El aire de mi despacho estaba cargado de tensión, una electricidad violenta lista para explotar. No había sido difícil rastrear a Nikolai una vez que se supo su perfil de Cazador del Norte. Su habilidad para moverse entre las sombras era excelente, pero mi red de seguridad era impecable.
—Sal de la oscuridad, Nikolai. El juego del escondite terminó —ordené, mi voz tranquila, mi mano ya en el arco.
La figura de mi hermano emergió de la sombra detrás del estante de libros. Era alto, fibroso, su traje oscuro y sus ojos grises transmitían la frialdad de su nueva vida. Pero carecía de la presencia aplastante de Egan. Él era un asesino, no un Rey.
—No estoy aquí para la nostalgia, Ira. Vengo por lo que le robaste a Sandino. Lo que era de nuestro padre.
—¿Tu madre te lo pidió? ¡Ella nos arrancó la vida! ¡Te arrebató el alma y te convirtió en su perro de caza! —La rabia se filtró en mi voz por primera vez en años.
Nikolai se movió primero, con una velocidad entrenada, usando la distracción emocional. Él se lanzó hacia mí, placándome contra la pared con una brutalidad que me recordó que éramos enemigos, no hermanos. El agarre de su brazo era potente.
—No entiendes nada. Ella me salvó... y estoy aquí para terminar con el legado de mentiras que tú defiendes. ¿Dónde está la medalla, Irina? Dame el recuerdo de mi padre.
—Este es mi recuerdo, y tú no eres digno —dije, liberándome con una patada al plexo solar que lo hizo retroceder por el dolor.
Nikolai sabía de la medalla de plata porque Darian se la había dado. Sabía que era el detonante de mi dolor. Sabía jugar sucio.
Yo, sin embargo, fui más rápida. Tomé la medalla de plata de mi padre del pedestal y, con un movimiento teatral, la arrojé a través de la ventana blindada.
—¡Maldita sea, Irina! —rugió Nikolai, su fachada de Cazador rota por el pánico.
Aproveché el segundo de distracción. Disparé un