Capítulo VII. Las afinidades electivas-2

1889 Palabras
«Así son estos ricos —se decía—; humillan y luego se creen que pueden remediarlo todo con unas cuantas monerías.» La señora de Rênal tenía el corazón demasiado a rebosar, y demasiado inocente aún, para, pese a tener decidido lo contrario, no contarle a su marido el ofrecimiento que le había hecho a Julien y la forma en que este lo había rechazado. —¡Cómo! —dijo el señor de Rênal, muy picado—. ¿Ha consentido usted en tolerar un rechazo por parte de un criado? Y, al protestar la señora de Rênal por esa palabra, añadió: —Hablo, señora, como el difunto príncipe de Condé, al presentarles a sus chambelanes a su esposa, recién casada: « Todas estas personas —le dijo— son criados nuestros». Ya le he leído esa parte de las Memorias de Besenval, esencial para las prelaciones. Cualquiera que no sea noble, viva en su casa y reciba un salario es criado suyo. Voy a decirle dos cositas a este caballero y a darle cien francos. —¡Ay, mi buen amigo! —dijo, temblando, la señora de Rênal—. ¡Al menos que no sea delante de los criados! —Sí, podrían ponerse envidiosos y con razón —dijo su marido según se iba y pensando en la magnitud de la suma. La señora de Rênal se desplomó en una silla, casi desmayada de dolor. «¡Va a humillar a Julien, y por culpa mía!» Pensó con espanto en su marido y se tapó la cara con las manos. Se prometió solemnemente no volver a hacer confidencia alguna. Cuando volvió a ver a Julien, estaba trémula y sentía tanta opresión en el pecho que no pudo decir ni una palabra. Apurada, le cogió las manos y se las estrechó. —Y ¿qué, amigo mío? —acabó por decirle—. ¿Está satisfecho de mi marido? —¿Cómo no iba a estarlo? —contestó Julien con sonrisa amarga—. ¡Me ha dado cien francos! La señora de Rênal lo miró, como sin saber qué hacer. —Deme el brazo —dijo por fin con un tono arrojado que Julien nunca le había oído. La señora de Rênal se atrevió a ir a la librería de Verrières, pese a la espantosa reputación de liberalismo que tenía el librero. Una vez en ella, escogió unos libros, por valor de diez luises, que dio a sus hijos. Pero eran los libros que sabía que Julien quería. Exigió que allí mismo, en la librería, todos los niños escribieran su nombre en los libros que les habían correspondido. Mientras la señora de Rênal disfrutaba con aquella especie de reparación que tenía el atrevimiento de hacerle a Julien, este se asombraba de la cantidad de libros que veía en la librería. Nunca se había atrevido a entrar en un sitio tan profano; le latía el corazón. Muy ajeno a la idea de intuir lo que sucedía en el corazón de la señora de Rênal, pensaba intensamente en cómo podría un estudiante joven de teología hacerse con algunos de esos libros. Se le ocurrió por fin la idea de que, recurriendo a la maña, podría convencer al señor de Rênal de que era preciso que sus hijos tradujeran al latín la historia de los nobles famosos nacidos en la comarca. Tras un mes de desvelos, Julien vio que la idea prosperaba y en tal grado que, poco tiempo después, se arriesgó a sacar a colación, hablando con el señor de Rênal, la mención de un comportamiento mucho más doloroso para un noble y un alcalde; de lo que se trataba era de que aportase una contribución al enriquecimiento de un liberal tomando un abono en la librería. El señor de Rênal coincidía en que sería sensato que su hijo mayor tuviera un conocimiento de visu de varias obras que oiría mencionar más adelante en la conversación cuando estuviese en la escuela militar; pero Julien se daba cuenta de que el señor alcalde se obstinaba en no ir más allá. Sospechaba que había una razón oculta, pero no conseguía adivinarla. —Estaba pensando, señor —le dijo un día—, que sería de lo más inconveniente que el apellido de una persona de buena cuna, un Rênal, constara en el sucio registro de un librero. Al señor de Rênal se le despejó el ceño. —Sería también una nota muy mala para un pobre estudiante de teología —prosiguió Julien con un tono aún más humilde— que pudiera descubrirse algún día que estuvo su apellido en el registro de un librero que alquila libros. Los liberales podrían acusarme de haber pedido los libros más infames; quién sabe incluso si no llegarían a escribir detrás de mi nombre los títulos de esos libros perversos. Pero Julien se iba alejando del rastro de la presa. Veía que el rostro del alcalde recobraba la expresión de apuro y mal humor. Julien se calló. «Ya lo tengo pillado», se dijo. Pocos días después, el mayor de los niños, al preguntar a Julien por un libro que venía anunciado en La Quotidienne, estando presente el señor de Rênal, el joven preceptor le dijo: —Para evitar cualquier ocasión de darle una baza al partido jacobino y, no obstante, proporcionarme los medios para responder al señor Adolphe, se le podría hacer un abono en la librería al sirviente de menor categoría. —Esa es una idea que no está nada mal —dijo el señor de Rênal, muy contento a todas luces. —Sin embargo, habría que especificar —dijo Julien con esa expresión seria y casi desdichada que les encaja tan bien a algunas personas cuando ven el éxito de los asuntos que llevan esperando más tiempo—, habría que especificar que el criado no podrá llevarse ninguna novela. Una vez en la casa, esos libros peligrosos podrían corromper a las doncellas de la señora y incluso al propio criado. —Se olvida de los panfletos políticos —añadió el señor de Rênal con expresión altanera. Quería disimular la admiración que sentía por el sabio mezze-termine que había ideado el preceptor de sus hijos. La vida de Julien consistía, pues, en una retahíla de negociaciones menudas; y que tuvieran éxito le importaba mucho más que el sentimiento de marcada preferencia que solo de él habría dependido leer en el corazón de la señora de Rênal. La posición espiritual en que se había visto toda su vida volvía a darse, de igual forma, en casa del señor alcalde de Verrières. En ella, de la misma forma que en el aserradero de su padre, despreciaba hondamente a las personas con quienes vivía y estas lo aborrecían. Veía a diario en los relatos del subprefecto, del señor Valenod, de los demás amigos de la casa, con ocasión de hechos que acababan de suceder ante su vista, cuán poco tenían que ver las ideas de estas personas con la realidad. ¿Que una acción le parecía admirable? Esa era precisamente la que merecía la censura de quienes lo rodeaban. Su respuesta interior era siempre: ¡qué monstruos o qué necios! Lo gracioso, con tanto orgullo, era que con frecuencia no entendía nada en absoluto de aquello de que se estaba hablando. Nunca en la vida había hablado con sinceridad más que con el anciano cirujano mayor; las pocas ideas que tenía se referían a las campañas de Bonaparte en Italia o a la cirugía. Sus jóvenes arrestos gustaban del relato pormenorizado de las operaciones más dolorosas; se decía: —Yo no habría pestañeado. La primera vez que la señora de Rênal probó a tener con él una conversación ajena a la educación de los niños, empezó a hablar de intervenciones quirúrgicas; ella se puso pálida y le rogó que dejase ese tema. Julien no sabía nada fuera de eso. Y así, como se pasaba la vida con la señora de Rênal, el más singular de los silencios se afincaba entre ambos no bien se quedaban a solas. En el salón, fuese cual fuese la humildad del porte de Julien, ella siempre hallaba en sus ojos un aire de superioridad intelectual respecto a cuantas personas acudían a su casa. Si se encontraban un momento a solas con él, lo veía claramente cohibido. Eso la tenía preocupada, pues su instinto de mujer le mostraba que ese cohibimiento no tenía nada de afectuoso. Según no sé qué idea tomada de algún relato de la buena sociedad tal y como la había visto el anciano cirujano mayor, cuando nadie decía nada en un sitio en que se hallaba con una mujer, Julien se sentía humillado, como si ese silencio fuera una culpa personal suya. Dicha sensación le resultaba cien veces más penosa en un mano a mano. Su imaginación, repleta de las nociones más exageradas, las más españolas, sobre lo que debe decir un hombre cuando está solo con una mujer, no le brindaba, en la turbación en que se hallaba, sino ideas inadmisibles. Tenía al alma en las nubes y, sin embargo, no podía salir del más humillante de los silencios. De forma tal que su expresión severa durante los largos paseos con la señora de Rênal y los niños, se incrementaba con los padecimientos más crueles. Se despreciaba espantosamente. Si, por desgracia, se forzaba a hablar, decía las mayores ridiculeces. Para colmo de desdichas, veía lo absurdo de sus palabras y lo veía de forma exagerada; pero lo que no veía era la expresión de sus ojos; eran tan hermosos y pregonaban un alma tan ardorosa que, igual que les sucede a los buenos actores, prestaban a veces un sentido delicioso a aquello que no lo tenía. La señora de Rênal cayó en la cuenta de que, cuando estaba solo con ella, nunca conseguía decir algo bien dicho más que cuando lo distraía algún suceso imprevisto y no pensaba entonces en dar un giro elegante a un cumplido. Como los amigos de la casa no la tenían acostumbrada al lujo de brindarle ideas nuevas y brillantes, se deleitaba con los relámpagos de ingenio de Julien. Desde la caída de Napoleón, cualquier apariencia de distinción ha quedado severamente proscrita de las costumbres de provincias. Se temen las destituciones. Los bribones buscan apoyo en la Congregación; y la hipocresía ha progresado a más no poder incluso entre las clases liberales. El aburrimiento se acrecienta. No queda más placer que la lectura y la agricultura. La señora de Rênal, rica heredera de una tía beata, casada a los dieciséis años con un caballero tradicional y de buena cuna, no había ni visto ni sentido nunca en la vida nada que se pareciera ni de lejos al amor. Solo su confesor, el buen párroco Chélan, le había mencionado el amor, a cuenta de los acosos del señor Valenod, y se lo había descrito con un aspecto tan repugnante que esa palabra no era para ella más que la representación de la idea del libertinaje más abyecto. Consideraba una excepción, o incluso algo completamente antinatural, el amor tal y como se lo había encontrado en las poquísimas novelas que el azar le había puesto ante los ojos. Merced a esa ignorancia, la señora de Rênal, completamente feliz, no pensaba sino en Julien pero distaba mucho de hacerse el mínimo reproche.
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