Cinco años no fueron suficientes. Azazel los vivió como siglos, no porque fueran largos, sino porque fueron vacíos. Vacíos de todo, excepto de ella. Al principio creyó que el dolor pasaría con entrenamiento. Dobló sus jornadas, rompió su cuerpo, curó sus huesos con el poder del fuego, volvió a romperse. Cada vez que sentía que el recuerdo de Silvia lo invadía —una risa fantasmal, la imagen de sus ojos al amanecer—, se sumergía en el campo sin suelo ni paredes. Allí, donde el mundo era n***o como la médula de la muerte, buscaba olvidarla siendo golpeado, cortado, despedazado. Pero la herida no sangraba del cuerpo. Era otra. En el segundo año, Azazel pidió una audiencia con Azrael. Lo hizo en silencio, de rodillas, con las manos abiertas como un perro esperando una orden. —Quiero un sel

