Los aposentos de Azrael no se abrían desde hacía siglos. Se decía que eran tan antiguos como el tiempo mismo, anteriores incluso a la concepción del cielo y el infierno. Ahora, por primera vez desde el nacimiento del más joven de sus hijos, las puertas de aquel lugar se abrían, no para una ceremonia de castigo, ni para la instrucción de nuevos heraldos… sino para una despedida. Azrael, la Primera Muerte, yacía sobre un lecho n***o como obsidiana. Su cuerpo, otrora imponente y eternamente firme, ahora parecía marchitarse a ojos vista. La energía oscura que brotaba de su cuerpo no era poder, sino veneno. Era el poder acumulado, excesivo, el que nadie debía cargar por tanto tiempo, menos aún uno solo. Los doce hijos estaban reunidos en círculo. habían llegado tan rápido como escucharon el l

