El tiempo se volvió una cinta extraña dentro del hospital. Había días en que las horas pasaban como un parpadeo, y otros en los que el segundero parecía arrastrarse como si doliera. Nadie en el pabellón decía mucho. Los médicos venían menos. Las flores dejaron de llegar. Silvia aún respiraba. Azazel, en cambio, no se movía del lugar. A veces parecía un enfermero común, con el uniforme azul pálido y el rostro sereno, revisando la bolsa de suero o ajustando las cobijas. A veces, cuando creía que nadie lo observaba, le sostenía la mano a Silvia y le murmuraba palabras sin sonido, como si el alma de ella pudiera escucharlas desde algún rincón donde el cuerpo ya no alcanzaba. Él sabía que el final estaba cerca. Silvia, tendida en la cama blanca, tenía la piel casi traslúcida. Cada respiració

