El aire denso del inframundo parecía haberse congelado en un instante eterno. Azazel se encontraba de rodillas en la sala de juicio, con la cabeza apenas alzada mientras la llama del alma de Silvia flotaba frente a Ezrael. La luz dorada vibraba con una intensidad nunca antes vista, iluminando incluso los rincones más oscuros del Reino de las Arenas Negras. Ezrael, con su figura envuelta en fuego celestial, observaba con atención las inscripciones que aparecían flotando sobre la llama. Se detuvo. Exhaló largo, como si se negara a aceptar lo que veía. —Silvia, treinta años. Huérfana, pero criada por padres amorosos... —comenzó—. Su siguiente vida será como hija de una madre soltera... quizás... Se interrumpió. Azazel alzó la vista. Su cuerpo temblaba por la carga emocional, por la pérdid

