Capítulo tres: Orgasmo interrumpidos.
Olivia Romano
29 de julio.
Troto por alrededor del parque, la brisa fría hace que sea doloroso retener el aire en los pulmones y que la piel expuesta se queme poco a poco. El cielo se encuentra apagado, mostrando apenas los primeros colores de la madrugada. Hoy no me apetecía hacer de cupido o escuchar gemidos incesantes toda la mañana. Puede que estar escuchando tantos jadeos pasionales y candente, este creando un sentimiento de celos y envidia hacia la pareja de conejos. Llevo meses sin tener sexo, pensar que alguien lo está haciendo sobre mi cabeza, no ayuda que mi mal ánimo de la mañana sea tratable.
El retumbar de la voz de una cantante, acompaña el ritmo de mis pasos. Mis piernas se mueven con rapidez acortando grandes distancias con facilidad, los pulmones se expanden y contraen con facilidad. Las manos se mueven al costado, ayudándome a impulsarme hacia delante con mayor rapidez. Algunos mechones de cabello blanco se han salido del apretado mucho en la cima de la cabeza, empañando la vista en cada trote.
—Buenos días—saludo a una mujer mayor, la cual corre al lado de un anciano. Ella me devuelve el saludo y el hombre mayor igualmente.
El sudor baja por mi frente, espalda y pechos; cada parte que todo está sudada y pegajosa. El sol brilla en el centro del cielo y la última canción de la lista de reproducción termina de sonar, siendo la veinteava. Doy un trago de agua a la botella y emprendo camino hacia el apartamento, dispuesta a comenzar con mi rutina del día.
—Buenos días—saludo al guardia y cada persona que me encuentro en mi camino. No me fijo mucho en sus rostros, algunos salen con gafas de sol y gorras, ocultando casi por completo los rasgos. En este conjunto de edificios viven personajes influyentes y ricos, cada uno se mantiene en su vida; sin esperar que los otros se entrometan.
Al entrar al ascensor veo la cara de Hendry, el músico lleva un gorro de lana rosado claro en la cabeza y una camisa blanca, la cual se adhiere ligeramente a su torso. Las gafas de sol están en el cuello de la camisa, y las manos están metidas en los bolsillos del jean azul claro. Su rostro tiene un ligero tono rosado, y su piel luce más bronceada de lo normal.
—Buenos días, Livia—arrastra mi nombre con su acento americano. Sus ojos se desvían unos cortos segundos hacia mi rostro y después vuelve a fijarse en las paredes del ascensor; como si la ligera mancha en forma de corazón fuera interesante.
—Buenos días, Hendry. ¿Vienes hacer tu labor de conejo? —pregunto con un ligero tono de burla, el cual para todo el mundo pasaría desapercibido; pero Hendry se ha dado cuenta de los ligeros cambios en mi voz, cuando quiero molestarlo o cuando estoy enojado.
—Dios, Livia, deberías dejar eso—susurra con las mejillas sonrojadas, los parpados caen, tratando de ocultar la vergüenza. Sonrió con diversión hacia su expresión de vergüenza.
Han pasado casi dos meses desde que nos conocemos, bueno, desde que nos vemos los rostros. Sin embargo, la actitud tímida y reservada de Hendry aún permanece en él. Es un lindo conejito, puro como la nieve. Excepto cuando está con Verónica.
— ¿Por qué? ¿Acaso no te gusta que te llame, conejito? —él niega energéticamente.
—Dios, no, no me gusta que me digas así. Suena perverso, Livia—susurra con la mirada fija en la puerta, sus parpados luchan por caer y cubrir los sentimientos que se reflejan en ellos.
—Conejito, sé cuánto gimes cuando estás a punto de llegar. Y como te gusta que te hagan una mamada—su rostro parece un árbol de navidad, pasando de un color a otro. Las puertas del ascensor se vuelven abrir, veo el piso donde estamos y me doy cuenta de que ya hemos llegado al mío; salgo del ascensor siendo seguido por Hendry.
Hendry siempre entra por mi apartamento y escala hasta el balcón de Verónica, se puede decir que el músico parece un mono trepando hasta la otra ventana. Ágil, rápido y seguro.
—Adelante, conejito, vamos a llevarte a tu dulce morada—hago un gesto con la mano, imitando la reverencia que se hacían delante de los reyes. Hendry entra al apartamento con confianza, ignorando la mofa. La primera vez que el músico entre en el lugar, evaluó disimuladamente cada rincón, su mirada recorría cada espacio verificando que no hubiera nada raro en mi apartamento.
Los ojos del músico, parecían a punto de salirse cuando vieron a Luk, el enorme perro de tres patas corrió hacia Luk agitando la gorda cola; como si el músico fuera lo mejor que haya visto en su mundo. Luk ladro y se tiró con todas sus fuerzas hacia Hendry, este se quedó congelado, de piedra, con los ojos cerrados, esperando el voraz ataque del pitbull. Comprendo la dimensión de su reacción, las personas tienen un mal pensamiento sobre esta r**a de perros; creen que saltaran sobre ellos y le arrancaran la cabeza o el corazón de un solo mordisco. Pero, mi adorado Luk, no es así, es un cachorro juguetón a quien le gusta menear la cola a todos los desconocidos que entrar. Sinceramente, Luk, no sirve de mucho para proteger la casa.
—Hola amiguito, ¿cómo estás? —lo saluda Hendry, sobando con suavidad la rechoncha barriga de Luk, este, aúlla de felicidad y mena el rabo hacia el músico, feliz de verlo una vez más. — ¿Quién es el perro más bonito? ¿Ah, quién es? —le pregunta acariciando la parte trasera de las orejas. Aunque Luk fue un perro rechazado, sus orejas están cortadas en puntas puntiagudas, no llegue lo suficientemente temprano para evitarle aquel dolor.
—Deja de consentir a Luk, lo vas a volver más idiota de lo que es—murmuro tocando su hombro, Hendry alza la cabeza y sus ojos claros se encuentran con los míos oscuros. Su mirada está suave y amable, cargada de felicidad por tener un momento con mi amigo. Hendry es demasiado dulce para el bien de cualquier persona, es como un pequeño terrón de azúcar.
Dulce y empalagoso.
—Nos vemos, después—susurra caminando hacia el balcón, llegando hasta el piso de Verónica con facilidad.
Veo como el pie del músico desaparece y no parece que vaya a caer de los pocos pisos que hay. Me dirijo a la cocina después de comprobar que todo esté en perfecto estado, de no tener un muerto debajo de mi balcón y comprobar la computadora con el nuevo manuscrito. Todo está en orden, con las palabras en un número par adornado con varios ceros. Me gusta que, al terminar de escribir los capítulos del día, el número de palabras sea cerrado. Ni pares, ni impares, solo bonitos cerros a la derecha.
—Luk ven a comer—grito desde la cocina, y los pasos pesados y acelerados del canino se escuchan desde mi habitación; dejando a su paso un desorden con cada cosa que choco en el camino. —Despacio—ordeno al ver como devoraba con ímpetu el platillo de purina.
Luk suelta un sonido parecido a un maullido ahogado hacia la orden, infeliz por tener que sufrir. Este perro debería darle un Óscar, es el mejor actor que he conocido, y debo decir que he tenido el honor y placer de ver a unos cuantos. Todos parecen revista de modelos, con una sonrisa fácil y comentarios listillos. Sacados de un catálogo de moda.
Saco los panqueques de la máquina y echo una cantidad insana de miel sobre ellos acompañado con fruta y una pizca de chocolate. En mi lista de placeres mañaneros, este desayuno cargado en azúcar ocupa el número 6. Es perfecto para darme energía y entretenerme mientras escribo unos cuantos capítulos del nuevo libro. Las imágenes de las escenas llegan más rápido y con mayor claridad al tener un poco de dulzura corriendo por el sistema. Puede que la imagen de un Hendry sonrojado y avergonzado en los dos últimos meses haya ayudado a que mi inspiración dure aún más de lo normal.
—Luk, voy a escribir. Sé un buen chico y no hagas ruido—ordeno desde el escritorio, mirando con fijeza la última palabra del capítulo de hace unas horas. No se me ocurre nada, absolutamente nada.
Doy un bocado al panqueque, llevándome una combinación de suavidad, miel, frutas y chocolate a la boca. Una ligera escena se va formando al fondo de mi cabeza, pero aún no la vislumbro por completo. Doy otro bocado, y la imagen siguen siendo lejana, pero cada vez más clara. Me percato que he terminado el desayuno y aún no tengo la menor idea de que escribir; aquella escena aún permanece al fondo de todos los pensamientos, solo siendo suaves trazos en un lienzo sin color.
—Bien, Livia, párate y da una vuelta al cuarto, estira esos muslos gordos—murmuro en voz alta y mi cuerpo se impulsa hacia delante con un salto corto. Corro alrededor del cuarto, esquivando a Luk quien se ha unido a la extraña rutina. Cuando ha pasado cinco minutos vuelvo a estar sentada delante de la pantalla, pero no es suficiente, sigo en blanco.
En el blanco absoluto.
Intento cada una de mis rutinas para escribir; desde saltar, comer más, caminar alrededor, gira en el piso como un perro o aullar sin control. Sin embargo, nada funcionada. No escribo más allá del número del capítulo. Me doy cuenta de que solo me falta algo por probar, el número que solo uso en casos de emergencia. Me dirijo con paso firme hacia el cajón de la mesa de noche, al abrirlo ante mis ojos aparece una variedad extensa de juguetes sexuales; desde esposas y látigos, hasta vibradores de todos los tamaños. Suspiro mirando entre todos los vibradores, escogiendo al salvador de este día.
Mi mano se extiende hacia el pequeño botón color morado y lo agarra expectante. Presiono el interruptor de encendido y mi pequeño amigo comienza a trabajar, vibrando suavemente en la palma de la mano.
—Bien—murmuro colocando un poco de música y montando el escenario perfecto para lo que se viene a continuación.
La música ligera comienza a sonar; las claves, notas altas y bajas, entonan mi cuerpo en el mejor momento. El pantalón de ejercicio cae, llevándose a su paso mi ropa interior, el vibrador resuena aún más rápido y fuerte, emocionado por comenzar su trabajo.
—Suave—susurro mordiéndome el labio inferior, los ojos se cierran y los dedos de los pies se contraen, con movimientos delicados y algo torpes. La mano busca el lugar exacto donde dejar al vibrador.
"Vamos, un poco más" pienso en una nube de emociones, las cuales parecen comerme viva. A lo lejos escucho el sonido del celular anunciado, la llegada de varias notificaciones. Un gemido se escapa de mis labios y mi cuerpo cede, convirtiéndose en gelatina. Una masa suave y moldeable, la cual se desparrama en la cama sin forma alguna.
Los gemidos ahogados y sedientos llenan la habitación; los parpados caen, tapando la luz de la mañana y llevándome profundo en cada una de mis fantasías, haciéndome babear con ímpetu. Los jadeos aumentan y la música parece desaparecer por cortos minutos de mi habitación, el sonido desesperante del celular se impone ante el momento y mis ojos se abren enfocándose en la pantalla de él.
La mirada distorsiona me impide ver que está sucediendo en la pantalla de bloqueo, el vibrado se estremece y mi cuerpo sigue las ondas enviadas por el pequeño botín mirado. Gimo y los ojos se cierran una vez más, disfrutando de los estragos. Mi mente se ha quedado en una sola imagen, recreando una fantasía y provocando que esta se sienta real y palpable sobre mi piel, aunque no es más que recuerdos.
El celular vuelve sonar, incesante y desesperado por obtener alguna respuesta. Mi boca se abre, y el sonido se distorsiona ante los ruidos sordos; me estremezco de pies a cabeza, y por unos segundos todo se vuelve oscuro. Me desconecto de lo que me rodea y sintiendo los últimos espasmos del orgasmo,
el cosquilleo que viaja por cada extremidad. Y la plenitud que me ha dejado. Cuando vuelvo a los cinco sentidos, el celular aún suena y me es inevitable el ignorarlo.
Verónica ha mandado un corto mensaje, frunzo el ceño revisando que ha escrito.
"Ayúdame" puedo leer en los diversos mensajes. Ignoraría su auxilio si no siguieran llegando uno detrás de otro.
—Jodida Verónica—mascullo con frustración, apago la música y el vibrador, deslizando los pantalones de ejercicio hacia arriba por las piernas, dispuesta a ver que desea esta vez la italiana.
Verónica tiene una habilidad para aparecer en los momentos menos oportunos, es todo un arte. Subo por las escaleras, mirando la puerta abierta del apartamento de la italiana, empujo la puerta viendo a tres personas en el interior.
Si me dijeran que este no es el apocalipsis, no lo creería. El circo que sea montando en el departamento de la italiana es digno de admirar, el trío de individuos reunidos mantiene diferentes expresiones y sentimientos en sus rostros. Siendo Hendry quien peor lo lleva, en este instante. El músico se encuentra en la encrucijada de su vida.
Verónica le dirige una mirada censurada, esperando que no abra su boca y suelte algo incorrecto, mientras Dante; quién asumo es el prometido de Verónica, observa a la pareja reunida con dudas. La mirada del italiano viaja así mi, es pesada y tratando de descifrar que está sucediendo realmente. En este momento mis pulmones no pueden respirar, están oprimidos por el esfuerzo de subir las gradas y mis mejillas están sonrojadas al rojo vivo. Aún afectadas por los espasmos del orgasmo. Cuando las tres miradas caen sobre mí, siento que todos saben lo que he estado haciendo, como si pudieran oler el aroma del orgasmo.
No me gusta que la atención esté sobre mí, pero ahora mismo soy el centro de atención. Uno sonrojado y alborotado.
Maldigo la existencia de Verónica, dando un paso hacia delante, metiéndome por completo en la madriguera del coyote. Cuando ambos pies están adentro, me llevó dos sorpresas, las cuales me toman con la guardia baja y provoca escalofríos en mi espalda.