El tablero del rey

799 Palabras
La niebla salada y helada del Puerto de Murmansk era tan espesa que se sentía como un sudario. El clima era tan hostil como el ambiente que nos rodeaba; una sinfonía de grúas chirriantes y el rugido lejano de las olas heladas. Irina, enfundada en un traje de asalto n***o que la hacía una sombra letal, se movía con la precisión de una depredadora. Mi belleza, que el mundo veía como un adorno, era en realidad un camuflaje, una distracción. Mi cuerpo, esculpido por el entrenamiento y la guerra, era el arma. Y mi mente, mi mente era una fortaleza inexpugnable que nadie, ni siquiera el ser más antiguo o poderoso, podría doblegar. Me separé de mi equipo, dejando que Ky y Oleg coordinaran el perímetro. Penetré en el Astillero 7. El lugar era un vasto almacén de metal y hormigón, lleno de jaulas reforzadas que resonaban con los gruñidos inhumanos. Dentro, los Fallers se agitaban, criaturas místicas, esclavas del poder de Egan Vasileui, con ojos que brillaban de un amarillo enfermizo. Eran la moneda de cambio de Egan, la prueba de que su poder trascendía lo terrenal. Ella no buscaba una masacre sin sentido, sino una humillación estratégica para el Rey Supremo. Neutralicé a la primera oleada de Fallers con mis flechas de electrificación, diseñadas para sobrecargar su biología elemental. El metal se fundía al contacto. En el caos controlado, mi comunicador susurró. —Luna, el perímetro está libre. El objetivo son las tres jaulas principales al fondo. Contienen Fallers alfa, los que Egan usa para el trabajo más delicado. Me moví entre las jaulas, el hedor a hierro oxidado y carne chamuscada inundando mis sentidos. La misión era simple: destruir el stock y dejar una marca. Mientras preparaba los explosivos, una sombra en la esquina de la jaula principal me hizo detenerme. No era un Faller. Era un hombre. Estaba sentado sobre una pila de cajas, con la indiferencia de alguien que se sabe intocable. Cuando levantó la mirada, el aliento se me cortó, pero no por miedo, sino por el asombro. Sus ojos eran de un oro fundido, casi sobrenaturales, y su presencia era fría y magnética. —La Reina Azul. O la Diosa de la Venganza. Los nombres de tu amante son tan melodramáticos como innecesarios —dijo el hombre, con una voz profunda que era terciopelo y veneno. —¿Quién diablos eres tú? Tienes cinco segundos para irte antes de que te confunda con un Faller —amenacé, apuntando mi arco hacia el pecho del hombre. El hombre se puso de pie. Su presencia era fría, y sus ojos dorados mostraron una fascinación oscura, un asombro puro ante mi figura y mi potencial. Él era asexual, pero mi belleza irreal lo había impactado, no con lujuria, sino con la admiración de un coleccionista por una pieza única. —Mi nombre es Darian. Y estoy aquí por el mismo motivo que tú: la destrucción. Yo soy el Pecado Personificado. Y tú, Mila Moya (Mi Oscuridad), eres la más bella creación que he visto. —¿Socio de Egan? —espeté, manteniendo la flecha lista. —¿Egan? El Rey Supremo. Él es el juego de mesa. Yo soy la mano que lo mueve. Él es un tirano, yo... soy el Amo de los Hilos. Y mi influencia es la que te dominará. Darian caminó lentamente. No me tocó. Su aura era de una autoridad inmensa, pero su poder no podía penetrar la fortaleza de mi mente. Él solo podía observar. —No intentes jugar juegos mentales conmigo. Mi voluntad es un muro —advertí, sintiendo cómo su mirada intentaba buscar una grieta en mi psique, y fallaba. Darian sonrió, su fascinación creciendo. Se acercó y me tendió un pequeño cofre de madera oscura, tallado con el cuervo. —No busco dominar tu mente, mi Reina Azul; eso es un juego vulgar para los Fallers. Busco dominar tu destino. Me maravilla que una mujer con tu belleza y tu poder odie tanto. Darian se dio la vuelta. Se limitó a susurrar la verdad que nadie más podía ver: —Vete de aquí. Estás a punto de caer en la trampa de Egan. Te dejé la medalla de tu padre. Ahora es tu turno. Yo solo observaré cómo te rompes... no por mí, sino por el celoso que te viene a buscar. Irina se sintió en desventaja, no por la fuerza, sino por la información que Darian poseía sobre mi destino. El hombre de ojos dorados se desvaneció entre las sombras del astillero. —Ky... aborta la misión de explosivos. El perímetro se está reestableciendo. Egan viene, y ha usado a su Amo de los Hilos para avisarme —ordenó Irina. La misión de sabotaje había terminado, pero la guerra por su vida acababa de empezar.
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