzaban, gritando órdenes entre sí. Uno levantó su arma para disparar otra vez, pero una luz cegadora lo detuvo: el mechón claro de Davis comenzó a brillar, y una corriente de energía se expandió como un relámpago breve, iluminando todo el claro. Los lobos se quedaron petrificados un instante, incluso los cazadores. Zack giró la cabeza hacia el niño, incrédulo. El relámpago golpeó el suelo frente a los hombres, levantando tierra y ceniza. Ellos retrocedieron, maldiciendo. —¡Es él! —gritó uno de los cazadores—. ¡El elegido, el niño de la profecía! Zack sintió un nudo en el pecho. Así que no solo la diosa conocía a Davis: los cazadores también sabían. En ese momento, la manada entera emergió del bosque, los lobos rodeando a los intrusos. El choque fue inevitable. Garras contra armas, colmillos contra cuchillos. Los disparos resonaban entre los árboles, mientras los aullidos hacían eco en la montaña. Pero lo más aterrador no eran las armas: era Davis. Cada vez que un lobo caía herido, sus ojos brillaban con más intensidad. Alzó la mano hacia un cazador que apuntaba a Zack, y sin tocarlo, el arma del hombre se calentó hasta caer humeante al suelo. El cazador huyó despavorido. Zack, en su forma de lobo, protegía a Magui y al niño de los ataques más cercanos. Pero en el fondo sabía la verdad: ese niño de seis años estaba defendiendo a la manada tanto como él mismo. Finalmente, los cazadores retrocedieron, gritando maldiciones y jurando volver. El bosque quedó en silencio, apenas roto por la respiración agitada de los lobos y el olor a pólvora. Magui corrió hacia Davis, abrazándolo con fuerza. El niño estaba exhausto, apenas consciente. —Yo… los ayudé, mamá… —susurró, antes de desvanecerse en sus brazos. Zack volvió a su forma humana, con el cuerpo cubierto de sudor y heridas. Se acercó lentamente, mirándolos a ambos con una mezcla de asombro y temor. —Ahora lo entiendo… —murmuró con voz ronca—. Davis no solo es un niño elegido. Es un arma… y todos lo van a querer. La luna brillaba sobre ellos, silenciosa, como testigo de un destino imposible de detener.
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