El umbral que separaba el inframundo del mundo humano se abrió sin dramatismo, como si incluso el destino hubiera aceptado lo inevitable. Isriel no miró atrás. Portaba una túnica ligera, sin armas ni armaduras: no las necesitaba. Sus ojos grises, vacíos de miedo, estaban fijos en el horizonte que se abría al otro lado del portal. Era su turno. A su alrededor, los demás hermanos de la muerte lo observaban en silencio. Algunos con respeto. Otros con cautela. Nadie habló. No era necesario. Azazel se mantenía de pie junto a Shamael, con los brazos cruzados y los labios apretados. No era la partida de Isriel lo que le tensaba la mandíbula, sino lo que dejaba entre líneas: el futuro ahora sería dirigido por otro. Su padre no estaba presente. Azrael no asistía a despedidas. Estaba más allá del

