Rubén se había puesto un buzo que usaba de pijama. Ya eran casi la una de la mañana y ambos tenían sueño. Amanda se acostó primero en la cama y se acomodó al rincón, arropándose con las cobijas para quedar bien cubierta y abrigada. Rubén apagó la luz de su pieza, pero dejó encendida la del pasillo. —Lo siento, es que le temo a la oscuridad —le dijo a Amanda mientras se metía a la cama junto a ella, aunque respetando el espacio de la chica, acomodándose en la otra esquina. —No importa, Rubius. Después de ese juego, yo no apagaría ni la luz de la habitación—respondió ella. Ambos rieron bajito. —Sí, creo que no fue buena idea jugar algo así a esta hora de la noche. Pero me alegra no haber estado solo. Imagínate cómo estaría ahora —comentó el chico. —¿Probablemente llorando de miedo con to

