Ariadna permanecía concentrada, arrodillada sobre la alfombra del cuarto que le habían asignado en el monasterio. Frente a ella, el aire vibraba con una tensión leve, casi imperceptible, como si algo aguardara ser moldeado. Desde hacía dos días comprendía mejor cómo funcionaban sus dones. No en un sentido absoluto —sabía que aún estaba lejos de eso—, sino en algo más esencial: cómo no forzarlos.
Había aprendido a observarlos. A reconocer cuándo surgían grandes y cuándo apenas eran un destello. Esa variación no la frustraba como antes. Al contrario, le confirmaba que el camino sería largo, empinado y exigente… pero posible. Tenía claridad en su intención. No permitiría que aquel poder creciera sin control. Si era necesario trasnochar, lo haría. Si debía equivocarse cien veces, también.
La disciplina no le era ajena.
—Señora de las Flores.
Ariadna abrió los ojos al oír la voz suave. Santa Vaelene de Velyria se encontraba a pocos pasos, vestida con sus habituales ropas blancas. El tejido ligero se movía con el viento de la tarde, y su cabello suelto, largo y dorado, era despeinado con gentileza por la brisa marina. No había rigidez en su porte, pero sí una serenidad que imponía respeto sin esfuerzo.
—Oh… hola, santa Vaelene —saludó Ariadna, incorporándose con calma. Sonrió con naturalidad; la mujer le resultaba genuinamente agradable.
—¿Cómo se encuentra hoy? —preguntó Vaelene, inclinando la cabeza con cortesía hacia Rhydan y los otros cuatro caballeros que custodiaban a la niña con atención constante.
—Muy bien —respondió Ariadna—. ¿Se adelantó la lección?
Vaelene negó con un gesto amable.
—No, mi señora. He venido porque el conde Vaelmir desea verla.
Ariadna entrecerró apenas los ojos.
—Mi mago me mencionó algo —respondió, cuidando el tono, tal como se le había instruido.
Mostrar orden y dominio no era un capricho. Vaelene le había explicado que, en la nobleza, la forma de hablar era tan importante como las palabras mismas. La posesión material, el valor monetario, el título… todo ello comunicaba jerarquía. Y la jerarquía definía el trato.
Las personas podían ser crueles cuando percibían debilidad. Por eso, desde el inicio, Ariadna debía dejar claro quién era.
Vaelene también le había hablado de otra forma de ser reconocida: los logros. No importaba el título cuando una acción hablaba por sí misma. Muchos caballeros ascendían por eso. El respeto ganado era, a menudo, más duradero que el heredado.
—Veo que ha aprendido —dijo la santa con una sonrisa satisfecha.
Ariadna asintió, permitiéndose apenas curvar las comisuras de los labios.
—Iré —anunció.
Se puso de pie sin ayuda, alisando la prenda holgada que llevaba. La tela le quedaba corta y dejaba ver su vientre cuando se estiraba, algo que no le incomodaba. Velyria era calurosa; el clima costero hacía que los recién llegados sudaran con facilidad. Ducharse dos veces al día era casi una necesidad.
—Mi señora —intervino Rhydan—. Sería prudente esperar a Sevrin.
Ariadna negó con suavidad.
—Él y Andra fueron al mercado. Les di el día libre.
Había visto la oportunidad y la había tomado. Sabía que Sevrin no descansaría si no se lo ordenaban.
—Entendido —aceptó Rhydan—. Entonces la escoltaremos.
Ariadna se acercó a Vaelene. La santa tomó su mano derecha y comenzó a caminar. Los caballeros las siguieron a distancia prudente. Ariadna observaba todo con atención: era la primera vez que se dirigía a la mansión del conde. El camino era nuevo.
A lo lejos, sus ojos se detuvieron en una construcción de roca gris.
—Ese es el templo —explicó Vaelene antes de que Ariadna preguntara—. Allí dejamos ofrendas a los dioses. Cualquiera puede acudir, siempre que lleve algo consigo. Alimentos, hierbas… cualquier cosa.
Miraba al frente, hacia la mansión rodeada por guardias de armaduras cobrizas.
—Los dioses son piadosos —añadió—. No exigen una ofrenda específica, solo ser recordados.
La curiosidad se encendió en Ariadna, pero un mayordomo anciano se acercó cuando pisaron la gravilla. Vestía de n***o, con un traje elaborado y botones blancos. No tenía cabello, pero sus cejas estaban cubiertas de canas.
—Santa Vaelene —saludó—. —Luego posó los ojos en la niña, cruzó el brazo sobre el abdomen e inclinó la cabeza—. Señora de las Flores.
—Buen día —respondió Ariadna, observando cómo varias sirvientas espiaban desde las ventanas. Notó la sobriedad del jardín: pocas flores, más árboles cuidadosamente dispuestos.
—Sígame, por favor. El conde las espera en su despacho.
El hombre se giró. Vaelene no soltó la mano de Ariadna en ningún momento. Los guardias saludaron con leves inclinaciones, tal como le habían enseñado. No exagerar. Solo lo justo.
Ariadna había escuchado con atención durante las lecciones. El protocolo importaba. Vaelene sabía mucho más de lo que aparentaba.
Le había enseñado a servir el té, a usar cada cubierto, a mantener la postura recta y sostener la mirada. Nunca inclinar completamente la cabeza ante un igual. Solo ante quien estuviera por encima.
— Vaelene —susurró Ariadna al notar miradas insistentes—. ¿Cómo supo que soy noble?
Era una pregunta que había guardado por días.
—Por tus manos —respondió la santa con calma—. Y por tu forma de hablar.
Ariadna frunció levemente el ceño.
—Son suaves —explicó Vaelene—. Sin callos. Y tu lenguaje es fluido. Has recibido educación. Los niños campesinos trabajan desde muy pequeños.
Ariadna asintió. Aún tenía mucho que aprender, y eso la llenaba de emoción.
El mayordomo se detuvo.
—Señor conde, la santa Vaelene y la Señora de las Flores están aquí.
—Que pasen.
La voz era grave, ronca, cargada de autoridad. El mayordomo abrió la puerta.
El despacho era amplio. Paredes verde oscuro, estanterías repletas de libros, lámparas con cristales mágicos y un gran ventanal. Tras un escritorio de madera marrón, un hombre delgado de cabello grisáceo los observaba.
Vestía con pulcritud. Sus ojos azules evaluaban con atención.
Ariadna recordó la instrucción.
—Ariadna Leclair, Señora de las Flores, se presenta ante el conde Vaelmir, regente del pueblo costero de Velyria.
Inclinó la cabeza apenas, sin apartar la mirada.
El conde se acomodó en su silla.
—Es un gusto conocerla. Tome asiento.
Vaelene sonrió, satisfecha.
La santa se retiró cuando se lo pidieron. Las puertas se cerraron. Los guardias aguardaron fuera.
—He tenido curiosidad por usted —dijo el conde—. Mi hija habla muy bien de usted.
—Creo que es mutuo —respondió Ariadna—. Ella me agrada.
El hombre sonrió.
—Nos ha librado de una bestia que atormentaba a mi pueblo. Por eso deseo compensarla.
Ariadna escuchó sin interrumpir. Sabía cuándo hablar.
—Mi hija mencionó su… inclinación por los esclavos —continuó el conde—. Salvó a cuarenta en el mercado. Según la ley, ahora le pertenecen. Además, nuestra casa le ofrece quinientos anulls y un tratado de no violencia.
Ariadna comprendió de inmediato. El hombre estaba comprando paz futura.
—Quiero algo más —dijo con calma.
El conde parpadeó.
—Deseo que deje de comerciar con esclavos.
El silencio cayó.
El conde suspiró.
—Eso no es sencillo…
Ariadna lo miró sin bajar la barbilla.
—Entonces modifique la ley —propuso—. Trátelos con dignidad. Que no sean tratados peor que animales.
El conde vaciló.
—Es ambicioso.
—También lo es asumir que yo aceptaría esclavos —replicó Ariadna—. Mis creencias son distintas.
El hombre se enderezó. La conversación había cambiado.
—Haré lo que pide —cedió—, pero la ley llevará su nombre.
Ariadna sonrió.
—Acepto. Y una cosa más…
Las raíces brotaron de la silla, lentas, visibles. No agresivas. Consecuencia emocional clara, no amenaza gratuita.
—Imagínese siendo esclavo —dijo—. ¿Cómo querría ser tratado?
El conde sintió frío.
—Mi mago redactará la ley —continuó Ariadna—. Quiero precisión.
El conde asintió, fascinado y derrotado a la vez.
—¿Cuál es su pregunta final?
—Quiero saber del niño rubio de ojos azules.