Capítulo 18 ⚔️

1304 Palabras
El conde Vaelmir se acomodó en la silla que lo había acompañado durante tantos años que ya no recordaba cuándo se había convertido en extensión de su espalda. Allí, sentado, había firmado contratos, resuelto disputas de mercaderes, negociado con señores de la isla y escuchado más súplicas de las que un hombre debería cargar sin quebrarse. Las paredes verdes, sobrias y silenciosas, habían guardado promesas, mentiras y amenazas disfrazadas de cortesía. Pero esa tarde era distinta. No porque el despacho fuese otro ni porque el aire pesara más; era distinta porque el conde tenía la impresión exacta —incómoda y precisa— de que él no llevaba el control de la audiencia. Era él quien estaba siendo escuchado. Frente al escritorio, con las piernas cortas apenas rozando el borde del asiento, Ariadna Leclair lo miraba con una atención que no correspondía a su edad. Sus ojos lavanda no se distraían con los libros ni con las lámparas de cristal mágico. Lo observaban a él, como si la princesa supiera separar lo útil de lo decorativo. El conde carraspeó. —Ese niño… —dijo por fin— es el hijo bastardo de mi primer hijo. El silencio que siguió no fue vacío, sino tenso. Como el instante en que uno se da cuenta de que ya habló demasiado y, aun así, falta lo peor. —El que debe heredar cuando yo abdique —añadió, y por primera vez en mucho tiempo le pesó la palabra heredar—, cuando me retire junto a mi esposa. Ariadna escuchó sin parpadear. Había sentido curiosidad desde el primer día en que vio al nuño rubio de ojos azules: no solo por el castigo —porque la violencia era obvia—, sino por la indiferencia general con que se permitía. En Velyria nadie parecía sorprenderse de que un niño fuese tratado como algo prescindible. Lo extraño no era el dolor; lo extraño era lo normal del dolor. Además, Ariadna lo había visto después: desde el balcón del monasterio, siempre solo, siempre en la misma zona, sin guardias, sin sirvientes, sin una sombra adulta que lo reclamara. Las monjas se acercaban a veces para dejarle comida, con la distancia con la que se alimenta a un animal asustado. Y el niño no pedía más. No reclamaba nada. Ariadna apretó los labios con una incomodidad que no ocultó del todo. —¿Es un problema que sea bastardo? —preguntó. El conde lo notó y, quizá por cansancio, respondió con una honestidad que habría evitado ante otra noble. —No sería un problema si hubiese sido hijo de una concubina reconocida —expuso, frunciendo el ceño—. Los nobles tienen derecho a tenerlas por razones… políticas, económicas, incluso religiosas. Pero mi estúpido hijo… —midió si debía suavizarlo frente a una niña y se rindió— en una tarde de ebriedad embarazó a una mujer del bar más grande del pueblo. Ariadna inclinó apenas la cabeza. Entendía la diferencia: no era el acto, era el protocolo. —Se saltaron las normas —susurró. El conde lo confirmó con un gesto lento. —Protocolos. Permisos. Aceptaciones. Apariencias. —Su voz se tensó—. Mi nuera estalló cuando se enteró. Y con razón. Si un hombre desea concubina, es la esposa quien debe admitirla. Pero esa mujer… no venía de linaje ni de registro. Llegó en barco, se instaló en Velyria, y el pueblo… el pueblo no perdona cuando puede burlarse. Ariadna guardó silencio un instante. —¿Qué ocurrió con la madre? —preguntó. Los ojos del conde se endurecieron con una tristeza seca. —Murió al dar a luz. Y desde entonces, la vida de ese niño ha sido… desafortunada. Como si los dioses se hubiesen apartado. Ariadna no creía en maldiciones automáticas, pero sí en consecuencias. Y una criatura nacida del error de un poderoso pagaba primero. —¿Dónde está el padre? —preguntó Ariadna. —Aquí. En esta mansión. Vive bajo mi techo por la piedad de mi esposa… pero mi nuera no soporta verlo, porque el niño le recuerda la humillación. Mi hijo lo desprecia, porque cree que, si el no existiera, nadie se reiría. Y el pueblo… —el conde apretó la mandíbula— el pueblo es un animal hambriento. Si huele sangre, no se detiene. Ariadna respiró hondo. Sintió irritación controlada: quien ve una estructura injusta sostenerse por costumbre. —Es infortunado —dijo, eligiendo una palabra demasiado suave para lo que pensaba. El conde pareció agradecerlo. —Lo es. Y lo peor es que el niño no tiene culpa. Pero yo… —suspiró— no puedo respaldarlo públicamente. Si lo hago, se interpretará como que apoyo que sea heredero legítimo. Sería guerra doméstica. Y también política. Ariadna lo entendía: la nobleza era cuerda tensada entre deber, fachada y miedo. —Entonces… ¿qué vida vivirá? —preguntó. El conde tardó en responder, no por cálculo sino por vergüenza. —No lo sé. Está a la deriva. He pensado enviarla a Gall, para que la entrenen. Si adquiere valor como mercenario o soldado, al menos… al menos existirá como algo útil. Ariadna sintió un pinchazo. La palabra útil aplicada a un niño le pareció una crueldad sofisticada. Aun así, no atacó. No estaba allí para ganar un debate: estaba allí para construir una salida. —Conde… ¿existe alguna posibilidad de que ese niño pase a ser responsabilidad de la señora de las flores? El conde se enderezó, como si le hubieran arrojado agua fría. —¿Por qué haría eso? —preguntó, con alerta. Ariadna bajó la mirada un segundo. La razón era simple y, por eso mismo, vulnerable. —No tengo personas de mi edad en el barco —admitió—. Me gustaría tener a alguien con quien jugar. Con quien… ser niña. El conde parpadeó. No era ambición ni política. Era soledad, dicha sin maquillaje. Ariadna continuó: —No le pido llevármelo hoy ni decidir su destino ahora. Solo pido permiso para acercarme. Para hacerme su amiga. El conde la observó largo rato y luego su expresión se volvió práctica. —No tengo nada que perder con eso —dijo, y en su tono había alivio—. Si se hacen amigos, quizá el niño deje de ser un cuchillo en la mesa familiar. Ariadna asintió. —Entonces… ¿acepta? —Acepto. Ariadna se puso de pie. La formalidad volvió como máscara útil. —Entendido, conde Vaelmir. El anciano se levantó también. Ariadna le extendió la mano por encima del escritorio, gesto noble aprendido. El conde la tomó con fuerza moderada. —Ha sido un gusto tener audiencia con usted, señora de las flores. —El gusto ha sido mío, conde. Estaré atenta a cuando Sevrin pueda venir a tratar lo de la ley. —Lo espero. Ariadna inclinó la cabeza lo justo. —La señora de las flores se despide del conde Vaelmir. —El conde Vaelmir se despide de la señora de las flores… y rezará por su bienestar. Ariadna giró hacia la puerta. Dos guardias del conde ya estaban allí para abrirla. Al salir, el aire del pasillo le pareció más liviano, como si el despacho guardara el peso de lo confesado. Apenas cruzó el umbral, Rhydan apareció a su lado, recto y atento. —Mi señora. Ariadna sonrió y, sin darle margen para negarse, le extendió la mano. Rhydan la miró como si fuese una orden extraña. Ariadna movió la cabeza: ven. —De continuar así serás una mala figura paterna —bromeó Ariadna, tomándole la mano y echando a andar. Rhydan se puso rojo hasta las orejas. Sus compañeros intercambiaron miradas, conteniendo sonrisas. —¿Adónde desea ir, mi señora? —preguntó, sosteniendo la mano de la niña con un cuidado exagerado, como si temiera quebrarla. —A un lugar que quiero ver.
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